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Argentinos por nada

A poco de tratarlos noté que tenían lo peor de estas pampas: la barbarie, la ignorancia, la petulancia, el miedo, la indiferencia y la bravuconada fácil.
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A continuación, como gentileza de su autor, el cuento Argentinos por nada, que le da nombre al reciente libro del escritor y periodista sanjuanino.

Argentinos por nada

Esos muchachos eran argentinos por designio azaroso de la geografía. No tardé en comprender que terminarían mal. Los conocí hace mucho, en el exilio. En aquel entonces me alegré de encontrarlos. Al fin y al cabo, de eso no tuve dudas, eran compatriotas. Sería depre, retro y demodé contar por qué tuve que partir hacia un país lejano y frío. Bástenos entender que no fui de turista. Y, de paso, sería bueno que quede asentado que cada 20 de julio no era yo quien se juntaba a comer pizza con los peso pesado que por esos años usurpaban la Casa Rosada. Digo, por si el dato sirve.

No fui el único que se marchó. Muchos viajaron. A algunos no les fue nada bien, a otros sí. En todo caso, me fuera como me fuera, yo no iba a dejarles mi yugular tan fácil a esos perros rabiosos.

Volviendo a los paisanos que conocí en Europa: a poco de tratarlos noté que habían arrastrado hasta París lo peor de estas pampas: la barbarie, la ignorancia, la petulancia, el miedo, la indiferencia y la bravuconada fácil. Todo se potencia estando afuera, la solidaridad también. Y, por si alguien no lo sabe, nadie elije el exilio, a veces, sencillamente sucede.

En Francia descubrí muchas cosas. La civilización y el humanismo: arte y miseria de un mundo incomprensible para los que nacimos en el sur. Apuro y vértigo, respeto y crueldad, individualismo y codicia. En Europa aprendí mucho.

Una mañana entré a una librería que vendía títulos en varios idiomas. Tenía ganas de leer algo de mis pagos y mi francés era elemental. ¿Tiene algún libro de Andrés Rivera?, le pregunté al vendedor, es un escritor argentino. Por ahí cerca andaba un muchacho revolviendo libros. Noté que me miró sorprendido cuando dije escritor argentino. Dejó lo que estaba haciendo y se acercó. ¿No me digás que sos argentino?, preguntó. Sí, le dije. ¡Hermano!, gritó exaltado, yo soy de Buenos Aires, y me tendió un abrazo impulsivo que no debo haber recibido del todo amable. Hace cuatro años que estoy acá, me contó. ¿Y vos?, ¿cuándo llegaste? Tengo este ejemplar, interrumpió el vendedor, y me pasó El farmer. Miré el libro y volví la atención hacia mi compatriota. Un acto reflejo me llevo a tantear mi bolsillo. Sí, todavía estaba ahí la billetera de cuero argentino. Le conté que hacía apenas dos meses que había llegado y que casi no conocía a nadie. ¿De que parte sos?, preguntó. De Mendoza. El tipo seguía mirándome como quien ha encontrado a uno de su especie. Pero será posible, che, dijo eufórico, y me invitó a comer a su casa el domingo. Nos juntamos siempre con un grupo de argentinos. Somos varios. Vivimos acá desde hace tiempo. Un grupo macanudo, ¿viste? Le dije que me encantaría. La verdad es que acá he conocido a pocos del pago. Para qué habré aflojado. Habiendo tantos mexicanos, bolivianos, chilenos, marroquíes, me vine a mandar por ese tobogán. Qué apresurado fui. Qué poco memorioso. Venite, insistió, los domingos hacemos un asadito, escuchamos música y jugamos al truco. Anotó la dirección en un papelito que pidió al librero y dibujó un pequeño croquis de cómo llegar. Me estrechó la mano y se fue. Llevo éste, le dije al librero. Pagué y me fui con mi libro de Andrés Rivera, el único que se atrevió a escribir que Céline es aburrido y cornudo.

El destino quiso que aquel domingo hubiese sol. El azar te llevó directo a la casa donde los muchachos se juntaban a comer. El buen humor, esta vez ayudado por tu facilidad para hacer amigos, decidió ponerte en el lugar equivocado. Francia es un país inmenso, lleno de atractivos, repleto de lugares para conocer. Vos tuviste que meterme justo en el sito al que no debiste llegar nunca. Esos argentinos eran un infierno.

Caminaste por una calle angosta de casas bajas. Doblaste según el mapa que tenías en mano. Diste con la esquina que había graficado tu coterráneo en el papelito. Un argentino como vos no podía perderse, otro argentino te había indicado el camino para llegar al lugar donde se juntaban a comer. Comían carne asada y tomaban buen vino. Barato pero bueno el vino que compraban. Escuchaban música mientras jugaban al truco y se hacían trampa, como debe ser.

Con los días fuiste tomando conciencia de que no sos el único paisano exiliado en Europa. Algunos vinieron acá para salvar el pellejo, otros sólo para probar suerte. Nadie los empujó a venir pero vinieron; y les va relativamente bien. En España está tocando Roque Narvaja, aunque dicen que no ofrece recitales tan a menudo como solía hacerlo antes. Charly García casi no se molestó en llegar hasta acá. De haberse instalado, el loco hubiese hecho estragos. Tocó un par de veces junto a Mercedes Sosa, no mucho más. Moris también anda con su guitarra a cuestas por los escenarios madrileños. Ahí va, abriéndose paso como puede. Astor Piazzolla dejó en París una parte importante de su vida artística y la muerte lo encontró con un fino acento francés en cada uno de sus tangos. Atahualpa Yupanqui murió en Francia, rodeado de afecto, buenos amigos y reconocimiento; cosas que no le sobraban cuando vivía en Argentina. Averiguaste sobre Jairo, esa voz vigorosa que asomó desde las sierras cordobesas. Dicen que acá agota localidades en cada recital.

¡Quién pudiera volver!, pensás atribulado, entonces imaginás que vas en auto por la ruta recorriendo esas llanuras vastas y queribles hasta llegar a ciudades pobladas por hombres y mujeres que aún no abandonan el sueño furioso de emanciparse. Son muchas cosas las que se dejan. Demasiadas para un argentino como vos. Qué cruel es la historia: pasa y no espera, tampoco vuelve. El tiempo quiso que aquel virreinato se transformara en un país con pretensiones republicanas. Unitarios y federales, estancieros y peones, oligarcas y cabecitas negras, radicales y peronistas, explotadores y explotados; sobrevivientes.

Parece que al estar lejos, uno presta más atención a las noticias que llegan desde el pago. Debe pasarle a muchos, supongo. Me entero de las atrocidades que están haciendo las dictaduras por allá. Las cárceles clandestinas, los perseguidos, la deuda, los bebés robados; todo es una calamidad insoportable que se soporta porque no queda otra.

Camino de noche por estas calles parisinas. Miro las estrellas. El cielo es testigo cómplice de mi nostalgia argentina, la más terrible y aguda de las nostalgias. Llego a un almacén, saco un billete para comprar cigarros. El francés me los vende sin pronunciar palabra, me da el vuelto. Camino unos pasos y arrugo el paquete en mi puño. Lo tiro a un basurero. Condenado vicio, había olvidado que estaba pensando en dejar de fumar. Me detengo en una plaza prolijamente trazada, limpia como pocas. Hay un kiosco pequeño. A unos metros, sentados en un banco, unos jóvenes toman cerveza en lata como si recién llegaran del París - Dakar. Los miro. Se ríen. Se cuentan cosas. Uno dice algo. Otra vez se ríen. Compro caramelos de miel. Pongo uno en mi boca y pienso que eso es mejor que estar fumando. Caminar por acá es mucho mejor que estar en Argentina. Me convenzo de lo que pienso, luego existo. Deambulo por calles que ya no me son ajenas. Ando por la noche sin sentir piedad por mí. Mañana es domingo, tengo el asado. La madrugada me sorprende recorriendo veredas y pasajes que parecen nuevos, aunque sé que no lo son.

Toco el portero del edificio. Desde la terraza se ve un humo blancuzco, casi gris. Habemus chorizo, pienso, y me río en secreto. Siento satisfacción, últimamente he virado a una suerte de humor absurdo que me salva del persistente fracaso que me acompaña desde que vine acá. El aroma que me llega no miente: típico de asado criollo. Hola, me dice alguien desde arriba. Soy Ezequiel, le grito, el argentino. Ahhh... sí, Juan nos habló de vos. ¿Vos sos el medocino? Sí, soy yo. ¡Ese mendocino macho, carajo! Subí.

Subo por la escalera. El edificio es de tres plantas. No tiene ascensor. Para qué, si es bastante bajo para lo que son los edificios en París. Golpeo la puerta. Alguien me abre. Aún no conozco el nombre de todos. Paso. Mis compatriotas están escuchando música. Pasá, che, pasá, me dice uno. Me presento. Hay dos que ya están jugando al truco. Les cuento que soy de Mendoza, que me llamo Ezequiel y que no hace mucho que estoy en París. Que suerte que viniste, dice otro. Ponete cómodo, ya abrimos un vinito. Yo voy por el sacacorchos, anuncia un petiso, y pega un salto del sillón donde está recostado. Al rato llega Juan, el porteño que me había invitado en la librería. También llegan otros. Uno a uno los voy saludando. El vino circula con la fluidez de un río navegable. Más tarde llegará la carne, el asadito.

Con música de Litto Nebbia, Sui Generis, Vox Dei, Spinetta y Los Abuelos pasaron las horas y pasó el almuerzo. Rico asado hicieron, extrañaba esto. Después escuchamos a Piazzolla. Volvé a poner Verano porteño, dijo uno desde la otra punta. El que tenía al lado le saltó en cruz: Ponelo vos, gordo gusano, no te has movido de la silla desde que llegaste, macho. Aún no me explico cómo sucedió. Pero fue así: El diálogo se fue contaminando. Era evidente que había corrido demasiado alcohol por esa mesa de foráneos resentidos con su país. No es que a mí me pareciera que estaban resentidos. El tenor de la charla delataba lo que digo. Eran un puñado de hombres buscando un lugar en el mundo. Un sitio amable que, en lo posible, no fuera Argentina. Sería tedioso detallar todo lo que viví aquel día. Bastará con explicar que lo ocurrido casi no tiene diferencias con un policial protagonizado por De Niro, Bruce Willis o el propio Jean Reno.

Caía la tarde en Francia. El sol se desvanecía. Ahí estábamos: un manojo de exiliados en una tierra lejana y fría, con un idioma ajeno y una parva de libros y escritores que nunca habíamos leído. Éramos argentinos. Yo todavía lo soy, algunos ya no. Todo venía bien pero durante la sobremesa la cosa empezó a desbordarse. Uno de los muchachos discutió de fútbol con otro. El ambiente se puso espeso. La dicotomía River-Boca no tardó en llegar. A eso le siguió otro tema y luego otro. Los tipos parecían una máquina trituradora de palabras. Sobrevinieron las pasiones políticas. Las intervenciones casi fascistas de un tal Javier, sentado a mi derecha, fueron deleznables. Algunos peronistas hicieron su aporte febril y estentóreo. Cometí el error de irrumpir con un comentario: puse de relieve la decencia de don Arturo Illia. El viejo fue un modelo de honestidad y patriotismo para todos, dije. Con la honestidad no se come, mi viejo, no seamos boludos, me contestó un grosero tiempo completo sentado en la otra punta. La discusión fue trepando a esas alturas donde la razón ya no sirve para pegar la vuelta y bajar. Uno de los muchachos, pasado en tragos, empuño un cuchillo mientras decía algo acerca del General. ¡Viva Perón, carajo!, le respondió el grosero de la punta, siempre refugiado en la torpeza, su trinchera y lugar de batalla. Otro le salió a rebatir sobre no sé qué cosa de Evita y los nazis. Y no faltó el desubicado que trajo a colación a la inepta de Isabelita y la Triple A. El paroxismo se fue apoderando de la situación. Por el comedor me pareció ver pasar los fantasmas de José Rucci, López Rega y Juancito Duarte. ¿Qué hora es? pregunté. Nadie respondió. Una película imaginaria se convirtió en una cinta ciega que daba vueltas en mi cabeza. Ahí estaban marchando hacia no sé dónde los JP paladar negro. Vi desfilar rumbo a la plaza a los temibles cancerberos de la FAR. Pasaron los Montoneros vitoreando al General mientras Vandor los miraba desde un pasillo oscuro y sin fondo. Los nenes mansos del ERP asomaron sus caripelas inolvidables. Robertito Perdía llegaba de hacer tiro al pichón en Ezeiza. No faltó Lorenzo Miguel y las 62, Camporita, Galimberti y Abal Medina dispuesto a meter fierro a como dé lugar. Vaca Narvaja pasó apurado porque se le iba el vuelo de Trelew y el cura Mugica, sentado en la otra punta de la mesa, me regaló una mirada inequívoca que, entendí, estaba cargada de conmiseración. Me pregunté qué pensaría el Pocho Perón si viera ahora a sus muchachos. ¿Qué me cuenta, Coronel, qué tal la cría que nos dejó? Hijo de puta, Pocho, seguís siendo el Drácula de la Historia argentina, todavía necesitás chupar sangre para sobrevivir. Creí que ya estábamos en condiciones de cantar cartón lleno pero todavía no: la memoria me devolvió un revés inapelable: Marito Firmenich se sentó a mi lado y me regaló una sonrisa de esas que no sabés si son para avisarte que ya te tienen marcado o para demostrarte que les simpatizás. La ensalada era de no creerse. Me pregunté a qué hora llegaba el postre. Ya, enseguida, no faltaba mucho.

Ninguno de nosotros, comensales enchufados a una tertulia violenta y sorda, podíamos imaginar lo que vendría unos años más tarde: la vuelta de la democracia, la primavera, el corte de exportación de las manos de Perón, el asalto a La Tablada de Gorriarán Merlo, los levantamientos Carapintadas contra el viejo Alfonsín, la llegada de Carlitos Menem, el desguace nacional, la irrupción efímera de De la Rúa y su presurosa huida en helicóptero, los veintidós muertos en Plaza de Mayo, el patético récord de cinco presidentes en menos de dos semanas, la asunción del Cabezón Duhalde como presidente a dos años de haber perdido las elecciones contra El Chupete, la matanza a sangre fría de Kosteki y Santillán, Néstor, su fortuna y su tropa de fundamentalistas que desembocaría en Cristina, la viuda codiciosa que dividió el país en dos fracciones irreconciliables. Aquella tardecita francesa tampoco pudimos anticipar el huracán que se avecinaba: las denuncias de corrupción contra el vicepresidente Boudou y las toneladas de guita verde que Él y Ella sacaron del país gracias a los inestimables servicios de Lázaro Báez. Tampoco imaginábamos que una mañana despertaríamos con la noticia del balazo en la cabeza del fiscal Nisman que, extraña casualidad, había denunciado a la presidenta. Faltaba tiempo para que todo eso sucediera en el pago criollo. El futuro es un látigo en la mano de Dios.

En medio del griterío, traté de entender algo de lo mucho que se decía. Unos parecían barras bravas de Boca opinando sobre el romanticismo alemán. Otros, enceguecidos en medio de una invectiva desaforada, aparentaban ser doctores de la Universidad de Oxford explicando los secretos de un buen asado. Tanta mezcla me confundió y empecé a indigestarme. Debo haberme puesto pálido porque uno de los muchachos, sentado a mi izquierda, me preguntó: Qué te pasa, che, cagón. Supongo, ahora que lo pienso, que varios de ahí no eran más violentos porque paraban de noche para dormir un rato.

Finalmente ganó la barbarie y dos de ellos pelearon. ¡Pobre viejo Sarmiento! ¡Qué mal le hubiese ido en esta tertulia! La situación se fue adonde nadie quería que se fuera. Javier le pegó a Jorge, un rosarino orgulloso que no soportó la cachetada en la cara. Tratamos de separarlos. Intervine, a pesar de ser nuevo en el grupo. De pronto Jorge sacó un revolver de atrás de su cintura y le disparó a quema ropa a Javier. Dos, tres segundos, no más, y cayó desplomado. Atiné a tirarme bajo la mesa. En improvisado vuelo rasante busqué cruzar al otro lado. Rodé. Quedé a una distancia que me permitió mirar lo que sucedía como quien mira una de Al Pacino en un cuarenta y dos pulgadas. Más disparos. Esta vez Jorge les apuntó a otros dos. Cayó Juan, cayó otro. Después cayeron un par más. Las balas siguieron matando paisanos. De pronto se me cruzó un pensamiento extrañísimo: Cada muerto es un argentino menos. Sentí los últimos tres balazos. Luego se hizo un silencio que se quebró con los gritos atroces de Jorge que preguntaba: ¿Qué hice, mierda?, ¿qué hice? Nadie respondió. Estaban casi todos muertos. Yo contuve mi respiración para que no se note que era un argentino vivo. Sobreviví. Rodé de nuevo por el piso y me puse de pie. Casi sin mirar el desparramo que había quedado, corrí a la puerta de la terraza. Atravesé el comedor. Recuerdo que pisé una alfombra con motivos medievales. Por poco me tira al piso la porquería esa. Atrás quedaba el asado con mis compatriotas y los gritos de Jorge que intentaba retenerme: ¡Vení, boludo, no te vayás como una rata! Abrí la puerta pesada de la salida que daba a la escalera. Bajé. Me encontré en la vereda. Corrí durante una, dos, tal vez tres cuadras; hasta que mis pulmones no respondieron más. Doblé en una esquina y de nuevo, corrí sin dirección. Solamente pensaba en alejarme. Corrí como nunca en mi vida. Sin mirar para atrás. Sin saber adónde iba. Sólo sé que corrí. Cuando no di más, caí en la cuenta de que estaba en el Puente de Alejandro III. Me detuve agobiado. Apoyé mi espalda contra una baranda. Me deslicé hasta el suelo. Suelo francés, pensé, mientras afirmaba mis manos en el piso. Me quedé sentado un rato. No daba más. Me faltaba el aire. Nadie me preguntó si necesitaba algo. Nadie me tendió una mano. Acaso era mi cara de asustado que espantaba. O no, tal vez era mi aspecto de foráneo. No sé. De haber pasado Sting por ahí, le hubiese dado letra para una nueva canción: Un sudaca en París.

El sólo recuerdo de aquel día me resulta espantoso. Nuca más supe de ellos. No supe cuántos murieron y cuántos quedaron vivos. Nada. No compré el diario por varios días ni vi televisión. Tampoco salí mucho a la calle. Mejor así.

Esos muchachos eran violentos, hipócritas, cobardes, ambivalentes, en ocasiones graciosos y brillantes. No me arrepiento de haber huido, no iba a dejarles mi yugular tan fácil a esos perros rabiosos. Otros lo hicieron y no les fue nada bien. Eran calamitosos. Comieron juntos, discutieron, escucharon música, brindaron, jugaron cartas, se insultaron; finalmente se mataron. Eran argentinos por nada.

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