Mara sale del closet
Si de algo estoy convencida es de que el tiempo en las personas está mal administrado. Todo lo que está atrás debería estar adelante y todo lo que es poco debería ser más.
El famoso point of no return, ése en el que uno se encuentra a mitad de camino y con sólo medio tanque de combustible, ése en el que volver es igual de peligroso que seguir adelante. Todo lo que somos se cuestiona de tal manera que nos es inevitable plantearnos hasta donde seremos capaces de seguir negociando. Y aunque algún pacto pasado me tenga hoy en donde estoy me niego a seguir.
No negocio competir con otra mujer por el amor de un hombre (todas sabemos que no funciona). Ya no negocio no disfrutar porque hasta ahora sólo toleré el aburrimiento pensando que tendría su recompensa.
|
|
No negocio las poses y los códigos indescifrables de hombres ficcionados (y lo atribuyo al tiempo que puede demandarme pensar qué decir, cómo ponerme etc. etc).
No negocio ni una conversación más con gente que no es interesante y mucho menos una discusión más con quienes no valen la pena.
Las visitas impuestas a parientes, los intereses de la tarjeta de crédito y los viajes incómodos no se negocian (hay un mínimo criterio de confort que es, para mí, innegociable). Estar incómoda es algo que se va dejando de negociar con el tiempo y debe ser por eso que las mujeres grandes terminan sus vidas sobre tacos bajos.
No negocio sexo casual salvo que, muy casualmente, sea irresistible. Y aunque concibo mi vida con dramatismo me niego a negociar un sufrimiento extremo e innecesario.
Por eso, a esta altura de mi vida, considerando que estoy a tiempo quiero renegociar todo lo que antes fuera innegociable, por lo que estoy dispuesta a perder amigos (esos que nunca debería haber incorporado), a no pertenecer a nada y a ser mal interpretada sin derecho a réplica.
Si finalmente seré la misma, sólo que más verdadera, comprenderé por ejemplo que los malos hábitos de siempre no se negocian (sólo dejan de hacerse en secreto), que las avivadas ajenas ya no se dejan pasar por alto (ahora con algo de malicia, se dejan en evidencia). Que ninguna fila o cola de personas esperando algo se justifica, que la moda demasiado absurda delata lo peor de nosotros; que las tendencias impuestas como las previas, las cadenas de mails, las vaquitas con desconocidos para comprar regalos a desconocidos, las fiestas de despedida, los paquetes turísticos con excursiones y las ferias artesanales de ropa son innegociables.
Aunque siga sin gustarme reconocerlo, empiezan a caerme bien mis propios defectos. No los confieso expresamente, pero los muestro, nos los escondo a cambio de nada. Así pierdo a las malas compañías y me quedo con quienes me los conocían antes de que yo se los mostrara.
Y aunque todavía me sorprendo de todo lo se me cae cuando dejo de negociar, ahora me pienso y me reconozco, verdaderamente.