Julio Berlanga, el suicidado por la sociedad
La noticia cayó, entre amigos, compañeros y familiares, como “un manotazo duro, un golpe helado; un hachazo invisible y homicida”. En la noche del 16 de septiembre de 2013, Julio Berlanga daba fin a su vida, por mano propia, de un certero balazo, en su casa del Departamento de Las Heras, en la ciudad de Mendoza, la tierra que eligió para vivir sus últimos años.
En su derrotero de vida, Julio fue algo más que un simple muchacho de barrio. De profesión lustrador de muebles, se convirtió en un convencido militante del Partido Comunista Argentino, organización política que había elegido como un medio para canalizar sus sueños de una sociedad más libre y más justa, redimida de lo que con justicia se ha llamado, “la ignominia de la explotación” del hombre por el hombre.
En ese convencimiento, su sensibilidad social lo llevó a alistarse como voluntario para combatir en la lejana Angola, tierra africana que en la década de 1970, se debatía en una lucha a muerte por su libertad e independencia. Porque Julio Berlanga llegó a sentir, como lo dijera Enrique Santos Discépolo, a “el dolor ajeno, como propio”.
Con esa misma intensidad, durante los negros años de plomo de la dictadura militar, Julio arriesgó la vida dando refugio a la periodista Miriam Arancibia, actual coconductora —junto a Julio Rudman— del programa El Candil, emitido por Radio Nacional Mendoza.
Pero los años fueron trayendo el desengaño, tanto para él como para tantos otros de su generación. La humanidad seguía, pertinaz, en el camino de su autodestrucción, en la crueldad cotidiana de la apatía, del desamor.
“Hay un hambre que es tan grande como la del pan, y es la de la injusticia, la de la incomprensión. Y la producen las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita, y ellos no oyen”, dijo el maestro Discépolo.
De ese modo, su carácter se fue tornando agrio de a momentos, melancólico las más de las veces. Julio Berlanga fue —siempre según Discépolo— “un hombre que ha vivido la bella esperanza de la fraternidad durante cuarenta años. Y de pronto, un día, a los cuarenta años, se desayuna conque los hombres son unas fieras”.
Y no obstante ello, Julio seguía aún conservando un resto de luminosidad, de aquella alma luminosa que supo tener. En el ocaso de su vida, conservó y alimentó la vieja amistad que lo unía a algunos de sus viejos camaradas y amigos: en la ciudad, Julio Rudman; en el campo, en el Salto de las Rosas sanrafaelino, Vicente Balzano; en cuya finca, hallaba todavía un lugar para refugiarse, para pensar y repensar sobre lo vivido.
En una de las paredes de la finca, había escrito con un trozo de carbón las siguientes palabras, acaso autoproféticas: “El accidente aparece; la esencia permanece. Pero no te olvides, nunca, del amor”. Y firmaba: “Un ex comunista”.
Cuando iba de visita allí, sembraba flores y desyuyaba la huerta. Y hasta tenía unas palabras de aliento para con la mujer de Balzano, Cecilia Elena Martin, a quien solía decirle: “la tristeza se aleja, con la llegada de la primavera”.
A pesar de ello, su estrella se fue apagando lentamente, hasta entrar en un túnel depresivo al fondo del cual no veía brillar siquiera una débil luz de esperanza; y que terminó llevándolo a la triste y terrible determinación final de acabar con su vida.
Le sobreviven un hijo y dos hijas —una de las cuales es Alejandra Berlanga, conductora del programa Diversos e Iguales, de Radio Libertador—, y cinco nietos.
No obstante, y según sus propias palabras, la esencia de Julio Berlanga permanecerá en las flores nacidas en el campo, y en la llegada inminente de la primavera.
Porque —parafraseando al poeta francés Antonin Artaud—, un día la esencia de Julio Berlanga, “armada de fiebre y buena salud / retornará para arrojar al viento / el polvo de un mundo enjaulado / que su corazón no podía soportar”.

