Violencia en el tránsito: crónica de una odisea
Como casi todos los días, vamos conduciendo nuestro pequeño automóvil hacia el centro de la ciudad. Hoy es un día espléndido de otoño mendocino, este marco predispone nuestro ánimo para la esperanza y el optimismo. A medida que avanzamos por la avenida San Martín, desde Godoy Cruz, debemos respirar hondo, pues “montañas” de ómnibus y troles, se nos echan encima , se cruzan unos a otros. Hay troles detenidos (muy a menudo) impidiéndonos el paso. En fin, paciencia, es la Ley del más fuerte.
A medida que nos acercamos a la calle Morón, el tránsito se pone más “espeso”, por decirlo de alguna manera. Autos estacionados en doble fila, repartidores de bebidas mal estacionados y fuera de los horarios de descarga, nos miran con agresividad y si tocamos, tímidamente, la bocina, como somos mujeres nos gritan “¡Aprendé a manejar”! (¡¿Violencia de género?). Nuestro estado de ánimo comienza a decaer lentamente.
Todavía debemos sortear algunos obstáculos : obras varias de pavimento u otras, media vía para avanzar, un choque entre automovilistas, detenidos en medio de la calle. Al llegar a la calle Alem, ya es insoportable, filas de autos haciendo cola para cargar nafta dificultan nuestro paso y más allá, un agente de tránsito que, a causa de una manifestación en el kilómetro 0, nos desvía hacia la calle ¡San Juan! El reino de los ómnibus, de los autos mal estacionados , de las bocinas infernales. Nos vamos quedando sin aire (contaminado?). Paciencia.
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Una mención especial en esta odisea se la llevan los motociclistas y los equilibristas en bicicletas, zigzagueantes, intrépidos, aparecen veloces sorteando espacios increíbles … ¡Ah! Y los peatones que no respetan los semáforos y aquellos que cruzan ( A veces con niños)en la mitad de la calle.
Entonces, en el colmo ya de la angustia, decidimos estacionar en una playa y continuar a pié. El tiempo se nos fue y el trámite que debíamos realizar ya no es posible.
Antes de iniciar el periplo de regreso en una hora pico, decidimos tomar un café para tranquilizarnos y reflexionar.
¿Qué debemos hacer? ¿Cómo cambiar ese escenario de violencia cotidiana, lleno de agresiones, gestos groseros , miradas de enojo, falta de respeto por el otro?
Difícil, muy difícil si no hay educación, respeto por las normas, por el otro y por nosotros mismos.
Difícil, pero no imposible y aquí va nuestro mensaje:
A las autoridades: mayor control del caos vehicular, mayor control de motos y bicicletas.
A los automovilistas : respetar las normas de tránsito, no parar en doble fila, conducir con precaución, respetar a transeúntes, no tocar bocinazos, cuidar las expresiones o los gestos violentos.
A los conductores de ómnibus y troles: vayan por la línea que les corresponde, respeten las normas, no abusen de su superioridad ( Nos referimos al tamaño de sus vehículos). Paciencia, paciencia con los pasajeros. Las vidas velen más que los horarios.
A los peatones: respeten los semáforos, no crucen las calles a mitad de cuadra, se exponen a accidentes evitables.
A los docentes: insistan en enseñarles a sus alumnos las normas que deben respetar y el cuidado que deben tener al transitar por esas calles peligrosas. Estas actitudes deben internalizase desde niños.
A los padres: comiencen ustedes a respetar, sirvan de ejemplo a sus hijos y repitan hasta el cansancio (especialmente a adolescentes) la necesidad de convertir nuestros espacios ciudadanos en un lugar en el que vale la pena convivir. ¡Cuántas lágrimas evitaríamos con estos consejos!
Entonces, no se trata solo del respeto por normas de convivencias a partir de sanciones, sino de educación, de tolerancia , del uso correcto de nuestras libertades y deberes, de ser “Más gentes”, según Morin
Elia Ana Bianchi Zizzias. Educadora
Eliana Z. de Rosso. Mediadora
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