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Linchamientos: La desmesura de la reacción

Ante la escalada de violencia que se generó a partir de diversos linchamientos que se vieron a lo largo del país en los últimos días, MDZ buscó la opinión de dos especialistas que coinciden en resaltar la exacerbación de la respuesta ante delitos comunes.

Los linchamientos se han convertido, en los últimos días, en algo cotidiano, algo terriblemente diario, sobre lo que se escuchan voces de apoyo, pese a que no se trate ni más ni menos que de una forma potenciada de violencia, de un delito que hasta puede llegar a ser más grave que aquel por el que se reacciona.

Como todo lo concerniente a la sociedad, la justicia por mano propia en masa debe analizarse como la consecuencia de varias y múltiples causas, donde confluyen desde los prejuicios hasta la falta de reacción de la Justicia y de los órganos oficiales e institucionales. Pero no nos podemos permitir, como sociedad, que esto vaya un escalón más allá, porque entonces sí podría ser catastrófico.

Las respuestas ante los linchamientos debe, entonces, provenir de la reflexión, por eso MDZ Online consultó a dos especialistas que ayudaran a dirigir la mirada respecto del análisis de la situación, de donde pueden emerger alternativas que sean el resultado de la construcción social, razonadas y no violentas, ante una ola que ya no es incipiente.

Bruno Napoli, historiador y analista de temas de violencia institucional y terrorismo de Estado, y Luis Hornstein, presidente de la Fundación para el Estudio del Psicoanálisis, accedieron a las preguntas de este diario, y ambas voces se complementan en la búsqueda de una acción ante la reacción de extrema violencia que se manifiesta en los linchamientos.

Bruno Napoli.

De las cámaras a la violencia armada

El papel de la multiplicación de determinadas imágenes a través de las redes sociales y los medios de comunicación, el rol de los poderes del Estado y la reacción de la comunidad ya no ante los delincuentes, sino ante las hordas que optan por linchar a un ladrón común son algunos de los puntos en los que Bruno Napoli se extendió.

– ¿Desde dónde y cómo podemos interpretar la ola de linchamientos?

– Las sociedades virtuales (pues eso somos, no conocemos a nuestro vecino pero conocemos los calzones de la que se acuesta con Fulano o las fotos hot de Mengano) carecemos de información en tiempo real, por exceso de información en tiempo virtual. Todo está en Face, en Instagram, en Twitter, en cadena televisiva, pero también en las interminables “cámaras de inseguridad”. Y aclaremos, son útiles todas las redes sociales (yo las uso por trabajo o para compartir con amigos), pero es a la vez cierto que generan un efecto de repetición “pedagógico” perverso. Voy a dar un ejemplo: la masacre retratada en la película Bowling for Columbine, de Michel Moore, en la que dos adolescentes entran a una escuela y asesinan a decenas de sus compañeros de estudio, fue pensada por estos jóvenes, entre otras cosas porque quedarían filmados para siempre. Asesinan todo el tiempo mirando a las cámaras con gran entusiasmo. Esas escenas, repetidas hasta el hartazgo, forjaron en generaciones de jóvenes una “pedagogía” interminable, producto de la irresponsabilidad de los medios perversos que las repitieron hasta que no dieron más rating. Las mentadas “cámaras de seguridad” tienen un efecto parecido. Filman un robo, ya consumado, la policía llega, tal vez los agarra, tal vez no (y si trabajan para ellos, pues seguro salen rápido, y si se niegan a hacerlo… tenemos otro Luicano Arruga, que se negó a robar para la policía y desapareció). Pero lo cierto es que los medios se empecinan en repetir hasta el cansancio esos robos, y eso genera “escuela”, pedagogía urbana y mediática, SOCIEDADES POR REPETICIÓN, donde muchos aprenden cómo hacer un arrebato y armar un mapa donde no los puedan ver (o sí, porque esos minutos de gloria son para todos). Es desolador el efecto de repetición que producen los medios (los irresponsables, pero ¡No Todos!) con la repetición de estas imágenes. Y sus sucedáneos son peores. Se arman polémicas y debates sobre el linchamiento/asesinato en jauría con la excusa de la SEGURIDAD. ¿Cómo puede haber un debate por un asesinato? ¿Por un delito? Un delito es un delito y no merece debate, merece sólo condena judicial. Pero para que esto suceda, debe haber un basamento, un plafón que obture, que no deje ver la realidad fuera de lo virtual. Si alguien roba en una zona, con tantas policías de todos los colores, ¡es porque la zona está “liberada” por esas fuerzas de seguridad! Intentemos nosotros robar un chupetín y a los cinco minutos estaremos presos (a no ser que nos liberen un lugar o recaudemos para alguien). Los discursos de SEGURIDAD obturan, velan el verdadero problema, y es que esos robos recaudan para los que deben controlar. Pero el discurso de la seguridad vende. Osvaldo Bayer escribió hace un tiempo: “Si los pueblos comienzan votando SEGURIDAD. ¿Cómo se sigue? En diez años votarán la palabra represión, y en dos décadas, la palabra tortura. Todo de manera democrática. En cuanto se comienza a meter miedo al ciudadano, puede ser fácilmente elegida la Inquisición”. Lo más increíble de estas palabras es que las escribió en 1979, exiliado por escribir esto… y ahora vemos a estos “vecinos decentes” eligiendo, “votando” la Inquisición.

– ¿Qué responsabilidad les cabe a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial en esto?

– Tema delicado. Los poderes de la democracia ampliada y participativa están determinados (el Ejecutivo y el Legislativo) por la legitimidad de los votos. Si es necesario ganar votos, pues propongo “bajar la edad de imputabilidad” o “endurecer las penas”, tal como pasó en las últimas elecciones o con las llamadas “leyes Blumberg” y que no sirvieron para nada, no generaron ningún efecto positivo. Es difícil meterse en temas tan delicados de manera certera sin perder votos; por ejemplo, si me muestro “garantista”, me acusan de defender a los “delincuentes”, pero esa postura no deja ver que si yo propongo “mano dura”, lo que propongo es que todos sean delincuentes, pues lo que quiero es “terminar con el asesino, asesinándolo yo mismo, en la puerta de mi casa”. La demagogia de los poderes Ejecutivo y Legislativo juega en contra. La valentía de algunos representantes (como el caso de la comisión integrada por el FPV, PRO, UCR e Independientes) que durante dos años discutieron una “prerreforma” es lo más loable que se ha hecho desde estos poderes. Pero habrá que ver si se animan estos mismos poderes (que propusieron la comisión multipartidaria mencionada) a discutirlo abiertamente a costa de perder votos. Y no es casual que cuando por fin se ha logrado un consenso entre fuerzas tan distintas (insisto: PRO, FPV, UCR, juristas independientes), comience esta ola de “justicia por mano propia”, que en realidad es homicidio “en banda”, calificado”. Respecto del Poder Judicial, pues bien, el día que los jueces tengan la obligación de presentar sus declaraciones juradas y así explicar los enormes ingresos que tienen, tal vez baje el delito. Las cárceles siguen llenas de pobres y perejiles. Los que manejan el negocio de la delincuencia liberan zonas y arman pingües negocios con droga y robos no pueden hacerlo solos. Necesitan de muchas manos burocráticas (abiertas) que los ayuden. No hay ricos en las cárceles. Vuelvo al mismo ejemplo: intentemos nosotros, los ciudadanos de a pie, hacer algo así, a ver cuánto duramos. Como último dato no menor, agregaría que si la policía se “acuarteló” a fin de año detrás del reclamo salarial, cuando en realidad muchos reaccionaron porque se tocó por primera vez el narconegocio policial (y lograron mucho consenso social, hay que decirlo), que no nos sorprenda que estas zonas estén liberadas, ya no sólo para robos, sino también para algo nunca visto en la Argentina: asesinatos colectivos con la excusa de la seguridad o de que “el Estado no está”. Cuando lo que vemos es que está, pero colaborando con este desquicio a través de sus “funcionarios” (con o sin uniforme) que dejan hacer. ¿Qué pasa que las fuerzas del orden no duplicaron su presencia ante “jaurías” de asesinos colectivos? ¿Por qué no están allí? ¿Cómo es que, además de llevarse al linchado al hospital, no se llevan a todos los presentes a declarar inmediatamente y los dejan detenidos por tentativa de homicidio? ¿Qué orden tienen para generar semejante desmadre?

– ¿Puede transformarse en algo peor, seguir un camino que lleve a formas de violencia aún más extrema?

– Cualquier reacción violenta deviene en una acción más violenta. Y no sólo por dejar seguir la acción (algo que implosiona en los cuerpos que reciben las imágenes), sino también por el discurso (las palabras, al fin de cuentas, formativas de las acciones diarias del cuerpo, pensemos en Blumberg o en el efecto repetición ya mencionado). Digo, y volvemos al principio, si me dicen al oído (por TV, radio o virtualmente) que matan gente todo el tiempo, aunque cuando salgo a la calle no veo “gente matando gente”, lo más probable es que mi cuerpo sienta terror, y me encierre, pero de manera violenta, es decir, preparado para actuar violentamente. Y seamos sinceros: hablamos de gente que mata a un chico desarmado a patadas entre cincuenta. ¿Qué pasa si esos “rateros” (como los llaman los vecinos), informados de la posibilidad de un linchamiento, comienzan a ir armados? Porque sabemos que el “ratero”, por una cuestión legal, no va armado, porque si lo agrarran, no es robo a mano armada. Pero si lo que va a enfrentar no es el sistema legal (que le permite esta argucia) sino una jauría “fascistizada” por los discurso de seguridad, pues tranquilamente puede pensar que lo que enfrenta son asesinos, con lo cual son peor que el, y si lo linchan, tienen más que perder que él judicialmente (pues se transforman en homicidas o les cabe la tentativa de homicidio). En este escenario, pueden comenzar a ir armados “en defensa propia”. Y si matan a un vecino/asesino, será en defensa propia. Ahora bien, ante este posible (y terrible escenario), el vecino/asesino, en lugar de patadas o palazos, puede armarse también y pensar en balas. Allí ya no hay solución. Es una espiral de violencia que no tiene límites. Y todo azuzado por la irresponsabilidad de los que piden “mano dura” desde Nueva York, desde un Country o desde Puerto Madero. Sólo para conseguir votos. Una masa.

Luis Hornstein. (Foto publicada en https://alejandrogorenstein.com.ar/)

Desactivar el efecto contagio

“Es curioso que no hubo linchamientos postproceso [militar], no hubo venganza directa, siendo que se trataba de gente que hubiera tenido motivo para tomar venganza y no lo hizo, o sea que en ese momento había, a través del Nunca Más y demás, una idea de que iba a haber castigo correspondiente a través de la Justicia”, comienza diciendo Luis Hornstein ante la consulta de MDZ Online acerca de la serie de linchamientos que se vive en los últimos días.

En contraposición a esa primera observación, Hornstein destacó a continuación que lo que está sucediendo ahora tiene que ver con el sentimiento de inseguridad, y de inmediato hizo hincapié en un punto (el único, resaltó) que le parece positivo de todo lo que está sucediendo: que la gente ya no mire para otro lado. “Hay una reacción y no se da vuelta la cara y se hace como que no pasaba nada, que es lo que sucedió durante tiempo, cuando la gente era testigo de una situación de arrebato o delincuencia”.

Pero, en contraposición con esta suerte de compromiso con el prójimo que parece aflorar en la sociedad, aparecen los casos de justicia por mano propia, y en esto se detiene Hornstein. “Lo que es cuestionable es la magnitud, la desproporción y el salvajismo en la respuesta, y el potenciamiento y la falta de credibilidad en que esa persona que ha cometido un acto delictivo, independientemente de la magnitud del acto, va a tener algún tipo de castigo, ya sea por la justicia o por la policía”, explica el especialista, y amplía: “En ese sentido, entramos en un terreno muy peligroso en el que los medios tienen que poner un signo de alerta, porque estas cosas pueden llevar a escaladas. Ya por lo menos leí que había grupos de autodefensa, como los escuadrones de la muerte en Brasil, y todo esto podría dar lugar a situaciones en las que, por discriminación, hubiera acción directa de grupos sin ningún tipo de justificación en lo inmediato, simplemente apuntalándose en prejuicios, entonces aparece la preocupación por el contagio que esto puede generar y la necesidad de acción pedagógica acerca de las consecuencias nefastas que esto puede traer, más allá de la muerte de alguien, como ya pasó, por el nivel de salvajismo que se puede desencadenar”.

Es entonces cuando Hornstein pone el ojo en el papel que los medios de comunicación están jugando en todo esto, pues sostiene que la forma en que todo esto se está divulgando puede generar un efecto contagio, “al que hay que desactivar de la forma más rápida posible, porque uno nunca sabe dónde termina este tipo de venganza por cuenta propia incluso hasta qué punto puede haber situaciones totalmente arbitraria en la que se pierde la presunción de inocencia”.

Hornstein contrapone dos situaciones que se dan a la vez: la de la exacerbación ante al desamparo que siente mucha gente contra la de impunidad. E insiste en que en ese grupo que llevo adelante una acción criminal de matar a alguien no pudo haber voces más prudentes que condujeran en ese momento a un punto de reflexión y de mesura. “Entonces, me parece que esto tiene que ser tratado como un síntoma de cierta descomposición social, de cierta vivencia de desamparo de la gente, pero también de que si hay justicia por mano propia no va a haber justicia de ninguna manera”.

Un aporte fundamental que hace Hornstein desde la psicología para analizar, ya desde niveles más personales e individuales, los casos en cuestión es preguntarse acerca de lo que sucede en la subjetividad de quienes participan en un linchamiento que tiene como consecuencia una muerte. Para el profesional, el hecho de convertirse, perdido en la masa, en un victimario, puede generar sensaciones de culpabilidad. “Por ejemplo en Rosario, donde todos y cada uno contribuía con una patada, algo que es de un salvajismo enorme, porque cada una de esas patadas estaba pudiendo aquella que mató a una persona. Entonces, hay hacerle sentir a esa persona que dio una patada entre cien que su patada pudo haber matado a ese chico. Y ahí se genera una pregunta acerca de qué le pasó a cada una de esas personas después, al día siguiente, cuando leyeron o se enteraron de que habían contribuido y participado en un asesinato. Qué pasa con ellos, qué pasa en la subjetividad de cada una de esas personas, porque puede haber desde indiferencia hasta una sensación de mucha culpabilidad, mucho horror frente a la propia actitud”.

Por todo esto, Luis Hornstein concluye que hay que apelar a que no se pude vivir “en un país de barrabravas”, en el que el grupo no debe incentivar a la violencia, sino que debe estimular cierta reflexión sobre cuáles son las reglas de convivencia en una comunidad, “donde no se justifica que por la inseguridad se convierta a algunas personas en chivos expiatorios con la pena de muerte”, especialmente considerando la desproporción de las respuestas ante delitos comunes, porque “no fueron acciones ante violación de una niña o intento de asesinato”. “Porque yo no puedo justificar, pero podría entender que un grupo de vecinos tenga una reacción de violencia ante un violador, pero hasta ahora las situaciones fueron ante delitos menores”, concluye el especialista.

Alejandro Frias