Presenta:

A un dios sempiterno

Mis parabienes, Hijo mío, lo has logrado. Hallábase todo dispuesto desde un principio, para que las cosas se diesen de este modo, y no de otro.
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¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? - así pregunta el último hombre, y parpadea. Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche.

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En uno de sus misceláneos sueños, Nicanor, hubo conversado con el dios de los cielos.

- Mis parabienes, Hijo mío, lo has logrado. Hallábase todo dispuesto desde un principio, para que las cosas se diesen de este modo, y no de otro. Y es que no hay camino más mortificante, que aquel que se edifica el hombre para sí mismo. Es allí, donde acostumbra a perderse, y donde el punto de llegada se torna cada vez más incierto y alejado. -dijo calmo el rey celestial a Nicanor.

- "¿Acaso es posible que el dios supremo se dirija a este simple mortal, para dar cuenta de su inconmensurable sabiduría? Suponiendo que esto sea cierto, y no se trate de un sueño, ¿cuál sería su fuente de motivación para investir a este hombre con el poder de su palabra?". -Todas estas preguntas giraban en torno al dios de los cielos, y como resultado, Nicanor hallábase en un estado de completa indefensión, desprovisto de cualquier elemento que le permitiese ahondar y comprender lo que estaba aconteciendo.

- No te preocupes, mi buen y querido Nicanor; es probable que de momento, te encuentres algo confundido, y que incluso, desconfíes de mi persona, pero pronto tu conciencia habrá de beneficiarse con la luz de la verdad. La mayoría de los hombres, piensa que la oscuridad que reina en sus vidas,es resultado de sus malas y erróneas acciones, pero sucede todo lo contrario. No hay obscuridad que devenga como tal, a menos que se la busque con premura y sin descanso, día y noche. Dicho en otros términos; la aparente obscuridad que asedia al hombre, no es más que su propia sombra, la cual, acostumbra a adoptar las formas más complejas y angustiantes para el espíritu; tales como la vergüenza, la culpa, la ira, el vacío, entre otros sentimientos malsanos.

Aun sin poder determinar si todo aquello hallábase sucediendo en realidad o no, Nicanor, hubo optado por considerar la situación como posible, y en sumo grado, transcendental. Entonces, con el pecho henchido y voz expectante, dijo:

- Si es cierto que eres el verdadero dios de este mundo, ¿cómo es posible que pueda escucharte, así como si nada, y verte sin más?

- Hijo mío, puedes hacerme todas las preguntas que desees, pero ten en cuenta que la respuesta del prójimo, no siempre es suficiente para esclarecer o satisfacer del todo los asuntos que a uno lo aquejan. Las verdaderas respuestas se hallan en lo más hondo de tu ser. Allí donde ni tú ni nadie han entrado antes. Sólo debes escarbar en tu interior con suma aplicación, y paciencia infinita, para poder llegar a ser uno solo con tu propia e implacable verdad. Haz el intento, y verás que es más fácil de lo que alguna vez hubiste creído.

- Rey celestial, me encuentro en verdad exhausto. Conoces muy bien las virtudes y defectos de que se compone el hombre, pues es producto de tu creación; por lo cual, has de estar al tanto de que el agobio y la desesperanza, pueden hallarse socavando el alma de quien te habla en este momento.

- Conozco la materia de mi creación como ningún otro, como tú bien dijiste, hijo mío; pero de entre todos los elementos que forjan al hombre, hay uno en particular, sobre el cual no me hallo en condiciones de intervenir; se trata de su voluntad.

- Pues, hay momentos en que nuestra voluntad se desdibuja, y no obstante ello, se nos escapa de las manos. Allí, cuando más necesitamos del consejo o ayuda del prójimo, no encontramos sino, corazones subyugados por la indiferencia y el egoísmo. Dicha actitud no puede ser reprobada, ni mucho menos, puesto que aquellos corazones, no conocen otra manera de conducirse. Por ello, creo que cada quien ha de encontrar el medio más propicio para poder sobrellevar su propia carga.

- Las dificultades y los problemas que afectan al género humano, son nada en comparación con el odio, el rencor y la desafectación que se hallan instalados en algunos corazones. Con la misma fuerza con que se ama a un otro, también se le puede odiar y despreciar. Pero si en verdad se desea reemplazar y transformar tales sentimientos malsanos, por otros más provechosos y bondadosos, es necesario sembrarlos, para que con el tiempo, florezcan y prosperen en abundancia.

- Mis coetáneos sufren, al igual que yo, ¡piedad, mi altísimo! ¡No por mí, por ellos! A ti, y no a otro, recurren cuando su existencia y porvenir, no hallan sentido ni fundamento. Anhelamos certezas, y le damos la espalda a la incertidumbre; pero nos olvidamos que sin ella, no habría una razón de ser para todo lo que nos es dado vivir.

- Me pides piedad en nombre de tus hermanos, pero sólo puedo ofrecerles mi esencia, que es más de lo que les puedo dar.

- Es lo justo, rey celestial, pero no todos han de quedar conformes. El desmoronamiento moral que corrompe los corazones de la mayoría de los hombres, es tan punzante y abyecto, que a fin de cuentas, no le quedan fuerzas para levantarse del lodo en donde se halla medio muerto.

- No puedo iluminar a un corazón que decide esconderse en la obscuridad, y menos aún, tenderle la mano al que no precisa de otra. La luminiscencia del espíritu, antes que nada, debe buscarse en el interior, para luego, compartirla con el prójimo.

- ¿Y si esa luminiscencia no es más que una falsa ilusión que nos creamos cuando nos encontramos desamparados en cuerpo y alma? -interpeló Nicanor al rey celestial.

- Si ello fuese así, entonces todo lo que hoy existe como resultado de mi gracia divina, no tendría sentido alguno. El mundo, y los hombres que habitan en él, son un mismo elemento, ya que el primero, depende del trato y cuidado de este último, y a la inversa. Por ello, todo acto consumado, tiene su efecto en el comportamiento del prójimo.

- Son demasiados los asuntos que atañen al alma humana; por lo pronto, he de seguir en mi búsqueda incesante de aquel último bálsamo que me permita comprender y aliviar un poco mi existencia, para así poder enseñárselo a los hombres; al prójimo. -y a continuación, Nicanor hubo despertado de aquel sueño divino y colmado de simbolismos. 

Manuel Arias