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Inocencia interrumpida: historias de colimbas que crecieron de golpe con la guerra

Gran parte de los soldados argentinos eran conscriptos. Dos historias que describen lo que pasó: Omar Montenegro fue parte del Operativo Rosario el 2 de abril, pero se enteró unas horas antes de lo que pasaba. Santiago Domínguez volvió al país un mes después de la guerra porque fue prisionero de los ingleses.

Tenían una vida planificada o, mejor dicho, estaban comenzando a planificar lo que sería el resto de su vida. Pero en medio apareció una guerra en la que terminaron metidos sin aviso previo y sin pedido de consentimiento. Los “colimbas” fueron quizá los que más sintieron el shock de la guerra de Malvinas. Hoy, 30 años después, algunos lograron superar ese sacudón que les dio la vida, a otros les costó más. Pero lo que es seguro es para todos ese hecho fue una bisagra imposible de olvidar.

Un viaje inesperado

Llegaron de un ejercicio de rutina, con la cabeza puesta en dejar la mochila, las botas y descansar. Pero alguien tenía otros planes. “Nos dijeron que nos pusiéramos la ropa para el Sur. Primera señal rara”, recuerda Omar Montenegro, que por entonces estaba arrancando su segundo año como “colimba” en la Marina.

No se trataba de un viaje turístico a la Patagonia, no de un simulacro militar. Se estaban preparando para ir a las Islas Malvinas y encarar una guerra. Claro que ellos no sabían nada. “Subimos al barco con todo el equipamiento y no teníamos idea de lo que pasaba. Pensamos que era un ejercicio convencional. Pero el 1 de abril a las 12, nos comunicaron por el altoparlante que íbamos a ocupar Malvinas. Estábamos cumpliendo un año de colimba nosotros”, recuerda Omar, que no había tenido chances de despedirse de sus afectos y explicarles que iba a encarar una guerra. “No había opción. Había que ir. Me acuerdo que la noche anterior al desembarco hubo una tormenta tan grande en el mar que todos terminaron muy descompuestos, nadie podía hacer nada, no podías comer. Eran solados que iban a la guerra, pero no pudimos superar el efecto de la tormenta. Nos miramos entre nosotros y no entendíamos lo que pasaba”, explica el hombre ahora, 30 años después, sentado en su casa de Luján de Cuyo.

Omar fue parte del grupo de soldados y militares que ejecutaron el “Operativo Rosario”, con el que se tomaron las Islas, haciendo declinar al gobierno inglés del lugar y sentando las bases logísticas para el resto de las tropas que llegarían luego. Llegó a la guerra como “colimba” y, como a todos, sin aviso previo. “No tuve tiempo de despedirme de mi familia. Mi hermana sabía lo que iba a pasar porque estaba en la escuela de enfermería. Me llamó pasa saludarme pero no podía avisarme que estaba llendo a Malvinas”.

Luego de los primeros trabajos, Omar pisó Malvinas el 2 de abril a las 6 de la mañana. Ya con el operativo Rosario terminado, se quedó en Puerto Argentino, que en ese momento había sido bautizado como Puerto Rosario. “Convivimos con los habitantes de Malvinas, y sentimos que la guerra se había metido en la vida cotidiana. Pero era un trato correcto. No nos daban mucha bolilla. Ellos seguían con su rutina”, recuerda.

Algunos días después, Omar volvió a Tierra del Fuego para seguir con los trabajos logísticos. Junto con su pelotón, pidieron volver dos veces a las islas. Pero se lo negaron. “Veíamos que llegaban grupos de soldados muy jóvenes y sin experiencia. Le dábamos una preparación mínima y viajaban. Y no nos dejaron volver a nosotros, que teníamos más experiencia”, explica aún con algo de bronca.

Sobrevivir a la guerra

Santiago Domínguez cursaba tercer año de ingeniería. Como era común en la época estaba atento al sorteo del servicio militar. El número no se lo va a olvidar más. Tenía el 946. Le tocó y, para más rigor, lo destinaron a la Marina; lugar donde estaban dos años en vez de uno bajo instrucción militar.

Allí, nunca se imaginó lo que podía venir. “Me tocó ir a la guerra, una guerra que era inesperada. A mí no me consultaron. Igualmente hay algo que es igual para todos. Siempre trato de graficar esto desde el punto de vista humano. Creo que el ser humano no está en condiciones de ir a una guerra, ni siquiera con una instrucción militar. Sólo el que vivió esas miserias puede saber de qué se trata. Por eso digo que la verdad para mí fue traumático”, asegura Santiago, que hoy trabaja en el PAMI y aclara que aunque estaban en el servicio militar no eran chicos. "Estábamos saliendo de la adolescencia y enfrentamos una guerra. No éramos chicos", dice.

Él llegó a las Islas el 7 de abril sin saber el panorama con el que se encontraría. Allí, asegura que se sorprendió. Había miles de soldados argentinos desplegados y también un grupo de civiles, entre los que había desde periodistas, hasta empleados del correo.

Luego de algunos días de adaptación, Santiago tuvo que ser parte del combate. Era parte de un pelotón que estaba en la primera línea de fuego. Un arma en la mano, miedo en el cuerpo y a sólo 100 metros de otro pelotón enemigo apuntando. “Primero tuvimos que adaptarnos a vivir en un pozo de zorro, que es un pozo que se llena de humedad y agua y done tenés que hacer todo. Ahí comienza uno a advertir cuáles son las miserias de la guerra. A uno le preguntan si sufrí frío, miedo, hambre…la guerra no te brinda mejores condiciones que todo eso junto. Se reduce a la mínima expresión el ego humano. No tenés ningún estímulo. Después de varios días descubrí que tenía un destino; no por mí, sino por mis afectos”, recuerda.

-¿Cómo es tener un arma en la mano y enfrentar a alguien que sabés que puede matarte?

 -No se puede plasmar la sensación de estar con un arma y tener enfrente a un soldado igual que vos que también te puede matar. Incluso saber que podés haber matado a una persona, a un ser humano de iguales características. En ese momento era tu vida o la de el, más allá de que fuera de eso podemos discutir si un arma sirve para defender algo. Teníamos miedo, como todos los que estuvieron. Incluso el inglés tenía miedo.

-Te pregunto una frivolidad. ¿De qué hablás con tus compañeros en medio de una guerra, cómo hacés cuando te angustiás?

-El estado de ánimo es una caída libre. Hablás con tu compañero, que está tan jodido como vos. Generábamos mucha ficción sobre lo que haríamos a la vuelta. “No te olvides que a la vuelta vamos a hacer tal cosa”, decíamos. Y en muchos casos lo hicimos, porque había mucha lealtad.

El regreso como prisioneros y en soledad

El regreso de los soldados fue un símbolo de la miseria de los organizadores de la guerra y también de la indiferencia exitista del pueblo argentino.

Santiago llegó al país un mes después de que terminó la guerra. “El conflicto terminó el 15 de junio y a mi el 15 de julio me deposita un buque inglés en Puerto Madryn, Chubut. Habíamos quedado prisioneros un grupo de 300 soldados y 100 militares. Nos mantuvieron un mes porque Argentina no firmaba el cese de hostilidades. Se firmó y por eso tuve la suerte de volver.

-¿Cómo fueron esos días como prisionero?

-Fueron 15 días en tierra, que fue en el puesto de San Carlos. Había una cámara frigorífica desactivada y ahí nos tuvieron durante 15 días. Después nos suben a un buque inglés. Los primeros 15 días fueron terribles, por la inseguridad que corríamos. Los ingleses eran adictos al alcohol, y las guardias que ellos hacían, a la vista de todos consumían alcohol permanentemente. El riesgo era terrible. Había maltrato, falta de comida, de todo. Pero cuando subimos al buque, la situación cambió diametralmente, porque ahí comenzamos a tener un trato más racional, porque en el buque venía la Cruz Roja Internacional, que arbitran en cualquier conflicto.

- ¿Cómo fue el regreso a Mendoza?

- El barco inglés nos dejó en Puerto Madryn. El 16 de julio del año 82 volví a Mendoza en tren.  El 16 de julio cuando yo vuelvo, encuentro sólo a mis familiares, a mis amigos acá en la Estación San Martín. Cuando llegué a Puerto Madryn, apenas había un par de colectivos esperando a los prisioneros. Entramos por la puerta de servicio, por la puerta de atrás luego de la guerra, sin honores. Lamentablemente esa misma sociedad por su triunfalismo le dio vuelta la cara.

Omar también vivió una situación similar. Incluso, lo dejaron en Buenos Aires, sin documentos ni medios para volver a Mendoza. “Nos dejaron sin nada. Me habían sacado el documento y no me lo devolvieron. Me hermana tuvo que conseguir dinero para  el pasaje de colectivo y así poder volver a Mendoza”; recuerda.

A pesar de todo lo que les tocó vivir, ambos aseguran que volverían a Malvinas. Pero también los dos están absolutamente en contra de la idea de reiterar un conflicto bélico para recuperar ese territorio.

Santiago, por ejemplo, tuvo varias oportunidades de volver y ese es uno de sus principales deseos. Pero se ha negado por una sola razón. “No quiero ir a Malvinas como extranjero. Me niego a que me pidan un pasaporte para entrar a un territorio que es nuestro”, explica.