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La rebeldía es una mercancía

¿Qué diferencia habría entre un joven ambicioso escalador de posiciones sociales y económicas, individualista, y un joven rebelde?
Foto: LetraP
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El capitalismo cultural no deja títere con cabeza. Se sabe que ya a fines de los 50 empezó a instalarse la idea, legado de los Beatniks, del sujeto individualista rebelde que derivó en el hippismo comunitarista y en la cultura juvenil de los 60. En el cine fue James Dean el que entronizó aquella interpelación dramática estilo antisistema, pero solo. Siempre solo hasta atropellarse contra un muro solo y morir para alimentar el mito de la juventud que debe pasar como rito iniciático por la vida con una actitud rompe esquemas y, al fin de cuentas, frustrante.

Fue la propia industria cultural del capitalismo –fundamentalmente con el cine colonizador y la música rock-   la que se encargó de sostener esa ideología. Cabe aclarar que hasta que el rock y el cine se hacen nacionales, su función fue la de desplegar batería ideológica antinacional.

Todos fuimos convocados a ese llamado,  significante salvaje y flotante, articulado en una época de invasiones imperialistas y guerras contra los países sin prosperidad. Mientras en los países del tercer mundo se desarrollaban tendencias revolucionarias, en EEUU y Europa se construía el mito de la rebeldía.  Ser rebelde en sí mismo contra todo, anárquicamente, tentando a cientos de miles en el mundo del arte, la literatura y la música. Un camino también para el mercado discográfico, editorial y artístico.

Hoy ser rebelde es ponerse una remera del Che Guevara o una con la lengua de Los Rollings, qué más da. La rebeldía es una experiencia ideológica material que se vende. Uno compra experiencias en un mercado cultural que no tiene prejuicios para estampar imágenes en una simple chombades-contextuando el entramado significativo del que emergió.

“¡Sé rebelde y calla!”, es el mensaje.

¿Qué diferencia habría pues entre un joven ambicioso escalador de posiciones sociales y económicas, individualista; y un joven rebelde con cuarenta piercings y una remera estampada con Sid Vicious vomitando?

Prácticamente ninguna, exceptuando lo estético y el estilo de vida. Es en el estilo de vida donde el Capitalismo Cultural encuentra la clave para diversificar y vender experiencias; y hacernos sentir a todos como diferentes, especiales, distintos de los demás con los cuales irremediablemente debemos convivir.

La famosa multiculturalidad de la que se jactan los progresistas liberales de las grandes urbes mundiales donde hay millones de ingleses (de primera y de segunda) millones de franceses (de primera y de segunda) y así.

El estilo de vida es un submundo socio-cultural que funciona a modo de refugio, de cápsula identificatoria, guarida de iguales-diferentes a los demás. Los del palo.
Frente a ese mito rebelde “en sí y para sí”, en Latinoamérica resurgen tendencias transformadoras y revolucionarias colectivas. Y los imaginarios sociales construyen hoy sus propias estampas. Diarios de motocicleta no es más que un aspecto de la vida de un pequeño burgués que de jugar al rugby termina en una remera del PRO. Ahora, los cojones, los puso en un proyecto colectivo que es el que no entra en una pilcha.

 

Marcelo Padilla.