Sergio Embrioni: el rey-soldado en su hamaca de plata
Texto escrito el 12 de noviembre de 2009. El 17 de febrero de 2011 Sergio se despedía de este mundo.
Mendoza todavía se beneficia en vida de un ángel-gato de la guarda. Un ángel-gato vegetal nacido de una suculenta carbonada criolla. Un mito viviente que ha dejado en las noches de bares escondidos sin publicidad o en madrugadas enloquecidas de desesperación existencial, un puñado de melodías y canciones, de emociones violentas que flotan en el aire arremolinado del desierto. Por momentos, el ángel-gato es un buque mercante abarrotado y encarador, un rompehielos cojonudo que atraviesa la mar. Y en otras situaciones, el ángel con sus alas caídas intenta resistir el olvido desde una canoa huarpe de junco, que boga con escobas en la sequedad de una duna pesada.
En el norte del Brasil todavía lo recuerdan los aborígenes del Estado de Marañón (la Jamaica brasileña), compartiendo músicas primitivas con su compadre “el Petreka”, tocando tambores, matracas y zambombas, pegado al Amazonas. En ese poblado incivilizado, de sabanas y manglares, rico en alquimia, en aquellos tristes trópicos, bailó con diablos ciegos alrededor del fuego purificador de almas. Y aquí es roquero y tonadero, cuyano y cantor de bolichones, amigo en los bordos de tierra adentro, torazo en rodeo ajeno.
El Sergio Embrioni es una especie de Martín Fierro, pero de ésos que cría y aguanta sólo el piedemonte mendocino, de ésos que más que de agua se hicieron de vino patero en una viña en la punta de un puesto de montaña. Están el chañar, el algarrobo y el Sergio Embrioni. Él usa los cactus de guitarra para que broten sus flores en el enero incendiado del monte. Sus cantos y sus rasguidos, sus punteos y sus arpegios, convocan a toda la fauna de la zona, que se sienta a escucharlo en un silencio atronador. Los bichos lo reconocen parte de su bando y a veces se lo llevan por los cielos a dar unas vueltas, haciéndole un lugarcito en la geométrica cuadrilla que dibujan en el aire. Allí va el Sergio, ahí viene el Sergio, allá se va el Sergio. Pero siempre está volviendo a golpear la puerta con unos quesos y unas flores, con la sonrisa sincera del visitante inesperado pero bienvenido en la sorpresa.
El Sergio, solo, irrepetible. Es de esos tipos que cuando no están a tu lado, se nota el vacío de su ausencia. Porque es el amor y la paz materializados en su estar y en su andar. Héroe de mil batallas, las armas de Embrioni conquistan por seducción, encantamiento y respeto. Es el único rey-soldado que cuando dispara y acierta, no mata. Y ahora, como buen rey-soldado, se mece en su hamaca de plata. Y no está vacío. El gran sol lo hace brillar.