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Relación madre e hijo: De la ilusión a la realidad…

Hay un punto de partida: todos somos hijos. De niñas jugamos a ser madres. Juego de roles en el que ponemos algo de lo nuestro y algo de lo que vemos. Nos identificamos y nos des-identificamos. Colocamos nuestra marca. La maternidad no se transmite, no se recibe de la madre la autorización ni la indicación para ser madre.
Ser madre no es un universal, como tampoco lo es ser mujer.
Ser madre no es un universal, como tampoco lo es ser mujer.

Un óvulo fecundado, un cuerpo embarazado, no alcanzan para construir una madre, así como un espermatozoide, no hace a un padre.

Ser madre no es un universal, como tampoco lo es ser mujer. Es una construcción personal única e irrepetible de cada sujeto. No podemos determinar cómo es ser madre. Una por una, cada mujer se sitúa frente a la maternidad por la aceptación o por el rechazo, como madre del deber o madre del deseo, por amor o por odio, desde la posición masculina o femenina… La posición materna de una mujer no será la de otra mujer.

Desde el punto de vista psicoanalítico, la madre,  es el primer objeto amoroso del niño y de la niña, y también el primer objeto de deseo.

La función materna se manifiesta en la realidad como aquella que realiza los primeros cuidados del infante. El cual es incapaz de satisfacer sus propias necesidades y por lo tanto depende absolutamente de este Otro materno.

La madre no solo brinda atención, sostiene con su cuerpo y su psiquismo al pequeño. Interpreta, pone en palabras lo que el niño siente. El niño grita, la madre dice, ¡tiene hambre! o ¡tiene frio!, intento de desciframiento y de transformación y pasaje del grito al llamado. El niño va siendo articulado por las palabras de la madre, va haciendo sus primeros tanteos imaginarios para intentar resolver su propia identidad.

El sujeto se constituye exclusivamente en el lugar del Otro primordial, no hay posibilidad de elegir. Si elige quedarse sin el Otro para no sufrir sus caprichos, pierde la vida, por lo tanto no le queda otro camino más que no elegir, o en todo caso se trata de una elección sin opciones. Sólo un camino posible, buscar en el Otro ser constituido ahí donde el Otro con su lengua lo cifra, lo nombra.

Cuando una mujer se ocupa de los hijos, es decir cuando acepta encarnar a la madre, es “no toda” madre. No es madre completa que todo lo puede. Solo puede algo. Y claro que sostener este lugar, no es sin síntomas, sin sufrimientos.

La posición femenina es una de las garantías de la eficacia de la función. Posición que la hace mujer deseante de otros objetos, no solo de su hijo. En tanto la madre pueda hacer lugar al padre en su estructura y dice no, a la demanda excesiva de su hijo y dice no, a la excesiva demanda interna; habrá más posibilidades de construir un vinculo madre-hijo mas saludable.

Entre madre e hijo hay disparidad radical. No hay similitud. Hay diferencias como en todo vinculo. Tal vez se trata de dar cuenta de la imposible armonía de esa relación y renunciar a ese ideal de armonía producido por la ilusión de haberlo engendrado o de haberlo elegido como hijo.

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
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www.aabramendoza.com.ar