Presenta:

Los tres amantes de la escribana

La letrada que nos cuenta su historia y receta un combo perfecto para esperar el plato de su vida.
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Después de los 40, cuando la edad empieza a pegarnos en el espejo, cuando el reloj biológico amenaza con pasar del tic tac al ¡TOC! (Trastorno Obsesivo Compulsivo), cuando caen todas las fichas juntas y con ellas, todo lo que parecía que ya no iba a caerse, muchas caemos más fuerte aún. Finalmente, se derrumba lo más sólido que teníamos, lo aparentemente indestructible, o por lo menos aquella única cosa que nos animamos a decir que era para siempre.

La soltería otra vez, después de haber planificado estratégicamente no portarla, parece un estado anormal más que uno civil. Es así, quedamos entre los escombros del tiempo y cuando sacudimos el polvo que nos dejó el desastre sabemos que allí, entre todas las ruinas, quedó justamente lo que necesitamos con más urgencia: el norte.

Solitas al fin, y totalmente desorientadas nos disponemos a disfrutar de lo más deseado por todas las mujeres: probar todo aquello que no se probó mientras se mantenían los votos matrimoniales, una sana costumbre antes de que la falta de rumbo y el aburrimiento nos arroje rápidamente a otro matrimonio.

Miro el menú disponible y veo que no ha cambiado mucho en los últimos años. Hombres que te pasan a buscar con un itinerario planeado que consiste en cena y alguna promesa geográfica sexual (léase, te invito el finde a Viña). Para seducirte te hablan de ellos, de la injusticia de la que son víctimas, de sus aciertos financieros, de sus triunfos de último minuto como padres perfectos.

Me aburro uffff, hago el curso express para escuchar biografías de desconocidos (¿por qué a esta altura nos tienen que dar su CV en la primera cita?) obviamente incluyendo el módulo obligatorio de los ex: ex mujeres, ex éxitos, ex deportes, ex proyectos.

Entre tanta oscuridad encuentro la confesión de una lectora. Es de esas chicas que carga
con el karma de ser demasiado linda para ser inteligente y demasiado inteligente para ser
feliz. Escribana por mandato familiar, recientemente separada por mandato femenino. Me
apunta un mensaje claro de su historia con los hombres mendocinos y con él su fórmula
de felicidad momentánea: tres para uno.

Me cuenta que después de mucho probar se da cuenta de que ya probó todo y decide
entonces armar su combo perfecto de entrada, principal y postre. Me intereso por la entrada, su chico de 31. Un sabio de la felicidad con vencimiento. De martes a jueves ella vive en una montaña rusa de diversión. Despojado de preguntas incómodas y también de respuestas que no está dispuesto a dar. Maestro del chat y los twits espontáneos, una incógnita los viernes que se devela el lunes con algún videíto de Calle 13 enviado por mail. Una vuelta a las hamburguesas, a abdominales marcados y a esa performance sexual que hombres mayores han convertido en mito.

Sigue jueves o viernes con el cuarentón, quien se acompaña siempre con un cabernet complejo en su insistente reclamo por una psicóloga. Su histeria ensambla a la perfección con sus problemas existenciales: si fue o no cornudo, si debería dejar su trabajo para dedicarse a ir de pesca al sur con los amigos, si ama u odia a las mujeres, si es mejor como padre que su ex como madre. Vive atrincherado en sus amigos de siempre, en los lugares de siempre y en la casa de la madre, como siempre. No puede evitar desaparecer sin explicaciones como tampoco aparecer dando cientos de ellas. Todavía sufre el trauma por haber sido un hit de los 80 y me cuenta mi lectora que se le escapa un lagrimón cuando pasan por lo que fuera La Cortada…

Como final y toque dulce elige al cincuentón, ése que es una delicia tratándola como a una reina los sábados por la noche (porque a ellos les gusta ese día). La llena de regalos, la pasea como trofeo delante de sus amigos que llevan 30 años de matrimonio. De vez en cuando se equivoca con algún mocasín, algún “me tenés loco” y uno que otro mensajito de texto vacío de ese iPhone que no aprenderá a manejar. Es inminente la compra de esa moto que nunca se animó a tener, la que manejará con extremada precaución por el asfalto, con casco, guantes y su carnet en condiciones por si lo para Preventores.

La escribana, con la cintura que le ha dado la profesión y el piné que le regaló la genética los alterna como una experta ajedrecista, dejando espacios con la excusa del trabajo y los niños, y así ninguno tiene que convivir con el fantasma del otro; claro que es temporal, sólo hasta que aparezca el extraterrestre que reúna a los tres en uno.

Escribime a [email protected] , contame tu historia y publicá conmigo.

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