Infieles-mendocinos.com
No me extraña que hayan logrado un mapa porteño de infieles. Buenos Aires tan audaz, tan enorme traza su mapa complejo que requirió todo un despliegue informático para delimitarlo.
Intrigada por cuál podría ser el nuestro, me puse a cargo de mi propio sondeo. Me convertí por 3 meses en la espía de los infieles en la tierra del sol.
Mi trabajo de investigadora no comenzó en una oficina, ni me dirigió a una página web cuyana, mucho menos me llevó a sitios clandestinos y menos, menos aún, a boliches de la noche mendocina. Yo me fui directamente hacia donde se rumoreaba que se encontraban todos (ok, perdón, la mayoría…). Yo me inscribí en estos nuevos “grupos de personas que odiaban el deporte y ahora andan en bicicleta”. Y así, inmersa en el mundo biker yo pude verlos más de cerca. De a poco y dando el tiempo necesario para el proceso adaptativo (y tomando como ejemplo a Sigourney Weaver en Gorilas en la Niebla) fui integrándome para ser una más. Reconozco que entrar y pertenecer no es tan fácil como parece desde mi auto cuando los quiero matar a bocinazos. Fue difícil pedalear con ritmo, aprender los cambios de la bici y disimular el temblequeo inexperto del manubrio enfrente de todos.
Para peor, estos grupos gustan de las piedras (no por nada son mountain) y ahí mis pocas
habilidades se volvieron nulas, más todavía, que en terreno llano.
Pero allí estaba yo, camuflada como manda el gueto, con anteojos, casco, cuello, ipod, cardio, guantes, bolsillos en la espalda, calza sobre calza y orejeras. Nadie iba a reconocerme, incluso si moría en medio de la montaña tardarían días en arrancarme tanto accesorio.
Me inicié entonces, en la aventura de la caza de infieles por los senderos que marcan el camino a la discreción absoluta que siempre guardan estos mundos aparte.
Descubrí, como primer dato un código biker: el saludo pirata que tomaba otra forma y color a medida que se avanzaba por los cerros. Más metros se lograban, más distancia perdía entre los miembros del grupo. Con sólo tomar algún sendero se puede comprobar que cualquier saludo puede convertirse en break para hidratar o para romper el hielo.
Más arriba todo se pone más cachondo. Hay rescates heroicos, clases particulares, charlas de autoayuda, cursos de motivación y mucha, mucha camaradería.
Parece que con este deporte muchos han vuelto a la infancia portándose mal mientras andan en bicicleta.
Adentrada en los senderos, pleno monte, plena naturaleza entendí que todo este entorno es un lugar terriblemente tentador a la infidelidad. Están allí, lejos de todo, camuflados hasta las mandíbulas, sin señal de celular y en un horario apto para todo público. Un paraíso donde todos pueden sentirse (aunque seguro un poco menos agraciados) Brooke Shields y Cristopher Atkins en la Laguna Azul con un escenario igual de salvaje.
Entiendo porqué tantas mujeres amigas han encontrado en el mountain una esperanza de vida, tantos hombres casados han recuperado su figura y entiendo también el porqué de los precios de la indumentaria.
Mientras Buenos Aires traza su mapa de infieles con tecnología cibernética Mendoza no anda con cosas raras. Ni webs ni chats que dejen evidencia. Acá es a plena luz del día y como Dios manda: en cuero y a pelo (ah, y a pasos de la Ruta Panamericana…) ¿Quién podría sospechar?
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