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Los "deambuladores" ahora giran por Italia y Rumania

Desde hace meses, seguimos el derrotero de dos jóvenes mendocinos que recorren Europa con poco y nada de dinero en el bolsillo.
Foto: Juan Niemetz.
Foto: Juan Niemetz.

Estuvimos en la región de Umbria, en Italia, durante un mes y medio trabajando en una bodega orgánica, con una producción mínima pero con mucho espíritu y haciendo vinos de muy buena calidad. En un primer momento íbamos a estar ahí sólo dos o tres semanas, pero el dueño del lugar nos pidió quedarnos más tiempo para terminar la poda y de plantar un nuevo cuadro. Estábamos tan a gusto ahí que obviamente aceptamos, el señor nos ofreció incluso un poco de dinero, la posibilidad de usar su auto cuando quisiéramos y una salida a visitar bodegas por la región. Todo eso tuvo nuestra experiencia Umbria.


Todo un fin de semana, lo pasamos yendo y viniendo de bodega a bodega, degustando montones de vinos robando un par de ideas de por aquí y por allí y disfrutando del paisaje. Nosotros antes de ir nunca habíamos siquiera escuchado el nombre de Umbria, pero es muy similar a la Toscana, lleno de montañas y bodegas pero no tan explotado turísticamente. Después de visitar 3 bodegas completamente diferentes, con distintas degustaciones y estilos al final del día el dueño de la última bodega nos invitó a una charla sobre “el cerdo” que se hacía en su pueblito, para allá fuimos, cuando llegamos había dos carniceros despostando y explicando paso a paso cómo trabajar el cerdo. ¿Alguna vez estuvieron en un carneo en Mendoza? Bueno, exactamente igual. 


Después pasamos a otra sala donde un profesor explicó historia y simbolismos del chancho y el carneo cosa que no pudimos seguir demasiado por nuestras limitaciones en el idioma. Cuando terminó la charla, que se hizo un poco larga, ya nos disponíamos a irnos pero nos pararon y nos dijeron que todavía faltaba la degustación así que nos llevaron de nuevo a la primera sala y empezaron primero con un guiso, parecido a nuestro locro, llenito de pedazos de chancho, después las costillas a la parrilla, chorizos y al final un queso de chancho que era una delicia. Así que después de nuestro día de bodegas, terminamos con la degustación del chancho.


Otro fin de semana, agarramos el auto y nos fuimos a la Toscana, paseamos de arriba abajo, dormimos en el auto en Siena y nos dedicamos a perdernos por ahí, fue maravilloso. En un principio seguimos el GPS hasta Siena, pero al día siguiente, nos propusimos seguir el camino, ver hasta dónde nos llevaba, ver qué descubríamos, sólo andar. Salimos apenas pudimos de la autopista y fuimos… No sabemos bien cómo, pero llegamos a una abadía muy famosa, la Abadía de San Galgano, es un lugar enorme, pero abandonado, toda la estructura sigue en pie salvo el techo que está caído completamente. 

Ahora es un lugar turístico, está la abadía y una pequeña iglesia dónde, según dicen nació el mito de la espada en la piedra, resulta que Galgano era un caballero, un soldado, que en un momento de su vida decidió dejar las armas y convertirse en un monje al servicio de Dios y como señal de su total renuncia a la vida terrenal insertó su espada en una piedra que aún hoy se encuentra en el medio de la iglesia protegida por unos cristales.


Después de andar un rato por la abadía, emprendimos la vuelta a Umbria, pusimos en el GPS para que nos llevara por algún camino secundario, no por las autopistas y anduvimos casi 4 horas dando vueltas por la Toscana antes de volver a casa.

Estábamos pasando un tiempo tan bueno en ese lugar que se nos pasaron los días y cuando nos dimos cuenta quedaban sólo 2 semanas para que vencieran nuestras VISAS de turismo en la zona Schengen (26 países de Europa componen este acuerdo) lo que quería decir que teníamos sólo 2 semanas para viajar hasta el norte de Italia, cruzar Eslovaquia y llegar a Croacia que no forma parte del acuerdo. No parece ninguna locura ¿no? El problema es que en Italia es ilegal, hacer dedo bajo multa de casi 40 euros para quien está en la ruta haciéndolo y casi 150 para la persona que levanta a alguien, osea… es imposible. Miramos los trenes, los colectivos, compartir un auto, todas la opciones y era imposible pagar menos de 200 euros (eso sin contar comida y suponiendo que consiguiéramos alojamiento) Empezamos a buscar como locos opciones donde fuera, no nos importaba mientras fuera afuera de la zona. Y así apareció una opción que no teníamos ni pensada… Rumania. Conseguimos pasajes aéreos muy baratos, pasamos la noche en el aeropuerto Ciampino de Roma y el miércoles 2 de Marzo llegamos a Rumania.


Habíamos contactado a unas personas en la región de Transilvania, al noroeste del país, así que desde Bucarest teníamos un largo camino hasta ahí. Salimos del aeropuerto caminando buscando un buen lugar y empezamos a hacer dedo con nuestro cartel que decía: desde Argentina a Rumania, en rumano obvio (din Argentina spre Romania). Esperamos unos 40 minutos y nos levantó un muchacho que iba hasta la ciudad de Brasov, lo cual significaban casi 200 kilómetros de camino, para allá fuimos.

Llegando a la ciudad, él nos dijo que su casa era sólo a la entrada pero que si queríamos podíamos ir a su casa para lavarnos un poco y a la tarde él tenía que ir al otro lado de la ciudad y nos podía dejar sobre la autopista que iba hacia el oeste para continuar camino, llegamos a su casa y su mujer estaba cocinando, nosotros nos dimos una ducha y cuando salimos ya estaba todo listo para que nos quedemos a comer, cuando terminamos su esposa nos dijo: chicos, ya son las 3 de la tarde, no vale la pena que salgan a la ruta, quédense a dormir y mañana temprano siguen camino. Después de haber pasado la noche anterior en el aeropuerto, del viaje y de andar con las mochilas estábamos destruidos y necesitábamos una cama, así que aceptamos felices, no podíamos creer nuestra suerte y lo bien que nos había recibido Rumania. Pero todavía faltaba más…


A la mañana siguiente, temprano nos llevaron hasta el otro lado de la ciudad y nos dejaron en un buen lugar para continuar haciendo dedo en la autopista. Esperamos más o menos una hora jugando con nuestro cartel, haciendo volteretas y siempre siempre sonriendo, hasta que pasó un hombre que venía hablando por teléfono y lo vimos que estiró la cabeza para leer nuestro cartel, a los 50 metros frenó casi al medio de la autopista y empezó a hacer marcha atrás (todavía en la autopista) en un inglés muy básico nos explicó que iba sólo hasta la próxima ciudad, unos 40 kilómetros, pero que ahí se iba a encontrar con su socio y que él no podía llevar hasta Sibiú la próxima ciudad grande que teníamos en nuestro camino y nuestro objetivo del día, eran aproximadamente unos 150 km más. 

De nuevo íbamos sorprendidos de nuestra suerte, pero pasó que cuando encontramos a su socio, terminaron sus negocios y nuestro amigo nos dijo que tenía hambre que quería invitarnos a comer algo típico, nos desviamos de la ruta hacia las montañas varios kilómetros hasta que llegamos a un lugar parecido al Manzano Histórico en Tunuyán pero rodeado de un bosque de pinos con un hotel gigante en el medio un restaurante increíble y criadero de peces. En ese lugar nuestro amigo nos invitó a comer pescado fresco, tomando Soika, una bebida parecida a la grapa pero de manzana y vinos rumanos. Terminando el almuerzo el socio de nuestro amigo nos dijo que íbamos con él hasta Sibiu y que si queríamos nos podíamos quedar en su casa para seguir viaje al día siguiente, no alcanzamos a responder que nuestro amigo se sumó a la propuesta, ya no quería volver hasta Bucarest y dijo que podíamos ir a pasear por la ciudad y comer alguna otra cosa típica por ahí. Así que allá fuimos todos, llegamos a la ciudad nos encontramos con algunas personas más, tomamos más Soika y salimos a cenar de nuevo a un restaurante muy bonito en el centro de Sibiu. Comimos cosas deliciosas, tomamos más Soika y dormimos en una cama de nuevo en nuestro segundo día de dedo.


Al día siguiente nos llevaron a la autopista nuevamente y aunque tuvimos que esperar bastante y caminar un poco con todas nuestras cosas llegamos a destino. Un pueblito mínimo, extremadamente tradicional que se llama Vidra, deben vivir menos de 100 personas acá, no hay negocios así que cualquier cosa que necesitemos hay que comprarlas en Varfurile otro pueblito a unos 4 o 5 kilómetros, pero en general la gente que vive acá lo hace de la misma forma que hace 100 años, criando sus animales, sembrando su comida y haciendo conservas para pasar el invierno que puede tener temperaturas de menos 25 grados.

Así que aquí estamos de granjeros, disfrutando de la vida y la comida casera y sobre todo lejos de cualquier leyenda de vampiros de Transilvania.