La columna de Mara: Sexo en la primera cita
El sexo es un laberinto. Nuestro destino es extraviarnos en sus encrucijadas. Pero algunos presienten una verdad aún más terrible: no se puede salir del sexo, no por la falta de puertas ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones,
sino porque no hay otra cosa.
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Todas deberíamos cambiar la actitud al respecto. Sobre todo las que ya tenemos un poquito de experiencia en relaciones “prueba y error”.
Tener sexo en la primera cita debería dejar de ser un impedimento para que otras próximas citas se concreten. Deberíamos quitarle un poco de entidad a un hecho que ocurrirá igualmente unas semanas después, y al que le otorgamos un poder casi absoluto sobre la intimidad. Como si ese acto concluyera el haber conocido al otro en todos sus aspectos. Créanme uno conoce al otro sólo el día en que lo deja
libre.
Por eso propongo cambiar el paradigma que nos evitaría algunos preconceptos que construimos con tanta facilidad todas las mujeres.
Para empezar, nos ahorraríamos los nervios de cumplir con todo lo insinuado en las citas previas. (Ya saben, cosas como…”soy intensa” o “soy buena cumpliendo fantasías”). Nos quitaríamos el peso deencima de saber si él está físicamente a la altura de lo que venimos fantaseando, aún no conociéndolo.
Sabríamos exactamente a qué atenernos en caso de algún brote histérico en las citas siguientes y lo más conveniente de todo: disfrutaríamos al máximo de ese encuentro, antes de la inevitable decepción que sucede entre dos personas cuando ya se conocen demasiado.
A todos nos convendría, y especialmente para nosotras, uff… sería un gran alivio. Porque pensemos, ellos nos conocerían tal cual somos, sin tanta preparación física y psicológica (que siempre arruina todo). Nosotras, a la vez, nos constituiríamos en –totalmente- incapaces- para- fingir-. Todo sería más verdadero. Nos arrojaríamos al instinto, ése al que le escapamos siempre las mujeres y que en definitiva es el único que no nos deja mentir.
Es verdad que probablemente nos perderíamos de todo lo mejor del romanticismo, pero aún así, creo que el balance sería positivo. En todo caso cambiaríamos una comida en un restaurante por una comida en su casa al mejor estilo 9 semanas y media (cámara incluida), o negociaríamos la ansiedad de hacer una llamada telefónica por la de avanzar hacia un plano sexual extremo y desconocido.
Reconozco, sí, que no quedaríamos ante ellos como la chica para presentar a mamá y también que quedaríamos muy mal frente a nuestras amigas. Eso no tendría solución, ¡quién puede contra tanto legado cultural!
Pero, insisto, el sexo en la primera cita descubriría lo más espontáneo de nosotras. Eso que ni siquiera sabemos que podemos hacer. Si tan sólo le diéramos más posibilidades, dejaríamos de intelectualizar tanto ese momento y hasta podríamos usarlo para ahogar algunos malos recuerdos.
Nos ahorraríamos algo tan clave y fundamental como esa angustia de reconocer, ya estando enamoradas, que sexualmente no funciona con nosotras. Y, sí, nos acortaría el plazo de saber lo más temido por todas: el reconocernos parecidas a ellos.
Porque, mirémoslo de este modo: todos los pasos previos desde que conocemos a alguien hasta el gran acto están indefectiblemente teñidos de un solo fin: el sexo.
Pero, en cambio, si ya liberamos de entrada toda esa carga, el fin tiene chances de transformarse en lo más absolutamente puro que puede suceder entre dos personas que es conocer en profundidad lo que las emociona.
¿Cuánto pesará en nuestro género la culpa frente al deseo? ¡Vamos!.., ¿cuántas lo postergarán por el terror de desperdiciar una posibilidad de matrimonio? Y cuántas otras lo haremos por el simple hecho de no querer comprobar tan temprano que después de todo, él no nos abrazará…
En definitiva: ¿cuánto tendremos para perder más que otro fracaso? Les propongo a todas mis lectoras que den vuelta el mecanismo. Qué empiecen por el final, que tal vez éste pueda convertirse en amor. Y que si no resulta así, dejen fluir el próximo.
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