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Un lujo: Un cuento de Felipe Staiti

El guitarrista de Los Enanitos Verdes explora una nueva faceta de la creación: la narrativa. "Noche de ronda" se titula el primer cuento que ve la luz.
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El guitarrista Felipe Staiti explora una nueva forma de creación y manifestación de sus inquietudes: la narrativa.

Por eso está avanzando en la elaboración de un libro de cuentos en cuyas ilustraciones está trabajando Mariano Ruszaj.

Pronto tendremos entre nosotros el primer libro de Felipe, pero MDZ Online ofrece en exclusiva un adelanto. Se trata de el cuento Noche de ronda, que compartimos con los lectores a continuación.


Noche de ronda

El viento golpeaba insistentemente las ventanas y las puertas de la cabaña. Parecía que la naturaleza se había ensañado con esa minúscula obra hecha por el hombre. Estaba rodeada de montañas y desfiladeros que eran la garganta misma de las ráfagas. De a momentos parecía que la calma reinaba, pero solo era el preludio de otra arremetida furiosa de aire descontrolado. En el interior de la cabaña todo se sumía a un silencio expectante. Sus ocupantes eran una pareja de ancianos que se quisieron regalar una vacación diferente a las que acostumbraban en la interminable lista de licencias a lo largo de sus vidas. Eligieron ese lugar en las afueras de un pueblo del oeste, condenado a desaparecer por la falta de gente joven. Los que a duras penas terminaban la escuela migraban hacia la ciudad en busca de mejores posibilidades de vida y confort, también entendido como en pos de un futuro.

La anciana mayormente dormía, quizás cansada en el tramo final de su vida. Siempre estuvo pendiente de las necesidades del hoy longevo compañero de toda su existencia. Las fuerzas no lo habían acompañado y se había ido muriendo antes que ella. La sonrisa la conservaba intacta, tenía el brillo mezcla de picardía y honestidad que solo pueden tener los ángeles. También sus manos, aunque hoy arrugadas, dejaban entrever el encanto de esos dedos largos y flacos, llenos de gracia al moverse o al posarlos en la mesa para ayudarse a parar después de las comidas. Su pelo aún era suave y lo mantenía suelto sobre sus hombros. “Nada de rodetes”, decía, “eso hace viejas hasta a las más jóvenes”. En los lejanos años escolares había sido la reina de la primavera y el ramo de flores (que era el cetro de su alteza), terminaba marchito ante su belleza. Entre sueños le llegaba como un murmullo el rugido del viento castigador y esos sonidos eran incorporados a su mundo onírico. No se percataba de la anormalidad del asunto.

A unos metros de la salamandra estaba el anciano observando gravemente desde su puesto las paredes y ventanas de la cabaña, preguntándose cuánto más resistiría los embates de la madre natura. Esas ráfagas no eran solo la naturaleza mostrando su peor cara, también sentía que el bravo viento le golpeaba la cáscara del alma. No tenía muchas opciones, corría la cortina para tratar de mirar al exterior pero la oscuridad era casi total. Solo algún amarillento arbusto se dejaba entrever girando en su alocada carrera. De pronto, el silencio llegó al páramo, como si hubieran desconectado los sonidos del mundo. Y después de unos segundos eternos se escuchó el ladrido desesperado de un perro. Estaba pidiendo ayuda, pero no la ayuda del dolor, pedía atención ante una situación extraña. El anciano sabía interpretar muy bien los reclamos caninos, había sido arriero en los campos donde fue criado por la familia que lo adoptó. Era hijo de padre desconocido y de madre puta. Primero fue dado en adopción a un hogar en el cual no duró mucho por haberse desbaratado el seno familiar. Entre las cosas que regalaron del divorcio estaba él. Dado por segunda vez, corrió con mejor suerte y fue el único varón entre cuatro mujeres de legítima llegada al mundo, hizo realidad el adagio “bendito seas entre todas las mujeres”.

El perro en cuestión era muy arisco y pasaba la mayor parte del tiempo atado. Tenía un humor bastante especial, no gustaba de los desconocidos y a los conocidos los trataba con recelo. Durante la estadía los ancianos nunca lograron acercarse al animal, ya que se alejaba cuando la distancia de las personas era menor a dos pasos, gruñendo como un niño al que mandan al asiento de atrás del auto. Sus ladridos eran ahogados y sin rastros de enojo, pero estos eran distintos.

El viejo trató de mirar nuevamente entre las sombras y vio por fin el motivo del malestar del perro. Había un hombre que trataba de pararse del piso, dando la clara muestra de estar atascado por algo. Después de un ligero análisis de situación, decidió salir a ver si era necesaria su ayuda para quien supuestamente estaba en apuros.

La noche era ahora calma y quietud. Casi se podía cortar lo espeso del aire y la oscuridad del cielo aplastaba. Caminó presuroso hacia la situación descripta. Al llegar al sitio notó que el individuo estaba con el pie derecho y media pierna izquierda atrapados en una zarza con espinas. Se preguntó qué haría caminando en esa noche de mil demonios y le ofreció socorro. Con sus manos ayudaba a despejar de las ramas las piernas del sujeto, mientras este le relataba que la estupidez cometida fue a causa de la desatención.

–Estoy acostumbrado a la oscuridad –decía el hombre–, pero me distraje en mis pensamientos y terminé en el piso. Nadie está exento.

El anciano escuchaba y maldecía entre dientes algún que otro raspón de las filosas puntas. La edad del accidentado era indefinida, en su rostro se notaba algo de cansancio y experiencia. Su pelo, delicadamente cortado, era de un negro fuerte como el de su corbata, que ahora mostraba rastros de polvo producto del revolcón. La contextura física era marcadamente delgada, rasgos bien precisos y de nariz aguileña.

–Esta vida está llena de obviedades. ¿No le parece buen hombre? –le dijo el extraño al socorrista– Por eso, cuando algo se corre de ese parámetro, entra en la categoría de milagro o sobrenatural. Si lanzáramos una piedra hacia arriba y quedara suspendida, correríamos a buscar testigos del hecho, si el sol un día saliera por el oeste, sería una catástrofe. Así estamos sumidos en un acostumbramiento total y, ¿le confieso algo? Estoy aburrido.

El longevo, sorprendido por las palabras le soltó una sonrisa amable y no dijo nada. La pierna y el pie del hombre casi estaban liberados del enredo de ramas. Entonces recibió una palmada en la espalda acompañado de palabras de agradecimiento por la ayuda que le brindaba. Siguió luego el monologo:

–Hablar de movimientos en lo cotidiano es liberar la imaginación. Hoy nos dormimos en una cama en el campo y despertamos en un cuarto de hotel en la ciudad, poder volar con las manos, caminar descalzos por la brasas, dejar nuestra casa abierta pero que al volver no nos falte nada, elevar una súplica y que se nos conceda al instante. Sin embargo, estamos siempre haciendo lo mismo, si nos movemos un poquito de nuestro destino, este ya es otro. Esta noche reflexiva me lleva a pensar que todo lo que sé está equivocado. Creo que me toca la peor parte de la vida, que es existir donde esta termina. Sin la vida yo no estaría y estoy por su culpa. Arranco de raíz la idea de permanencia. Me toca el trabajo más difícil, marcar el ciclo. Le confieso que algunas veces me río porque me hacen las cosas más fáciles, por ejemplo, los choques de culturas o las guerras insensatas, que de un tirón me llevo a muchos. Pero sé distinguir culpables de inocentes aunque mi paso nivele reyes con esclavos, hijos con padres, asesinos con asesinados, colores y razas, pobres con ricos. Y estoy cansado de mi papel nivelador cuando sé muy bien que no es lo mismo llevarme un niño a un anciano, no es lo mismo una página escrita a una en blanco. Maldigo el mandato divino y maldigo mi rol en la existencia porque no decido nada, no decido a quien, solo estoy en el final que yo no puse ahí. Claro que a los ojos del mundo termino siendo el menos deseado y el injusto, pero no es así. Esta noche salí a calmar mi espíritu que está quebrado desde el principio de los tiempos. Yo no soy el que decide el final, simplemente estoy a la hora exacta. Esta noche me “humanicé” para dejar de ser solo una idea y una consecuencia de la vida. Así están las cosas, mi inexperiencia dio como resultado este pequeño accidente, no recuerdo cuando fue la última vez que caminé por el camino del hombre. No porque no quiera hacerlo, pero me evito sufrir la última mirada de los que se van. Sí... soy un romántico. Necesito de lo que necesitan todos, una sonrisa como la que me brindó hace unos momentos me alegrará varias eternidades. Hoy soy un soldado en el paraíso. Se me vienen muchas analogías porque he visto mucho. He sido testigo de atrocidades y de injusticias que en mi opinión no estoy de acuerdo, como así tampoco estoy de acuerdo con la frecuente pasividad divina. No puedo decirle que tengo vida porque soy la muerte, digamos como dicen: “la vida se vive y la muerte se muere”, pero aunque suene paradójico yo vivo al final de la vida de todo ser viviente. También estoy en el amor que se termina, en la luz que se apaga, en la vela consumida. Le aseguro que yo no elegí esto, no tuve opción, nací de la causa y soy el efecto.

El anciano estaba sentado frente a la muerte que ya había sido liberada de su percance espinoso, contrariamente a lo que se supone, no tenía miedo, se sentía confiado. Hacía tiempo que ya no le temía. Es la experiencia de los años que nos prepara para el desenlace. Se levantaron del piso y la muerte se sacudía el polvo de sus zapatos mientras el viejo miraba hacia la cabaña con cierto aire de nostalgia. Entonces se animó a decirle:

–Ha llegado mi hora. Pero, ¿puedo despedirme?

La muerte le sonrió y le dijo que nada más alejado de eso, esa noche nadie en el mundo moriría porque estaba revelado y decidido a sentir en la piel humana. Lo acompañó hasta la cabaña y le pidió al anciano que le hablara de esa “razón de su vida”. Como era el amor, la ilusión y el tener una taza de café preparada por las mañanas. Escuchar las primeras palabras de los hijos, juntarse con los amigos para hablar de fútbol. Besar los labios del ser amado, hacer el amor bajo la luna y emborracharse en la fiesta de egresados. La alegría del primer sueldo percibido, regalarle una rosa a la madre un día cualquiera.

El tiempo estaba detenido y nada perturbaba la calma reinante, alcanzó el viejo a ver un brillo de humedad en los ojos de la muerte. Agradecidos los dos, uno por no pedirle que lo acompañara y el otro por recibir, digamos, información clasificada, se estrecharon las manos en la puerta de la cabaña, no sin antes invitar el anciano a la muerte a que entrara. Un hecho que no pasó desapercibido, ya que quién se animaría a semejante locura. El anciano vio cómo se alejaba la muerte en la oscuridad de la noche y cerró la puerta de la cabaña. Los grillos empezaron a cantar y el silencio ya no era sepulcral. Abrió la ventana y una brisa fresca bañó su rostro. Escuchó que la anciana bajaba por la escalera envuelta en belleza y ella le sonrió preguntándole que hora era, si estaba con insomnio. Él la abrazó y besó sus labios, la flecha de Cupido estaba intacta y hasta más profundamente clavada. Solamente le dijo que la vida era hermosa y la besó nuevamente. Luego se sentaron frente a la ventana abierta mientras las primeras luces del alba teñían el horizonte...