La depresión, el estrés y la memoria
¿No les ha pasado alguna vez de estar hablando con alguien y de repente percatarse de que en realidad no tienen idea de qué está diciendo porque están pensando en la tarea pendiente, en lo que harán de comer o, simplemente, en que están demasiado bajoneados para oir la lata que les está dando? ¿O estar manejando, llegar a un lugar y decir: "pero si yo no venía acá"? (lo que yo llamo la teoría del piloto automático). ¿O pensar que recordarán todo lo que necesitan del supermercado, para darse cuenta, cuando llegaron, que la mente está en blanco?
Estas son unas pocas de las tantas quejas que escuchamos de gente de entre 20 y 50 años. Personas que viven, estudian, trabajan en nuestro país, que, convengamos, nos tiene acostumbrados a un nivel importante de incertidumbre. Personas que cargan con responsabilidades, problemas y, no es un dato menor, con un psiquismo propio, que, a veces, los coloca en situaciones vivenciales especiales.
Y acá, la mala de la historia pasa a ser la memoria. Yo quería acordarme, y la muy maldita me falló. Como si fuera una entidad independiente, que se maneja sola y, que, encima, se empecina en ponernos en aprietos.
Yo siempre les hago la siguiente analogía a mis pacientes: "Piense que está escribiendo un texto en la computadora y no lo guarda. Luego apaga la máquina. Cuando vuelve a encenderla y busca el texto, obviamente, no está. Ahora, ¿es culpa de la memoria de la computadora que no lo guardó? ¿O es que usted no le dio la orden adecuada para que lo hiciera?
Como dice nuestro amigo, el psiquiatra Juan Ignacio Bacha, se trata de "disprosexia espontáneo reflexiva", es decir, cuando estamos tristes, o cursando una depresión, o, sencillamente, estresados, nos "ensimismamos", nos metemos en nuestro mundo interno y, por ende, disminuye la atención que se presta al contexto.
Así, entonces, nuestra memoria tiene, entre otros, dos importantes enemigos. El estrés, por un lado, y los cuadros afectivos, como la depresión, por el otro, que no afectan a la memoria directamente, sino que actúan alterando nuestra atención, con lo cual, los datos no ingresan adecuadamente a nuestro cerebro, por eso luego no los recordamos.
A lo largo de nuestra vida podemos sentirnos tristes, ya sea porque se está cursando una depresión, o, simplemente, por alguna circunstancia, como puede ser que el sueldo no alcanza, que nos peleamos con alguien, o, por qué no (no vamos a minimizar ni peyorativizar) Nicole y Cubero están en crisis y "hacen tan linda pareja... ". Esta tristeza provoca que nuestra atención, (que normalmente funciona como un radar que va recogiendo información para ser procesada por nuestro cerebro), se desligue del medio circundante y se dirija hacia nuestro interior, hacia nuestros pensamientos, nuestros sentimientos. Entonces, los datos del afuera no ingresan adecuadamente, lo que impide que sean procesados como debería. Luego... no nos acordamos.
Otro "archienemigo" de la memoria es el estrés, que es la reacción de un cuerpo a un desafío o demanda. En pequeños episodios el estrés puede ser positivo, como cuando ayuda a evitar el peligro o cumplir con una fecha límite. Pero cuando el estrés dura mucho tiempo, puede dañar la salud.
Hoy en día, vivimos, como se dice comúnmente "al palo", tanto en lo laboral, como en lo social, como en lo familiar. Múltiples preocupaciones, como llegar a fin de mes, lograr los objetivos que propone el jefe (o que nosotros mismos nos proponemos), la seguridad, que nuestra pareja se mantenga en equilibrio, que a los chicos les vaya bien en el colegio, el tránsito, las colas para hacer trámites, los ruidos de la ciudad, el perro que se pelea con el del vecino....en fin, la lista es interminable. Estos factores, sostenidos en el tiempo, hacen que el estrés se transforme en crónico (a veces hasta nos acostumbramos a él), suba a rangos muy altos y se mantenga ahí, generando eventos en nuestro cuerpo que lo llevan al agotamiento y a dificultad para concentrarse o sostener la atención. De nuevo, indirectamente nuestra memoria sufre los efectos.
El Dr. Bacha nos dice que lo importante es que los síntomas, tanto de la depresión como del estrés, no se cronifiquen y que el paciente tenga un tratamiento óptimo desde lo anímico y cognitivo para mejorar su calidad de vida y funcionalidad.
Entonces, joven argentino, si tenés entre 20 y 50 años y tu memoria te está fallando, chequeá tu estado de ánimo, fíjate si estás estresado y, como aconsejo siempre, consultá con un especialista.
Siempre es mejor prevenir que curar.
Lic. Cecilia Ortiz, [email protected]

