No puedo más, ¿lo llevo a un geriátrico?
Forrest Gump decía en la película: "La vida es como una caja de bombones, nunca sabés lo que te va a tocar". Frase sencilla, cursi, si se quiere, pero que encierra una realidad. Uno se la pasa imaginando, organizando, planificando su vida y, de repente, pareciera que todo conspira para que se den situaciones inesperadas, en las que, sin quererlo, debemos dar un golpe de timón y decidir sobre algo que ni siquiera pensamos como posibilidad.
Tener a cargo una persona con Enfermedad de Alzheimer es una tarea complicada, porque debemos cuidarlo, llevarlo a las visitas médicas o a alguna terapia, tratar de pasar tiempo con él, y, además, preveer que la demanda será cada vez mayor, porque la dependencia irá en aumento.
El panorama se complica cuando uno, como pasa en casi todos los casos, además tiene obligaciones propias, como trabajo, familia, actividades sociales, etc.
Muchas veces, se trata de enfrentar la situación de la mejor manera posible. Entonces los familiares se hacen cargo, tratan de hacerse espacios y paciencia para cumplir con las obligaciones. Hasta que las complicaciones por el avance de la enfermedad o las que se desprenden del propio ritmo de vida hacen que el sistema colapse y los miembros sientan que ya no dan más.
Lo que expresan en la consulta es cansancio físico y mental, profunda tristeza y culpa, sobre todo, culpa. Y es que, primero, duele ver el declive de un ser querido, sobre todo, de los padres; aquellas figuras fuertes, todopoderosas que nos criaron y nos cuidaron y que hoy, apenas pueden con sus cuerpos y sus cabezas. Segundo, el sentimiento de deuda. Deuda afectiva porque ellos se hicieron cargo de nosotros. Nos cuidaron cuando estábamos enfermos, cuando estábamos mal. Entonces, licenciada, ¿Cómo yo no voy a cuidar de ellos ahora?
Desfachatadamente, la vida nos hace una zancadilla..."No podemos con los cuidados. ¿Qué hacemos? ¿Lo llevamos a un geriátrico? ¿Se sentirá abandonado/a? ¿Pensará que nos lo/a queremos sacar de encima? ¿Lo/a tratarán bien ahí? ¿Le darán bien de comer? ¿Lo/a calmarán si se agita o angustia? ¿Se olvidará de nosotros? ¿Extrañará?
Son cuestionamientos que se viven con mucha congoja. Una decisión muy difícil que debe evaluarse entre todos los miembros de la familia, salvando dudas, compartiendo sentimientos y emociones.
La decisión de institucionalizar debe ser la consecuencia de descartar otros pasos antes. El primero, sería organizarse para los cuidados. Esto lo aconsejo en el caso de familias que cuentan con varios integrantes, entonces, se puede crear un mecanismo en el que cada miembro asuma los cuidados durante un período de tiempo. Así, todos sienten que cuentan con tiempos y espacios propios.
Cuando lo anterior no es posible, puede pensarse en la figura de un cuidador, siempre y cuando, los medios económicos de la familia lo permitan. Hay algunas obras sociales que cuentan con programas de cuidadores o asistentes geriátricos. El problema aquí será contemplar qué se hará si el cuidador no puede asistir alguna vez.
Cuando tampoco esto resulta viable, debe considerarse la opción de la internación. Hay múltiples posibilidades y modalidades. Cada familia evaluará lo que le convenga. Deberán, tener en cuenta el tiempo de internación (puede ser sólo durante el día o durante la semana, o permanente), las características del inmueble, del resto de personas que habiten el lugar, de la idoneidad del personal a cargo. Es sumamente necesario saldar todas las dudas; en parte, ayudará a calmar nuestra angustia.
El plano emocional es el más difícil de enfrentar. La sensación de culpa por "abandonarlos", por "no poder cuidarlos como ellos hicieron con nosotros", es la más difícil de sobrellevar.
Yo trabajo con las familias el punto de la opción. A veces, la vida, avasallante, desfachatada, no nos da opción. Creo que, si uno pudiera hacerse cargo, nadie optaría por delegar los cuidados en un geriátrico, pero es que, de eso se trata, uno no puede hacerse cargo, uno no tiene esa opción entre manos, uno no tiene otra alternativa. Entonces, uno debe delegar en otros aquello que, de existir otra posibilidad, haríamos gustosos.
La culpa, la angustia, deben dejar lugar a la resignación, al aceptar que no se puede con todo, al aceptar que no siempre salen las cosas como uno quiere, y al aceptar, por qué no, en algún lugar podrán hacerse cargo y cuidar de nuestro ser querido, mejor de lo que uno puede.
Porque si tenemos presente que institución (o geriátrico) no es sinónimo de abandono, ni de lavarse las manos, si concebimos que podemos alojarlos ahí sin desprendernos física ni emocionalmente de ellos, si comprendemos que quizás allí podrán garantizarle cuidados adecuados; y, si vamos a visitarlos todo lo que podamos, llevándole lo que le gusta, haciéndole mimos y garantizándole un espacio en el que vea, y sobre todo, sienta, que los vínculos siguen intactos, nos liberamos un poco del peso de la culpa y la angustia y podemos crear un espacio en el que todos nos sintamos a gusto.
Después de todo, siempre lo digo, no hay una única salida y lo que cada familia decida será fruto de lo mejor que ellos puedan dar en ese momento.
Cecilia Ortiz, licceciortiz@hotmail.com