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De dictadores y canalladas periodísticas

Ser dictador, bien sabemos los argentinos, corresponde a gobiernos de facto, a aquellos que toman el poder del Estado por asalto. Solo eso.

Es ya un lugar común en la jerga de cierto periodismo canalla y malintencionado clasificar estilos de gobiernos latinoamericanos y del tercer mundo de “Dictaduras”. Hay también una intelectualidad política y cultural que se nutre en las fuentes de tradiciones europeas y en sus renovados lacayos escribas contemporáneos para denominar así a representantes elegidos por el voto popular.

Ser dictador, bien sabemos los argentinos, corresponde a gobiernos de facto, a aquellos que toman el poder del Estado por asalto utilizando la fuerza y poniendo al servicio de un proyecto antipopular a todos los aparatos ideológicos y represivos del Estado.

Y, por si hubiera que aclararlo –lo hago pues- en esos regímenes instaurados por asalto cívico-militar jamás hay elecciones. Se suprimen las garantías constitucionales, se elimina la labor del Congreso, el pueblo no tiene representantes, hay toque de queda y se reprimen ferozmente las protestas populares.

Hay muertos y desparecidos, se confeccionan listas negras, se persiguen a dirigentes políticos, sociales y artistas; hay censura real en la prensa. Se erige un modelo comunicacional unívoco con una sola versión de la realidad del país. Toda esa argamasa institucional sostiene –se crea para ello- un modelo económico y social excluyente de las mayorías en la participación en la renta nacional que beneficia solo a grupos económicos y corporaciones.

No hay libertad de expresión, las minorías étnicas, sexuales y culturales son pasadas por el cedazo de un biopolítica orientada a construir un solo tipo de ciudadano (el que colabora con el silencio), a impedir que resurjan las identidades negadas y abochornadas históricamente.

Es lo que hemos conocido desde el golpe de Uriburu de 1930 en adelante cuando se inauguran los golpes de estado en Argentina. Y no sólo eso. Además hemos conocido la proscripción política del mayor movimiento de masas del siglo XX, vigente, en situaciones aparentemente democráticas.

La prensa canalla y su intelectualidad militante lo sabe de memoria y está en su ADN la necesidad darwiniana de clasificar lo civilizadado de lo bárbaro. Para ellos el pueblo siempre será la barbarie, aún organizado y con un proyecto de país será la barbarie a combatir. Cuando gobierna el pueblo a través de sus representantes y éstos osan toquetear los intereses de los privilegiados, inmediatamente se utiliza la categoría de dictadores o dictadura.

Muy pero muy lejos estamos por suerte y obra de las luchas populares de vivir en esas condiciones macabras que tanto dolor y sangre le han costado a nuestro pueblo. No tienen cara quienes fomentan la categorización de dictadores para caracterizar a los líderes latinoamericanos actuales. Especialmente a algunos – a través de un método de disección- para enfrentarlos con otros. Son dictadores Chávez, Cristina, Correa y Ortega, frente a Dilma, Mujica y Piñera (hoy modelos para la oposición política variopinta)

Y hay quienes se morfan el buzón lleno de cartas viejas…