Volver a fumar
Volver a fumar. Algo que desde hace 1 año, 2 meses y 16 días yo deseo cada vez que salgo mi balcón. Volver a hacerme la película con el humo de cada pitada. Volver a pertenecer al grupo de los que no pueden dejar. Volver a ser yo.
Una verdadera cruzada contra nosotros mismos. Como la de los nuevos vegetarianos atormentados por la suplantación de proteínas, como la de los bares que no tienen menú pero sí te ofrecen tres variedades de aceites de oliva, como esa gran masa que ahora aprende técnicas de respiración perteneciendo a la clase más contaminada de todas.
Dejé de fumar, ok, y no he sumado por esto más aceptación (ahora me odian los que fuman y no soy nada especial para los que no).
Mi aspiracional se hizo trizas contra la realidad. Y en esta poda completa de hoja y rama que implica dejar una adicción he perdido todo el placer que se puede juntar de a ratos. Ya nada es como antes: ni el café, ni el ocio, ni las confidencias. Cualquier espera es eterna, cualquier silencio incómodo, cualquier desamor más soledad. En definitiva, me llené de huecos que ahora tendré que tapar construyendo otro aspiracional o, más fácil, generando otra adicción.
Paradójicamente dejar de fumar trae algo de insatisfacción. Si es cierto que recuperás oxígeno, también lo es que perdés todos los aires de libertad que te daba el cigarrillo. Porque la libertad se pierde también cuando nos lanzamos a “lo bueno por conocer” y tanto vértigo nos atrapa en indefinición y nos deja, otra vez, buscando reconocernos.
Vuelvo a fumar. Me quedo con lo malo conocido: ese cigarrillo, ese ex amor, ese lugar algo devaluado que guarda también lo más esencial que tengo y me devuelve una imagen más cercana de lo que soy.
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