Viajecito de madrugada, escapando de mí mismo
Nací a las tres de la mañana, insomne y madrugador para acostarme o levantarme en horas solitarias donde el mundo duerme. La noche. Las estrellan que no saben de sí que son estrellas. La vida al lado de un hombre que sale muerto de una sala de cirugía. Voy en el auto con mi niño atrás colgado a mis espaldas en una ruta sin carteles. Me bajo en un bolichón a esperar el día, plagado de camioneros. Veo cómo pasan las horas delante de mí y un reloj que avanza lento. Tengo ganas de quedarme a morir en ese refugio de no sé dónde me encuentro.
-
Te puede interesar
Godoy Cruz: capacitarán al personal gastronómico en Primeros Socorros
No estoy perdido pero tampoco encontrado. He huido de mí sin avisarme. He salido de mi casa sin dejarme una nota informativa. No me he dejado ningún teléfono para llamarme si demoro. Así me visto cuando me saco la ropa antes de dormir en la ruta. No me aviso. Me desdoblo. La conciencia y la experiencia no van de la mano, se sueltan de vez en cuando y se pierden juntas de la mano.
Ahora tomo un ascensor en la ciudad desconocida, con mi niño en la espalda, voy al piso más alto. El ascensor no sube ni baja porque el edificio es de un solo piso inmenso y profundo, un piso con un techo de cincuenta metros y allí arriba un foco solo de 25. Sobra lugar en el aire para flotar.
No quiero avisarme dónde estoy. Transmuto y me filtro por una ventana finita como un hilo. Corro hasta el auto y vuelvo a la ruta sin carteles. Cuatrocientas palabras me dijeron, cuatrocientas. Memorizo. Acelero. En cuatrocientas palabras llego a destino y termino la nota, la firmo y aclaro.
Me faltan treinta y pico para que se publique dónde puedo llegar a estar en veinte minutos. Pero ya veo la luz de la mañana, volví. El café tibio se deja tomar, mi niño duerme en su cuna imaginaria.