Alta Performance y Calidad de Vida: Viajes de aprendizaje
Hay un denominador casi común a la mayoría de las personas, que es el placer de viajar.

Conozco pocos que no disfruten de conocer nuevos lugares, otras culturas, y todo lo que eso implica. Dentro de lo que implica hacer un paseo, hay opciones muy variadas en la forma de organizarlo y, sobre todo, en el foco o prioridad.
Experimenté hace muy poco una forma de viajar que fue novedosa para mí. Siempre que había viajado, lo había hecho acompañada, o sola hasta el lugar de arribo, donde me esperaban amigos, familiares o gente conocida. Esta vez tuve una vivencia diferente: un viaje sin compañía, a un lugar nuevo y donde no había personas conocidas.
Al principio me intrigaba cómo sería esa situación, si resultaría fácil o difícil interactuar con personas que también estaban viajando o con personas del lugar.
A medida que pasaron los días fui descubriendo el encanto de esta nueva experiencia. Las sensaciones se hicieron más claras, y lo que más comencé a percibir fue que el hecho de no tener compañía no solo da flexibilidad absoluta a las decisiones que se van tomando en el camino, sino que genera, si uno así lo decide, una percepción mucho más detallada de todo lo que pasa alrededor. Uno es espectador permanente y, al no estar entretenido con otra cosa –por ejemplo una conversación–, alcanza a ver quizás aspectos más profundos, personales y del entorno, lo cual se traduce en mucho aprendizaje.
Por otro lado, el hecho de que los demás no sepan quién es uno, de dónde viene, adónde va, da una particular sensación de diferente libertad, una comodidad similar a la que se siente al andar descalzo, con poca ropa o sin ella, y no solo a nivel externo, sino también interno. Algo así como que uno está más al desnudo, por fuera y por dentro. Por eso concluí que, al menos una vez en la vida, es interesante tener esta aventura y, si se puede, repetirla.
Por Natalia Aramburú (foto), directora de la sede Mendoza del Método DeRose

