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Sergio Embrioni: el rey-soldado en su hamaca de plata

El Sergio pasa como un rayo insaciable que no daña, sino que acaricia, y a más de uno nos ha tocado recibir su abrazo humano, demasiado humano.

Texto escrito el 12 de noviembre de 2009. El 17 de febrero de 2011 Sergio se despedía de este mundo.

Mendoza todavía se beneficia en vida de un ángel-gato de la guarda. Un ángel-gato vegetal nacido de una suculenta carbonada criolla. Un mito viviente que ha dejado en las noches de bares escondidos sin publicidad o en madrugadas enloquecidas de desesperación existencial, un puñado de melodías y canciones, de emociones violentas que flotan en el aire arremolinado del desierto. Por momentos, el ángel-gato es un buque mercante abarrotado y encarador, un rompehielos cojonudo que atraviesa la mar. Y en otras situaciones, el ángel con sus alas caídas intenta resistir el olvido desde una canoa huarpe de junco, que boga con escobas en la sequedad de una duna pesada.

Hay noches que sólo le pertenecen a él. Noches en las cuales todos los mortales de esta provincia algo habremos hecho al mismo tiempo, vulgaridades complementarias, agonismos de gatos en la medianera apuntados con un 22. Esas noches, no podrán nunca tener un registro legal.  No es el caso de la luna que no tiene dueño conocido porque es de todos. Pero sí, hay noches en Mendoza que le pertenecen exclusivamente al Sergiño. Noches de “Flor y Nata” en los años setenta, con una guitarrita a media luz en la época oscura de la patria. Noches de “Pequi`s” en los ochenta, con el regreso de ciertas libertades. Noches de “La Bóveda” húmeda de los noventa, que saqueó a los peregrinos de esa meca.

El Sergio pasa como un rayo insaciable que no daña, sino que acaricia, y a más de uno nos ha tocado recibir su abrazo humano, demasiado humano. El tipo es de barro y caña y hasta ahora no hay temblor o terremoto que lo tumbe. Es más gato que los gatos, un rey-gato. Uno de los sublimes talentos de la música local, del rock vernáculo, que por esas selecciones darwinianas del mercado, no cobra un mango por lo que hace. Es que más allá de los derechos de autor, él es dueño de un secreto que nadie podría pagar, que no tiene precio, que ninguna bolsa puede cotizar. Su libertad austera no garpa para algunos.

Él es la obra: su cuerpo, su pescuezo, sus dedos y manos, su mohín, su inagotable bondad mental, su generosa vida de entrega al naufragio. Él es capitán y marinero de una barcaza reciclada, de matorral y de paja, a veces nutrida de navegantes compañeros, a veces solitaria cuando vadea únicamente con sus brazos la aventura del refugiado en su tierra.

En el norte del Brasil todavía lo recuerdan los aborígenes del Estado de Marañón (la Jamaica brasileña), compartiendo músicas primitivas con su compadre “el Petreka”, tocando tambores, matracas y zambombas, pegado al Amazonas. En ese poblado incivilizado, de sabanas y manglares, rico en alquimia, en aquellos tristes trópicos, bailó con diablos ciegos alrededor del fuego purificador de almas. Y aquí es roquero y tonadero, cuyano y cantor de bolichones, amigo en los bordos de tierra adentro, torazo en rodeo ajeno.

El Sergio Embrioni es una especie de Martín Fierro, pero de ésos que cría y aguanta sólo el piedemonte mendocino, de ésos que más que de agua se hicieron de vino patero en una viña en la punta de un puesto de montaña. Están el chañar, el algarrobo y el Sergio Embrioni. Él usa los cactus de guitarra para que broten sus flores en el enero incendiado del monte. Sus cantos y sus rasguidos, sus punteos y sus arpegios, convocan a toda la fauna de la zona, que se sienta  a escucharlo en un silencio atronador. Los bichos lo reconocen parte de su bando y a veces se lo llevan por los cielos a dar unas vueltas, haciéndole un lugarcito en la geométrica cuadrilla que dibujan en el aire. Allí va el Sergio, ahí viene el Sergio, allá se va el Sergio. Pero siempre está volviendo a golpear la puerta con unos quesos y unas flores, con la sonrisa sincera del visitante inesperado pero bienvenido en la sorpresa.

El Sergio, solo, irrepetible. Es de esos tipos que cuando no están a tu lado, se nota el vacío de su ausencia. Porque es el amor y la paz materializados en su estar y en su andar. Héroe de mil batallas, las armas de Embrioni conquistan por seducción, encantamiento y respeto. Es el único rey-soldado que cuando dispara y acierta, no mata. Y ahora, como buen rey-soldado, se mece en su hamaca de plata. Y no está vacío. El gran sol lo hace brillar.