La historia del psicópata que amenaza, y “ajo y agua”, la respuesta del Estado
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El hombre duerme de día y permanece despierto por las noches. No vive solo, sino con su mujer. Ambos duermen de día y por las noches se gritan, se tiran cosas, las rompen contra las paredes, corren muebles o los empujan o los dan vuelta (no se sabe pero el ruido da esa idea). Su domicilio es un departamento, por lo que se infiere fácilmente que su conducta molesta a todo el resto del complejo por los otros vecinos duermen de noche y trabajan estudian van de compras y de paseo, de día.
Debido a los picos violentos que perciben a las 2, las 3 y hasta las 5 de la mañana, los vecinos de este lugar, ubicado en el centro de Luján de Cuyo, han reforzado la seguridad de las puertas e incrementado sus asomos por las persianas, para husmear qué pasa. Pero no ven nada. Escuchan todo y lo comentan entre ellos.
Hace unas noches llegó un móvil policial. Pensaron los que se despertaron por los ruidos que “alguien los denunció”. El ruidoso bajó y atendió al uniformado por la puerta reja. No lo hizo entrar. “Me dicen -dijo el policía- que usted está golpeando a su mujer, que hace mucho ruido”. “Creo -respondió el sospechoso- que se ha equivocado. Yo no soy”. “¿Me permite hablar con su esposa?”, requirió el hombre que actuaba en nombre de la Ley. “Por supuesto. ¡Vieja! ¡Te quieren hacer unas preguntas!”, le avisó por el portero eléctrico. “¿No podrá bajar?”. “No. ¿A esta hora? Es una locura. Pregúntele. Ella le va a decir. ¡Vieja acá pregunta el ´oficial´ si estás bien. ¿Estás bien o te estoy golpeando?”. “Todo bien señor”, se escuchó (lo escuchó el policía y todos los vecinos que asomaron sus narices y oídos por las ventanas). El policía se subió al auto cebrado de azul y blanco y se fue.
Ayayayay después.
Enfurecido, como siempre cuando cae el sol pero más, subió y comenzó a golpear la puerta, tocar el timbre y llamar por teléfono y por qué no, gritarle a la vecina de arriba. Le dijo de todo. Allí la vecina de arriba vive con su hija. Se acurrucaron y lloraron. Tuvieron miedo, pero mucho. No lo atendieron por ninguna de las alternativas que el hombre ofreció para recriminarles su sospecha de que ellas eran las que habían dado aviso al 911 sobre los excesos. Eran como las 5.30 de la madrugada y la hija del departamento de ambas mujeres espantadas tenía que bajar a tomarse el micro para ir a trabajar. No lo hizo.
En su lugar, comenzó a llamar: a su hermano, a sus jefes, a compañeros de trabajo. En voz baja por si el vecino estaba detrás de la puerta. Pidió consejos. ¿Qué iba a hacer? ¿Llamar a la policía?
Ellas habían escuchado cómo golpeaba a su esposa y hecho la denuncia (como machacan siempre por los medios) en la Comisaría. No saben cómo pudo ser que el denunciado, ahora, supiera quiénes habían hecho a denuncia.
Le comenzó a llegar SMS al teléfono de la madre en los que, de arranque, el “loco de abajo” le decía: “Me voy a transformar en tu demonio, en tu pesadilla”. Hubo más y, también, mensajes de voz.
La hija se animó y miró por la mirilla de la puerta: no estaba. Caminó en puntas de pie por el pasillo: no estaba. Esperó, entonces, a que asomara el sol y, eso, acaso pensando en las series de TV, espantara al noctámbulo fuera de sí que amenazaba con hacer de sus vidas un Infierno.
Tomó a su madre de la mano y se fueron a la Fiscalía de su municipio, en el Gran Mendoza.
Allí no supieron si habían despertado de la pesadilla: los empleados las miraron como si ellas estuvieran locas, gritando, tirando cosas contra la pared, corriendo o rotando muebles. “No, no. No no no no”, dijo primero la empleada. Y cerró: “No, este temita no da como para Fiscalía. Vaya a la Policía”.
Caminaron dos pasos en el mismo edificio y llegaron a la Policía. Allí, un clon de la otra empleada estatal le dijo: “Mmm. Mmm, mmm”. Y dictaminó, en forma sumarísima que “no, no da”.
Mientras uno les prometía el Infierno, ellas estaban en el Limbo.
Se fueron a la vereda y llamaron a alguien que les dijo “hay que llamar al Ministerio de Seguridad y que se hagan cargo, que asesoren, que digan qué hacer”.
Envueltas en el pánico, le agradecieron la gestión y esperaron el resultado. Allí no más, en la vereda de la Fiscalía 11. No querían volver al departamento y, de hecho, solo vuelven cuando el sol estás en su zénit a buscar una que otra cosita y echar a andar el lavarropas.
“Me dice el subsecretario que te va a visitar el jefe de la Policía de allí y te va a ayudar. Dice que es un capo para estos casos”. “Ya me llamó -respondió la joven amenazada- pero me dijo que no puede venir, que va a venir su ayudante”.
Fue el ayudante. No ayudó mucho: que “le vamos a poner una consigna”, que “le vamos a poner unos patrullajes”. “Vuelvan tranquilas y cualquier cosa me llaman”, les dijo el ayudante del jefe, no sin antes dar por tierra con los “no” y los “mmm” de Fiscalía y Comisaría, para conseguir que les tomaran, al menos, una constancia de lo que había sucedido.
La madre no quiso volver. Se fue a lo de un hijo.
La hija tampoco quiso volver, pero tuvo que hacerlo, a buscar sus cosas para trabajar y seguir la vida hasta ver qué pasaba y acordara con las autoridades los patrullajes o la “consigna” policial.
La noche las encontró durmiendo en casa ajena y en colchón prestado mientras, probablemente, “el de abajo” despertaba, embarullaba el edificio y seguía su ritmo habitual.
Por la mañana recibieron una llamada y tuvieron un encuentro con el ayudante del jefe. Esperaban su ayuda. “Estamos haciendo un esfuerzo tremendo”, les argumentó. Ellas, a esa altura, ya habían escuchado los mensajes de voz del vecino y estaban todavía más espantadas con la situación.
Volvieron a la Fiscalía y ampliaron las denuncias. El ayudante les mandó a su propio ayudante. Las amargó ( y a esta altura ya se sabe que no ayudó en nada). Que “no tenemos los recursos”, que “tenemos que ponerle una consigna al Gobernador”, que “solo tenemos pedidos de este tipo para gente importante”, que “veamos qué podemos hacer”...
“¿Qué es lo que pueden hacer?”, preguntaron las amenazadas. “Dos cosas: de vez en cuando mandarles un policía y en otros momentos planificar patrullajes para que ustedes se sientan seguras”.
Pero no. No pasó. Y, en el medio, les dijeron que deberían indicarle a toda la Comisaría qué hacen, cuáles son sus rutinas, a qué se dedican y dónde, cuándo están y cuándo no, en qué momentos el departamento está solo y cuándo con gente. Faltó que le preguntaran qué tenían de interesante adentro y que pudiera tentar a los cacos.
La cadena de ayudantes resultó una trampa.
El psicópata en una provincia que ya acumula en los últimos meses tres crímenes cometidos por personas con brotes psicóticos (el 22 de abril un paciente del Hospital El Carmen de 26 años, Diddier Joel Toranzo, se trenzó en una riña con un anciano de 88, Anselmo Fúnez, internado junto a él. Le dio un golpe en la cabeza que le provocó un derrame. La víctima murió. El 30 de mayo un anciano, José Benito Díaz, mató a golpes a su compañero de habitación, Francisco Olivera, en un geriátrico no autorizado. Hace unos días, Ezequiel Palleres, de 24 años, se convirtió en el tercer psicópata que asesina en Mendoza. Asesinó a cuchillazos de la periodista Paula Giglio, de 33, mientras ésta se encontraba haciendo cola en la Municipalidad de San Carlos) vive su “draculez” nocturna a sus anchas.
Pero las vecinas del complejo en pleno Gran Mendoza no saben bien quién les chupa la sangre. “Ajo y agua, a joderse y aguantarse”, les dijo el Estado. Y ya no saben si es más peligroso un ladrón o un loco sin control.
Por eso, finalmente, debieron abonar una multa inesperada por abandonar el domicilio bajo alquiler y mudarse, finalmente, a otro lugar. Nadie nunca jamás respondió efectivamente a su reclamo. Ahora además de miedo, no confían en nadie.
(*) Se reservan nombres y geolocalización por razones obvias. Autoridades de Relaciones con la Comunidad están al tanto del caso.

