Los tres amantes de la escribana
Después de los 40, cuando la edad empieza a pegarnos en el espejo, cuando el reloj biológico amenaza con pasar del tic tac al ¡TOC! (Trastorno Obsesivo Compulsivo), cuando caen todas las fichas juntas y con ellas, todo lo que parecía que ya no iba a caerse, muchas caemos más fuerte aún. Finalmente, se derrumba lo más sólido que teníamos, lo aparentemente indestructible, o por lo menos aquella única cosa que nos animamos a decir que era para siempre.
Entre tanta oscuridad encuentro la confesión de una lectora. Es de esas chicas que carga
con el karma de ser demasiado linda para ser inteligente y demasiado inteligente para ser
feliz. Escribana por mandato familiar, recientemente separada por mandato femenino. Me
apunta un mensaje claro de su historia con los hombres mendocinos y con él su fórmula
de felicidad momentánea: tres para uno.
Me cuenta que después de mucho probar se da cuenta de que ya probó todo y decide
entonces armar su combo perfecto de entrada, principal y postre. Me intereso por la entrada, su chico de 31. Un sabio de la felicidad con vencimiento. De martes a jueves ella vive en una montaña rusa de diversión. Despojado de preguntas incómodas y también de respuestas que no está dispuesto a dar. Maestro del chat y los twits espontáneos, una incógnita los viernes que se devela el lunes con algún videíto de Calle 13 enviado por mail. Una vuelta a las hamburguesas, a abdominales marcados y a esa performance sexual que hombres mayores han convertido en mito.
Sigue jueves o viernes con el cuarentón, quien se acompaña siempre con un cabernet complejo en su insistente reclamo por una psicóloga. Su histeria ensambla a la perfección con sus problemas existenciales: si fue o no cornudo, si debería dejar su trabajo para dedicarse a ir de pesca al sur con los amigos, si ama u odia a las mujeres, si es mejor como padre que su ex como madre. Vive atrincherado en sus amigos de siempre, en los lugares de siempre y en la casa de la madre, como siempre. No puede evitar desaparecer sin explicaciones como tampoco aparecer dando cientos de ellas. Todavía sufre el trauma por haber sido un hit de los 80 y me cuenta mi lectora que se le escapa un lagrimón cuando pasan por lo que fuera La Cortada…
Como final y toque dulce elige al cincuentón, ése que es una delicia tratándola como a una reina los sábados por la noche (porque a ellos les gusta ese día). La llena de regalos, la pasea como trofeo delante de sus amigos que llevan 30 años de matrimonio. De vez en cuando se equivoca con algún mocasín, algún “me tenés loco” y uno que otro mensajito de texto vacío de ese iPhone que no aprenderá a manejar. Es inminente la compra de esa moto que nunca se animó a tener, la que manejará con extremada precaución por el asfalto, con casco, guantes y su carnet en condiciones por si lo para Preventores.
La escribana, con la cintura que le ha dado la profesión y el piné que le regaló la genética los alterna como una experta ajedrecista, dejando espacios con la excusa del trabajo y los niños, y así ninguno tiene que convivir con el fantasma del otro; claro que es temporal, sólo hasta que aparezca el extraterrestre que reúna a los tres en uno.
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