Poemas de verano: Eugenia Simionato
Escarbo en los ojos de mi madre
Recuerdo aquella foto
en la que estoy en brazos de mi madre
con una flor en la mano.
Algo resplandece en el cielo.
Aunque no lo sabemos
tenemos las dos el mismo gesto.
Pienso que mi madre
tuvo que alzar su infancia
para enseñarme que es posible
encontrar la belleza
en el liviano movimiento de una hoja.
Todavía escarbo en los ojos de mi madre,
como si pudiera, a través de ellos,
volver a aquel jardín
y contemplar de nuevo
el breve parpadeo de la dicha.
Aún
Aún escucho los pasos de mi madre
regresando.
El clamor del taco inconfundible.
El perfume,
como una espada de aire en el estómago.
Recuerdo la sangre de las hojas
arrancadas,
el miedo girando como una luz
en la tierra del insomnio.
Lo que va y viene,
el aroma
impregnando el hueso
de lo que ya no existe.
No hundiré mi júbilo en el agua endurecida de la muerte
Hay un tiempo en que el rosal existe
desasido de su nombre.
Pero más tarde
la contemplación del nombre lo reemplaza.
Aunque me obliguen
no hundiré mi júbilo en el agua endurecida de la muerte,
ni remendaré este tallo
que todavía se retuerce
ante el féretro entreabierto de mi ojo.
Árbol
En el temblor de la raíz sobrevive
la verdad de una hoja
y en la última rama comienza
la ausencia del árbol.
Pero del árbol
por donde asoma la luz.
Silencio
Recuerdo las gotas
cayendo como nubes.
Mirábamos el silencio
y lo arrojábamos al río
como se arroja
lo que no desaparece.
Los ojos y los peces,
acurrucados en la luz
eran un sólo temblor
en el agua.
La noche crece como un río solitario
Voy a acomodarme
en el exacto espacio que separa
tu palabra de la mía.
La noche crece como un río solitario
y me pregunto:
¿Quién podría asegurar si no es tu ojo o el mío
el pez valiente saltando
al otro lado del insomnio?

