El grafiti es la guerrilla del arte
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Esta búsqueda es la que propone Arturo Pérez-Reverte en su nueva novela, El francotirador paciente (Alfaguara), una historia casi detectivesca que se desarrolla en grandes centros urbanos de España, Portugal e Italia.
Cada ciudad es un campo de batalla en el que cada uno de estos rebeldes se juega hasta la vida para lograr dejar un mensaje. Y Sniper es un líder capaz proponer por Internet desafíos y conducir, sin siquiera estar presente, a los ejércitos de grafiteros que quieren dejar sus huellas en las paredes.
Perseguido por partida triple (la policía lo busca para detenerlo, Varela para convencerlo de que entre al circuito legal y un empresario para vengar la muerte de su hijo, quien perdió la vida cumpliendo una consigna de Sniper), el “francotirador paciente” sabe que no debe dejarse ver, y mucho menos que se conozca su paradero, y para esto cuenta con la ayuda de sus fieles huestes.
Pérez-Reverte recurre en esta novela a la primera persona, permitiendo que sea Alejandra Varela quien lleve desde su perspectiva la narración, y desde esa voz indaga en los temas universales que han sido su preocupación a lo largo de gran parte de su obra: las fidelidades, la defensa de los ideales, la soledad de quienes eligen vivir en libertad.
“Ahora el único arte posible, honrado, es un ajuste de cuentas. Las calles son el lienzo. Decir que sin grafiti estarían limpias es mentira”, dice Sniper luego de sostener que el grafiti es la guerrilla del arte. Y esos son los principios en los que se sostiene toda su actividad, Varela lo sabe y lo valora, pero sus objetivos serán mucho más fuertes.
Pérez-Reverte logra mantenernos en vilo hasta el final, guardándose la mayor de las sorpresas, esa que toma desprevenidos a los lectores, justo cuando intuíamos que ya todos los golpes nos habían sido dados.
El francotirador paciente, una historia de villanos y héroes, y de roles que se confunden y hasta se difuminan.
Alejandro Frias


