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Los Deambuladores: una historia de viaje, de amor y de tiempo

Sigue la increíbe aventura de los dos chicos mendocinos: un camionero loco y Optimus Prime, una familia rusa bebedora de vodka, una agente de la KGB que se los lleva detenidos y otras increíbles situaciones.
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Después de 2 semanas ayudando a un apicultor con sus abejas, tratando de entender qué era lo que necesitaba cada vez que nos pedía algo, pero riéndonos mucho, pasándola muy bien y comiendo, promedio un kilo de miel por día, decidimos que era tiempo de movernos, de seguir y fuimos a la ciudad de Ufá, pasamos ahí dos noches para recorrer un poco y al tercer día salimos a la ruta con destino Georgia y 2.200 km por recorrer.

Íbamos tranquilos sin apuro, teníamos nuestra carpa así que decidimos que donde sea que nos cansáramos acamparíamos y haríamos noche, total no teníamos que cumplir fechas ni horarios.

Salir de la ciudad costó sorprendentemente poco, en veinte minutos de espera nos levantó el primer auto que iba sólo a unos 15 km, pero, siempre salir de la zona urbana es lo más difícil una vez fuera todo se simplifica así que esos 15 km nos vinieron como anillo al dedo.

El segundo auto, unos 10 minutos de espera después, nos dio un empujón mejor, unos 200 km. Y nos dejó al lado de un bosque, como ya eran cerca de las 4 de la tarde y había un poco de tormenta empezamos a pensar que eso era todo por hoy, pero el camino siempre provee, después de una seña de “por favor” y un pucherito de Marian pocos son los conductores que se resisten, paró un camión de esos tipo “Optimus Prime” de Transformers, que por dentro era casi un departamento (literal, tienen 2 camas de plaza y media y dos estanterías enormes) y ahí fuimos.


El camionero trató de explicarnos dónde se dirigía, pero a pesar de la lista de ciudades que nosotros habíamos hecho con nuestro recorrido no pudimos entendernos, así que pensamos que iría hasta Samara que era, después de Ufá, la próxima ciudad grande. No nos entendíamos ni un poquito, pero parece que a él le divertía muchísimo la situación porque nos invitó a almorzar.

Seguimos camino, ya era de noche cuando llegamos a Samara, y ahí nos pusimos nerviosos porque nosotros no teníamos que entrar en la ciudad sino desviarnos justo antes y continuar hacia el oeste, de nuevo tratamos de mostrarle nuestra lista y hacerle entender, él nos miró con cara de: “tranquilo papá, yo sé lo que hago” y dobló exactamente en la dirección que necesitábamos y de paso, como no quien no quiere la cosa, nos invitó a cenar y después de una sopa que nos devolvió el alma al cuerpo continuamos viaje, y en una parte poco transitada de la ruta el camionero se salió de su sitio y a las señas medio obligó a Juan a sentarse en el asiento del conductor y manejar, entre susto, risas de nervios y tensión hicimos un par de kilómetros hasta que la ruta se complicó un poco y el chofer retomó el control de “Optimus”. A eso de las 3 de la mañana paró a descansar en una parada de camiones, nosotros le dimos las gracias mil veces, un día que iba a ser de 200 km terminó siendo de más de 700, felices armamos campamento y dormimos en un bosquecito al lado de la ruta.

A la mañana siguiente salimos a media mañana de nuevo a hacer dedo, nos levantaron relativamente rápido e hicimos unos 30 km. Bajamos todo del auto y a los 20 segundos aparece de nuevo el camión de nuestro amigo (si, si, Optimus Prime), que obviamente volvió a parar y nos llevó y nos llevó y nos llevó, de nuevo nos invitó almuerzo y cena, y descubrió que nos podía dar wifi con su celular y empezamos a “charlar” (digamos) con un traductor y descubrimos que él iba hasta unos 400 km. De la frontera georgiana, y que podía ayudarnos a encontrar una ruta mucho mejor de la que nosotros habíamos planeado. A las 3 am y en medio de una tormenta nos dejó en un cruce de rutas donde él se desviaba al Este y nosotros teníamos que seguir directo al Sur. De hecho como teníamos wifi por whatsapp nuestras familias nos decían que sigamos al sur y cuando veamos el cartel “Pareditas”, en San Carlos, que nos bajemos.

Dormimos en un hostel, porque la tormenta era demasiado para nuestra carpita y apenas nos levantamos (después de una ducha, que cuando uno hace dedo es como tocar el cielo con las manos) salimos a la ruta de nuevo, derecho al sur.

Varios autos nos llevaron ese día, desde un policía buena onda a un pescador que tenía un vehículo con el volante del otro lado y manejaba a unos 150 km por hora en una ruta llena de baches. La última persona que nos llevó ese día venía un poco perdido y paró en una estación de servicio abandonada a preguntar indicaciones a una familia que había parado dentro a comer algo y sobre todo beber algo (o beberlo todo mejor dicho), le dijeron que se había pasado unos cuantos kilómetros así que nos dejó en la misma estación, estuvimos un rato decidiendo si seguir o no porque de nuevo había tormenta, cuando por fin dijimos: ¡vamos! la familia que estaba ahí nos llamó, nos acercamos y nos dimos cuenta de que habían tomado bastante más de lo que se veía de lejos y habían armado una pequeña fiesta privada con música y baile, llegamos con un poco de miedo de la situación, pero solamente querían charlar con nosotros (en ruso) e invitarnos a comer con ellos, cosa que aceptamos encantados porque no comíamos nada desde la mañana, sacaron carne, ¡sí! ¡carne! Un manjar, con ensaladas y obviamente vodka, estando en Rusia uno se termina acostumbrando. 

Un largo rato duró nuestra comilona con ellos mientras nos invitaban a bailar y se decían lo mucho que se amaban. Como ya llovía cuando la familia siguió viaje nosotros armamos campamento dentro de la estación de servicio abandonada, panza llena, corazón contento.


El día que empezaba fue el colmo de los colmos, nos levantó un auto con dos tipos que nos invitaron a desayunar con ellos y cuando seguimos viaje nos paró la policía, ya nos había pasado antes en un auto que nos iba llevando y ni nos preocupamos, de repente un policía abre la puerta de atrás y nos pide que nos bajemos, obviamente bajamos y viene otro señor, vestido de civil, pero parece ser el jefe de los policías, hablan un rato en Ruso y ese hombre se nos acerca y nos pide los pasaportes, se los damos, se los lleva, en ese momento nos cambió la cara. Vuelve a los 15 minutos y nos dice que bajemos todas nuestras cosas del auto y las llevemos dentro de la caseta policial, a todo esto le pide a los hombres que nos traían que sigan camino. Nos quedamos con la policía.

Fuimos adentro con todas nuestras cosas y nos pidió que abramos todo y le mostremos qué traíamos, cuando terminó de revisar, con su celular de ayuda, nos dijo que era un agente de la KGB, los dos cara de pasmados, y él empezó a sacarle fotos a nuestros pasaportes, a cada una de las páginas con cada uno de los sellos que tenemos. Nosotros esperábamos paraditos detrás de él mientras mandaba nuestra información vaya uno a saber dónde con el celular. Al rato, nos miró y nos explicó (siempre ayudado por el celular) que estaba todo bien, que solamente quería que lleguemos bien a destino, que él nos iba a ayudar, que nos iba a mandar en un colectivo (gratis) hasta la ciudad que está al lado de la frontera, que si queríamos té.

Así pasamos dos horas con un agente de la KGB que nos invitó té, nos compró chocolates y caramelos y hasta nos dio un poco de plata. Los otros policías nos invitaron a almorzar con ellos y ya éramos la sensación en el puestito de control. Cuando llegó el colectivo le dijeron al chofer que nos tenía que llevar hasta Bladikazkaz sin cobrarnos (la cara del chofer fue para foto), nos subimos pero antes el agente de la KGB nos dio su número de teléfono y nos dijo que cualquier cosa que necesitáramos lo llamáramos sin problemas.

Así seguimos hacia el sur y llegamos a la frontera con Georgia y pensamos que tal vez para el cartel de “Pareditas” nos quedan varios kilómetros y un buen tiempo todavía.

Marian y Juan, Los Deambuladores

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