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La petite mort de la Grande Dame

Mara descubre en su columna semanal que el orgasmo femenino abrió otra puerta, la petit morte. Los segundos conocidos por pocas mujeres que hacen que las demás digan: "¡Me quiero morir!".
No perdás esta columna. Pasala.
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Algunas de nuestras estadísticas asustan más que William Friedkin, como por ejemplo que somos uno de los 10 países del mundo en donde la gente pasa más tiempo en Facebook, que somos uno de los más adictos al psicoanálisis o (quizás esta sea la que realmente da terror) que cerca del 40% de la mujeres argentinas jamás ha tenido un orgasmo.

¿Serán los 7 minutos que les alcanzan a ellos para hacer todo, mientras nosotras recién empezamos a volar a los 15?

¿Será que han visto tantas porno que creen que nosotras gozamos de esa manera?

La cosa es que yo andaba con mi estadística de pasillo en pasillo cuando, un día, la señora por excelencia y embajadora de la bebida nacional me dio una lección de vida que jamás olvidaré.

Yo la había conocido años atrás cuando ella pasaba por delante de mi escritorio personificando a Miranda Presley en la actitud y encarnándola en el poder, mientras yo preparaba la próxima degustación. Por aquellos tiempos ella, claro, no me veía. Yo recién llegada a la empresa, sólo daba una mano con las visitas guiadas.

Ahí estaba yo, con el trabajo más representativamente mendocino desde el gran salto de la industria vinícola: la hostess, fabulando una historia distinta en el recorrido de siempre, inventando alguna maldición indígena e intentando entre todo el speech meter un chiste, todo impecablemente de memoria y en inglés.

Ella, mi coequiper senior, era de esas que raramente iban a durar en el puesto por mucho tiempo. Se movía entre las barricas con un don envidiable y hasta era capaz de hacer extraer muestras de alguna, al azar, vaticinando en qué estado se encontraría ese vino, dando cátedra ante un grupo de turistas.  Uau… Podía dejar boquiabierto al más experto francés.

Era tan pero tan eficiente que varios fantaseábamos con que tenía las llaves de la gran bodega, llegaba antes que nadie, se iba pasada la media noche. Más tarde supe que se había casado con el dueño (mucho después, que se había quedado con la bodega).

Hace días, un encuentro entre prensa especializada me llevó a ella otra vez. Y creo que el alcohol y la defensa del género me pusieron en un lugar de confesora que no me correspondía.
Después de la recepción, las fotos y los discursos protocolares, logré una nota que se haría en su habitación, en ese mismo hotel.

Frente a su suite llegábamos conjuntamente su room service y yo. Recordé al mirar la bandeja con champán su desayuno favorito de antaño.

No nos hizo esperar. Me invitó a sentarme y se sirvió sólo ella sin ofrecerme a mí mientras empezaba apurada a hacer un relato a borbotones de su vida, de su mundo empresario, de la defensa de la industria, de los farsantes, del auge de las pseudobodegas, de las fachadas para esconder otros negocios, de lo genuino del suyo, de su valentía, de su audacia, de su condición de mujer. (Uff, por suerte, yo había alcanzado a presionar rec en el grabador).

- Mara, el mundo de los negocios es como el mundo del sexo, fue pensado para hombres, para que sólo ellos pudieran ganar. Parece que en algo les ganamos de mano… - y se echó a reír a carcajadas, mientras se servía champán por tercera vez.

Sin entender demasiado, repasé la frase dos veces mentalmente y le sonreí, no muy convencida.  Ella siguió:

- Yo he vivido todo. Desde el cansancio de trabajar por dos hasta el ocio extremo que te deja la soledad, desde el desmerecimiento por ser mujer en un mundo de hombres hasta el poder que también te da serlo. He vivido el amor de mis amantes y el desamor de mis maridos. Y cuando llegué a una edad en que pensé que ya no podría descubrir nada más… experimenté volver a nacer.

(Supongo que dejó un silencio para un comentario mío que no pude pronunciar, porque a esta altura, reconozco, yo había perdido el hilo).

Sin importarle mucho, sirvió su copa otra vez y siguió:

- De grande aprendí que las mujeres tenemos más que un sexto sentido. Nosotras somos capaces de resucitar– dijo, terminando lo último que quedaba en la botella.

- Podemos vivir la petit mort- y apoyó brutalmente la copa sobre la mesa de vidrio.

-¿La petite mort?- le pregunté pensando inmediatamente en las estadísticas de infartos femeninos.

- Sí, la petit mort, el desvanecimiento absoluto que sólo se desencadena luego de orgasmos magníficos. Esos que sólo yo me puedo provocar. Esos que me trasladan a la irrealidad, que toda mujer imagina en cada cita fallida, la inconsciencia que me lleva a olvidarme de quién soy.

Me explicaba, poseída, con los ojos enrojecidos y la mirada perdida. Contando cómo había logrado librarse de esos absurdos que le estaban encima cronometrando un tiempo glorioso y dejándola exhausta sin advertir su abulia. Como una vampira relataba sus pequeñas muertes y algo me decía que se habían transformado en su fetiche de la madurez.

Pensando que ya había obtenido mucho más de lo que había ido a buscar, me fui de la habitación con ese diamante en mi grabador mientras ella se quedaba ahí, contra la gran ventana y en la antesala del éxtasis.

La grande dame había alcanzado más de lo que había soñado. Y me dejaba a mí, desmedidamente ambiciosa por conocerlo todo, con la sensación de que algo me faltaba a partir de ese momento.

La petite mort… pensé, otra cosa más que deberíamos, de ahora en más, alcanzar las mujeres.