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Nicanor: Algo de dinero

"No podrá aguantar así por mucho tiempo, su salud es cada vez más endeble", fue la preocupación de su madre cuando era niño.

La serenidad que sólo puede ofrecer la vida en el campo, era todo lo que había precisado Nicanor para sentirse a gusto en su infancia. Sus padres, personas por demás cariñosas y de gran estoicismo ante las vicisitudes, habían hecho todo lo posible para que su amado hijo tuviese todo lo indispensable y no le faltase nada. De jóvenes, cuando aún no se había germinado en sus cabezas la idea de traer una nueva vida al mundo, solamente tenían un deseo, permanecer por siempre juntos. La felicidad que sentían al amarse, era más grande que cualquier otra felicidad que se les pudiera dispensar. La diferencia de edad, nunca fue un motivo suficiente para que dejaran de buscarse, los días eran menos tristes si se tenían el uno al otro, y cuando no, se las pergeñaban evocando momentos, gracias a los artilugios de la imaginación. Tenían sueños, proyectos en común, un sinfín de experiencias que querían compartir sólo ellos dos, hasta que de un día para el otro, el porvenir puso fin a todo eso. Con la llegada del primer hijo, todo lo planeado se desvaneció de repente. Las responsabilidades y exigencias comenzaron a acrecentarse, por lo que debieron asumir nuevos roles. No es que no estuvieran contentos y esperanzados con la llegada de aquel primogénito, pero un hijo, desarma un poco las cosas, y a la vez, ordena muchas otras. A ella, aún le quedaban dos años para finalizar sus estudios en el colegio, mientras que él, trabaja desde hacía ya unos años, en un pequeño almacén del pueblo. Conocía muy bien al dueño, un hombre honrado, ameno, y solidario con la gente en general, que por esas leyes de la vida, había llegado a enviudar dos veces, hasta que un día desistió de encontrar a otra compañera, puesto que no quería perder nadie más. Cuando las cosas anduvieron mal para la pareja, debido a la escasez de dinero, el dueño del almacén, sin pensarlo, les tendió una mano. “Esas cosas, sólo podían pasar allí, en el campo”, diría más tarde Nicanor ya de grande. Y así sucedía, cuando a alguien no le iba muy bien que digamos, ya sea a causa de las crisis económicas, o por problemas familiares, u otros hechos desafortunados, los demás conciudadanos acudían para ayudar en lo que pudieran, y así poder lidiar con los conflictos en comunión. En cierta manera, lo ajeno se amalgamaba con una parte del otro. Existía una relación muy fraternal entre los lugareños, distinta de la que se podía observar entre la gente de la urbe. Cuando un foráneo se encontraba de paso por el lugar, se lo trataba con la mayor deferencia y consideración.

La casita en la que vivían, ubicada en el campo, había sido financiada por los padres de él, tal situación, era la más idónea, hasta que estuvieran en condiciones de contar con la suya. Lo poco que él ganaba, les alcanzaba para llevar una vida austera, sin excesos, pero honrada. Ella, como suelen acostumbrar las mujeres en el campo, velaba por el cuidado de la casa, también se encargaba de cosechar los frutos, y de alimentar a los animales del establo. Era todo una señorita, la cual tenía grandes responsabilidades, y aunque se mostrase incansable y tenaz, aún no se desprendía de ciertos aspectos inmaduros propios de una niña. A veces, cuando estaba sola, o en compañía de alguien, lloraba sin más, y al espectáculo, se le sumaban alaridos y pequeñas rabietas, difíciles de apaciguar. También sucedía que cuando algo le disgustaba, enseguida subía al cuarto, y se encerraba por horas. Él comprendía todo aquello, y es por eso que se armaba de paciencia. “No se le puede pedir a un árbol que crezca del día a la noche”, pensaba. Y así, con tristezas y alegrías, pasaron los años, tan rápido que se olvidaron del amor que los había correspondido. Nicanor había crecido, y pronto comenzaría la escuela, pero desde hacía un tiempo se encontraba en cama, haciendo reposo. Su pecho estaba afectado, el asma le impedía respirar bien, pero las cosas en ese momento, no andaban muy bien económicamente como para recurrir a un médico. En el campo no había hospital, por lo que cuando uno se enfermaba, debía viajar a la ciudad, y pagar por los servicios médicos.

Ella: El asma de Nicanor debe tratarse, no podemos postergar más su visita al médico –decía angustiada y entre lágrimas.

Él: Querida, por más que quisiéramos, no podríamos solventar los gastos de la consulta, y llegado el caso, menos aún el tratamiento y la medicación que el médico le pudiera llegar a indicar –aunque luchaba por mostrarse entero, internamente era otra la cuestión.

Ella: No podrá aguantar así por mucho tiempo, su salud es cada vez más endeble. Necesita de los cuidados propicios a tal estado. Algo debemos hacer, nuestro hijo necesita de sus padres –con el alma desbordada, y sin saber qué hacer, quería hallar la forma de salir del agujero en el que se encontraban.

Él: Hoy debemos estar unidos más que nunca, sólo si aunamos nuestras fuerzas podremos encontrarle una salida a todo esto. Por mi lado, cuento con algo de dinero, unos ahorros que tengo.

Ella: No me habías dicho nada… pero no importa ahora. ¿Crees que con eso sea suficiente o debamos pedir prestado?

Él: ¿Pedir prestado otra vez? De ningún modo, ya es demasiada la humillación de tener que vivir en una casa que no es nuestra, y además, vernos en la obligación de tener que aceptar dinero de nuevo, como si fuéramos mendigos.

Ella: Pues bien, ¿Qué haremos entonces? No me quedaré de brazos cruzados, si tú no quieres pedir el dinero, lo pediré yo, es mi hijo o mi orgullo. Si le llegara a pasar… algo…

Él: No te pongas así, siento como si todo esto fuera mi culpa.

Ella: Es que no puedo ver a nuestro pequeño sufrir, es como si alguien estuviera intentando arrebatarme una parte de mi persona. No sé qué haría sin él.

Él: Aunque no lo parezca, estoy tan afligido como tú. Soy hombre, y siento como cualquier otro.

Ella: Lo sé, pero el dolor de una madre va más allá. Una madre vive y muere por su hijo. En lo que respecta al amor de un padre hacia su hijo, no es menos importante, pero si diferente, posee otro carácter. Hay otras cosas en juego, difíciles de apreciar del todo.

Él: Daría todo por nuestro hijo, quédate tranquila que no permitiré que le pase nada.

Ella: Para salir del apuro, debemos pedir prestado algo de dinero, es la salida más rápida. El tiempo amerita. Déjame preguntarte algo, ¿Quieres seguir besando a tu hijo? ¿Darle el cariño que a ti nunca te han dado? ¿Enseñarle lo que es amar?

Él: Por supuesto que quiero todo eso, y más. Desde el momento en que vino al mundo, no hago otra cosa más que pensar en su felicidad. Antes de que naciera, ya lo amaba aún con lo incipiente de mi corazón.

Ella: Por eso mismo, deja de lado tu honradez por un momento y piensa que con ese dinero estaremos procurando proteger a nuestro angelito. Que sin él, la vida se nos va.

Él: Eres una gran madre, nunca te lo he dicho, pero soy muy afortunado al tenerte a mi lado. Hoy a la tarde haré los arreglos y tendremos el dinero.