Canción de amor a los padres que perdieron a sus hijos
Una red de mirada
mantiene unido al mundo,
no le deja caerse.
Y aunque yo no sepa qué pasa con los ciegos,
mis ojos van a apoyarse en una espalda
que puede ser de dios.
Sin embargo,
ellos buscan otra red, otro hilo,
que anda cerrando ojos con un traje prestado
y descuelga una lluvia ya sin suelo ni cielo.
Mis ojos buscan eso
que nos hace sacarnos los zapatos
para ver si hay algo más sosteniéndonos debajo
o inventar un pájaro
para averiguar si existe el aire
o crear un mundo
para saber si hay dios
o ponernos el sombrero
para comprobar que existimos.
Roberto Juarroz, Poesía vertical I.
Esta sería una síntesis de sus historias: desde entonces, andan por la vida con una manera distinta de mirar.
De cómo mira uno, todo se trata. De lo que hay atrás de nuestros ojos, en la profundidad y en los colores que logramos, pues de eso cuenta lo vivido, porque la mirada es verbo. ¿Cómo sobrevive alguien a la mayor pérdida concebible? ¿Cómo se levanta uno, cuanto todo, pero todo, está caído? ¿Cómo mantiene uno el contrato con el mundo, cuando lo sagrado resultó irreparablemente dañado? De este fenomenal vacío inescrutable, tratará la presente crónica.
Aquí, frente a nosotros, están Patricia Lacave y Mari Recabarren de Lumonte, madres que perdieron a sus hijas no hace mucho, hace menos de un año, y, sin embargo, todo indica que ocurrió hace siglos, en otra vida, cuando había sonrisas, porque, nos harán ver, la vida cambia, cuando la muerte la recorre.
Entonces, luego del abismo, cuando el humo de sus tragedias se disipó, todo era estrago y debieron escoger el modo de seguir sus caminos y la salida, para ellas, fue integrar un grupo de padres que han perdido a sus hijos y se llama “Renacer”, porque de eso se trata, nos dicen, de volver a nacer, aunque con heridas que no cerrarán jamás sus bocas, porque sus heridas son bocas abiertas hacia el cielo.
Ahora, bajo una mañana limpia de este invierno, nos enseñan –a Pachy, el fotógrafo, y a éste que escribe– que ese tremendo pavor que tenemos los padres de que algo malo ocurra a nuestros hijos, es una posibilidad y, al escucharlas, nos provocan miradas de compasión, terror interno y empatía, que agradecen, pero que, no obstante, es una mirada diferente a la ellas.
“Queremos que otros papás que están perdidos sepan que hay papás en la misma situación. Por eso, nos juntamos a charlar, a trasmitirnos experiencias, a llorar, a abrazar. Aquí, hay madres que hace veinte años que vienen apoyando. No hay profesionales que marquen un hilo de las reuniones, sólo padres que buscan renacer”, inicia Patricia, quien perdió a Macarena, de 19 años.
“Cuando vemos llegar a una mamá o un papá nuevo decimos, ahí viene un abrazo que dar y uno que recibir. El otro día, llegó un señor perdido, desesperado, que ha perdido a dos hijos y a su mujer y nosotros sabemos que podemos ayudarlo con nuestra compañía”, aporta, ahora, Mari, quien perdió a Johana, su hija de 21.
Y, claro, en esos instantes absolutos, encuentran en el otro, la mirada de uno: “Conocemos esas miradas”, dicen, sí que las conocen.
Mari y Patricia se sientan juntas y se toman las manos para hablar, se apoyan la una, en la otra. Han considerado apropiado abrir sus corazones ante dos periodistas como un acto de amor hacia otros padres en un estado de devastación semejante y como forma de homenaje a las memorias de sus hijas.
- Macarena era mi vida, mi norte, mi sueño… Era… mi única hija. No puede haber una pérdida como esta. Se corta la cadena natural de la vida. Ahora, llego a casa y pongo llave y sé que nadie más va a entrar. Y voy al supermercado y ya no compro Rodhesia ni jugo Ades. La palabra “mamá”, ya no la voy a tener más, susurra Patricia.
- Es como si una bomba nuclear explotara dentro de tu casa. Es una polvareda que no te deja respirar. Cuando se va la polvareda, todo está desolado…, sigue Mari.
- Y decidís si seguí acá o no. Y como seguís, dando manotazos de ahogado, buscás herramientas, como las que te da el grupo, herramientas de amor para seguir…
- Mirá, se me vino el mundo abajo, pero estar en el grupo me sirve. Yo escuché que Dios no me la quitó, sino que Dios me la recibió. Así pienso ahora.
Digamos ya mismo que el grupo Renacer se reúne todos los lunes, a las 21, en la sala del Concejo Deliberante de Capital y que es abierto a todos los padres y familiares que quieran buscar y dar apoyo. Vaya quien lo necesite o llame al 2612188834, de Patricia, para quitarse las dudas del caso, ya que el dolor no se quita.
Murieron quienes más amaban y, nos dicen, hay distintos tipos de agujeros en sus pechos: padres que fueron perdiendo de a poco a sus hijos y padres que los perdieron tras un pestañeo; algunos por enfermedades, otros por accidentes o muertes violentas o suicidios. Hay papás que dan imagen de fortaleza, con el pecho herido, y mamás que lloran más, porque los llevaron en el vientre y acunaron, aunque también con el pecho herido. Y todos se encuentran tratando de resignificar sus vidas.
“La mayoría perdieron a sus hijos en accidentes de tránsito, chicos de 18 a 25 años, muy jovencitos, que venían en autos, con alguien que había tomado o se había drogado. Ellos se lamentan, porque eso se pudo evitar. Y estas tragedias siguen ocurriendo. Todos tenemos los corazones partidos, pero hay dolores que pudieron evitarse”, dice Mari.
- ¿Por qué no me llamó esa noche y yo iba a buscarlo? ¿Por qué se subió a ese auto, si no estaban bien para manejar? ¿Por qué iban tan rápido? ¿Por qué no tuvimos más diálogo entre nosotros?, nos cuentan ellas que, al respecto, las preguntas van, van, pero no vienen.
Sigue Patricia: “Todos quisiéramos volver el tiempo atrás. Poder volver y decirles cosas a nuestros hijos, pensar en qué fallamos, evitar lo que pasó, cambiar el curso de las cosas. Después, terminás necesitando de lo espiritual y poner a tu hijo en un lugar, que puede ser Dios o lo que quieras. Buscamos, a fin de cuentas, no transformar a nuestros hijos perdidos en nuestros verdugos”.
Los silencios son poderosos: regalan aire, dejan pasar las lágrimas y traen palabras, esas sanadoras maravillosas de los días.
Siguen tomadas de las manos, con sus lágrimas. Estas mujeres con corazones abiertos nos muestran, con sus palabras, aquello que el poeta Paul Éluard escribió alguna vez: “Por el poder de la palabra, yo recomienzo mi vida”. Ellas están muriendo ahora –las palabras y las madres–, para que nosotros vivamos, tomemos precauciones también y demos las gracias y asumamos el amor como único afán valedero.
Extrañan todo: los ruidos en la casa, los olores, el toallón mojado en el baño, la ropa tirada, la habitación desordenada, la música fuerte, el teléfono sonando, el abrazo, la charla.
- Uno los prepara para la partida de uno, ellos debían sobrevivirnos. Nada te prepara para esto, por eso, lo nuestro no tiene nombre: no somos huérfanos ni viudas o viudos. Esto no tiene nombre, somos papás del dolor.
A poco de la partida de su hija, Patricia salió a caminar por la Ciclovía de Godoy Cruz, como quien sale, sí, a morir con el día. Encontró, entonces, un árbol del que pendían decenas de grullas de papel. Así, esa tarde, esta asolada mujer buscando respuestas a su dolor conoció la historia de la niña japonesa de Hiroshima, Sadako Sasaki y las Mil Grullas de papel, según la cual, tu deseo se hace realidad si construís mil pajaritas de papel. Sadako y Patricia se encontraron al pie de ese árbol y han buscado, cada una por su rumbo, lo mismo: paz, cura para el dolor.
- Pensá lo que quieras, pero yo sentí a mi hija en ese árbol, en esas pajaritas, esa tarde desesperada. Y cuando les conté esto a los amigos de mi hija, me empezaron a mandar grullas, como esta que tengo en mi mano...
Nuevo silencio. ¿Por qué Mari y Patricia hacen lo que hacen? “Es nuestro homenaje a nuestras hijas. Seguir, levantarnos cada día y seguir es nuestro homenaje”.
Dejemos ahora a estas hermosas e imprescindibles mujeres, que nos regalen sus últimos mensajes. Mari: “Deciles a esos papás que hay un lugar para ellos. Que los estamos esperando todos los lunes a las 21”. Patricia: “Tenemos que hacer honor a lo que nuestras hijas esperaban de nosotras. Hay que levantarse y seguir”.
Nos despiden con un párrafo del libro “Mujeres de ojos grandes”, de Ángeles Mastretta: “Tenía la espalda inquieta y la nuca de porcelana. Tenía el pelo castaño y subversivo, y una lengua despiadada y alegre con la que recorría la vida y milagros de quien se ofreciera… A la gente le gustaba hablar con ella, porque su voz era como lumbre y sus ojos convertían en palabras precisas los gestos más insignificantes y las historias menos obvias”.
Así eran, las que eran y ya no son. Afuera la mañana parece ser la misma, pero ya nunca volverá a ser la misma, para las que decidieron levantarse y seguir y para los que les decimos gracias, fundidos en un abrazo.
A S. y V.
Ulises Naranjo.