¿El alma pesa 21 gramos?
En la cultura popular suele decirse que el alma pesa 21 gramos. La creencia de esto se arraigó aún más luego de la película de Alejandro González Iñárritu titulada “21 gramos”, precisamente.
Sin embargo, ¿cuánto hay de cierto en esa afirmación?
Lo científicos suelen sostener que cualquier afirmación extraordinaria precisa de pruebas igualmente extraordinarias para ser respaldada; pero partiendo de la base que el alma existe, veamos primero de dónde sale esta premisa del alma y su peso exacto.
Fue a principios del siglo XX, y luego de unos experimentos del físico estadounidense Duncan MacDougall, en los que se dedicó a transportar a enfermos terminales a una balanza de tamaño industrial para pesarlos antes y después de su muerte.
Duncan “Om” MacDougall fue un doctor en Haverhill, Massachusetts, que postuló que el alma tenía que ser algo material, por lo que tenía que tener una masa medible. Entre ellos se encontraban cuatro enfermos por tuberculosis, uno por diabetes y otro por causas desconocidas.
Las notas de MacDougall de una de las sesiones ofrecen una gráfica descripción de cómo se manejó.
“El paciente… fue perdiendo peso poco a poco a un ritmo de 28,35 gramos por hora debido a la evaporación de la humedad a través de la respiración y la evaporación del sudor. Durante las tres horas y cuarenta minutos que duró el proceso mantuve el final del astil de la balanza un poco por encima del punto de equilibrio y cerca de la barra limitante superior para que la prueba fuera más concluyente en caso de que se produjera la muerte. Transcurridas tres horas con cuarenta minutos, el paciente expiró y, de golpe y coincidiendo con la muerte, el final de astil bajó y golpeó de forma audible la barra limitante inferior y permaneció allí sin rebotar. La pérdida de peso se estableció en 21,26 gramos”.
En otro estudio, Macdougall empleó perros moribundos y descubrió que su muerte no implicaba ninguna pérdida de peso.
Los resultados de Macdougall fueron publicados en el New York Times de 1907, donde explicó sus estudios y llegó a la conclusión de que ese era el peso del alma y que los animales no la tenía. Su postura generó mucha aceptación del público y eso se cree hasta ahora.
Según el sitio xatakaciencia, los errores desde el punto de vista científico de MacDougall son varios e inaceptables.
“MacDougall lo afirma tras dar un salto metodológico imperdonable en el método científico (que se rige por la cautela máxima), y, por supuesto, viola también un principio de lógica conocido como post hoc, ergo propter hoc, es decir, literalmente: ‘Después de esto, luego a causa de esto’. Por ejemplo, un jugador de poquér se pone sus zapatos favoritos o no se afeita, y ese día gana la partida, de lo cual deduce que la ha ganado porque se ha puesto sus zapatos o no se ha afeitado, y volverá a repetir ese ritual para invocar de nuevo la buena suerte”.
En este sintonía, el físico Augustus P. Clarke defenestró en su momento el artículo de y aportó hipótesis más sólidas a esa baja del peso del muerto. Así lo explica Richard Wiseman:
“Clarke señaló que en el momento de la muerte se produce un repentino incremento de la temperatura corporal debido a que los pulmones dejan de enfriar la sangre y que el consecuente incremento de la sudoración podría explicar fácilmente los 21 gramos de menos de MacDougall. Clarke también apuntó que los perros carecen de glándulas sudoríparas (de ahí el incesante jadeo) y por eso no es de extrañar que su peso no sufriera ningún cambio súbito al morir. En consecuencia, los resultados de MacDougall fueron relegados al montón de curiosidades científicas consideradas ‘casi con toda seguridad falsas’”.

