Impresiones de la desolación #laplata
Los medios y el acceso instantáneo a la información nos muestran imágenes multimediales y estéreo llenas de catástrofes y sucesos trágicos. Cientos de películas, series y relatos nos enfrentan a estas tragedias.
Uno fantasea, en esos momentos de consumo mediático, sobre configuraciones de su propia reacción de cara a esos puntos de tensión. Debates interno sobre como reaccionar, como sobrellevar y como sobrevivir. Allí se modelan roles actanciales, el héroe, el villano, el facilitador.
Tristemente la ficción necesita inspirarse en algún lugar, y si hay algo que una vez más comprobamos estos días es que no hay nada más poderoso y devastador que la realidad misma. Es muy difícil conjugar en palabras aquello que uno siente en la profundidad de la pérdida.
-
Te puede interesar
Anses adelantó qué jubilados no cobrarán el bono de $70.000 en abril
La cercanía con eventos de la magnitud de lo vivido no suelen ser frecuentes, por suerte. Aunque cada vez más nos ha tocado como sociedad enfrentarlos de cerca. Oler, ver, tocar, escuchar y sentir sin mediaciones de formato situaciones para las que nadie se quisiera preparar.
La tragedia de Once, Cromagnon, grandes accidentes viales, explosiones y atentados terroristas conforman un conjunto de situaciones trágicas que se sitúan como parte de nuestra vida en sociedad. Sobre este conjunto podemos, y en muchos casos debemos, tomar posiciones. Desde nuestra ideología, desde nuestra visión del rol del estado, sobre las libertades y sus implicancias de cara a los derechos del uno y el otro y sus límites.
Pero el hecho por el cuál llego a concatenar estas palabras no se sitúa en ese conjunto. Se asocia con otro tipo de fenómenos. Unos más complejos y más simples a la vez. La naturaleza nos jugó una mala pasada. Seguramente no es la única responsable, y hay personas que deben hacerse cargo de lo que les toca. El estado debe reaccionar. Pero no quiero hoy entrar en esa discusión.
El martes a la noche la tragedia de la lluvia afecto algunos barrios de la ciudad de Buenos Aires, me tocó ser un espectador lejano de un evento que tristemente se repite y que estaba asociado a la caída de aproximadamente unos 180 milímetros de agua en un período reducido de tiempo. Pero esto fue simplemente un triste prefacio.
El miércoles luego del mediodía mis padres me llamaron por teléfono, no los llegué a atender y respondí el llamado a eso de las 6:30 de la tarde. La voz de mi madre, desesperada, me decía balbuceando que no me podía atender, que había agua ingresando en nuestra casa. Me corta el llamado.
Espero un rato, una hora y media. Llamo de nuevo. Mi padre atiende esta vez. Me cuenta, con voz tranquila pero derrotada, que como nunca había pasado en nuestro barrio se estaba inundando no sólo la calle. El agua empezaba a entrar por los patios internos. Me corta el llamado.
La desesperación me consumía a medida que iban pasando las horas. Las telecomunicaciones colapsaban. Los teléfonos de línea no andaban y los celulares tampoco. En mi casa el teléfono no volvió hasta el viernes a la tarde.
En ese momento seguía en Twitter a la cuenta de @red92cadadiamas, una FM local que iba dando información en tiempo real. Todo Noticias era el único canal que tenía móviles en la ciudad, que no podían pasar de los accesos al casco urbano porque el agua era demasiada.
El hashtag #laplata era mi principal fuente de información en la oscuridad. Así fue que a través de Twitter me puse en contacto con un viejo amigo y militante de la Juventud Radical, @diegobiscioni, quién hoy trabaja en el Hospital de Niños de La Plata y tenía que viajar hacia la ciudad. A eso de las 2 de la mañana hicimos un fallido intento de viajar a la ciudad de las diagonales, era muy difícil entrar todavía, llamaban diciéndonos que no lo hagamos, para no agrandar más la lista de pérdidas que minuto a minuto se iba incrementando.
Así llegó el miércoles. Me despierto a las 8 de la mañana entre llamados y mensajes de amigos consultando por mi familia. Habían pasado más de 12 horas sin comunicación con mis padres. En un momento unos de mis grandes amigos de toda la vida que vive exactamente a la vuelta de mi casa, @gonzor05, me llama desde su celular y me pasa con mi vieja. El relato era tremendo, horas y horas con el agua adentro de la casa.
Me contaban que a eso de las 3 de la mañana, cuando el agua todavía seguía subiendo, la desesperación los llevó a intentar abandonar la casa.Probaron por el garage primero, rompiendo los vidrios porque la presión del agua no permitía abrir las puertas. Las llaves fallaron, mi viejo se tuvo que sumergir completamente para intentar destrabar la puerta, pero fue imposible.
El frío. Cada vez que lo cuentan resaltan el frío. La lluvia iba parando, pero el agua no dejaba de subir. Helados los dos intentaron salir entonces por la puerta del frente, que habían trabado antes por miedo a que la corriente la volteara. Lograron abrirla.
Mi madre no sólo está entrenada en natación, sino que por sus problemas de reuma ejercita en piletas todas las semanas. Al momento que se abrió la puerta la corriente se la llevó. No se que fuerza encontró que le permitió agarrarse de la puerta del garage, esa misma que minutos antes no se había abierto.
Pudo aferrarse del picaporte, una persona que no puede abrir botellas con sus manos. Entre la desesperación y gritos a mi padre que no se mueva de adentro de la casa, el no sabe manejarse en el agua, pudo treparse al cantero del frente y volver a entrar a la casa. Cerraron la puerta del frente como pudieron y se entregaron al destino
Mis padres tienen 66 años, se durmieron abrazados, sentados arriba de una mesada, con el agua por las rodillas y la esperanza de que deje de subir.
Mi teclado sufre en este momento por las gotas que le caen encima. En este caso no es lluvia, son lágrimas. No sólo por reconstruir nuevamente las charlas con mis viejos y reencontrarme con su sufrimiento. Es porque me siguen llegando mensajes de amigos de todo el país, dispuestos a ayudar, coordinando donaciones y camiones que desde los cuatros puntos cardinales están llegando a La Plata.
La solidaridad ha logrado llenar los baches de un estado ausente. La fraternidad, esa idea casi romántica que tan pocas veces ejercitamos en nuestra rutina diaria, por suerte aflora.
Muchas veces, y en muchos lugares me he presentado como “Juani, de La Plata”. Mi ciudad es mi vida. Hoy circunstancialmente no vivo allí, pero es donde me he formado, donde he crecido, donde me han inculcado los valores que me hacen como persona. La identidad de las personas se construye desde diferentes puntos de referencia. Yo soy platense. Viví casi 25 años en un barrio que hoy está desolado.
Aún así hay que reconocer que no somos los que más hemos sufrido. Mi familia, mis amigos, mis hermanos de la vida están en pie. Hay muchas familias que no pueden decir lo mismo.
Foto I: La esquina de mi casa
Foto II: Foto de @axel_o_rama
Video: La cuadra de mi casa, los escombros siendo juntados por vecinos que aportaron una pala mecánica



