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Tu hijo y la violencia, en el lugar menos pensado

Laura Alcaraz, psicóloga, se mete en esta columna con la violencia que sufre (o infringe) tu hijo en la escuela. ¿Te interesa el tema? Prendete con la columna psi de MDZ, mandá tus comentarios y preguntas. Compartí esto con tus amigos.

Los niños van a la escuela porque es el lugar donde experimentan el reconocimiento como sujetos, de sí mismos, de los otros, donde pueden ser pensados, escuchados… Que la violencia acontezca en la escuela indica la gravedad de la  problemática social. La escuela padece y se alimenta de los síntomas que aquejan a nuestra comunidad.

La violencia constituye un fenómeno que, básicamente, está determinado por la ruptura del lazo social.

Cuando el "otro" pierde su estatuto de "otro", de un semejante, entonces, rápidamente se desdibuja la vinculación que sostiene la relación interpersonal, es decir, el lazo social. Este es el enlace libidinal -diríamos los psicoanalistas- que nos sostiene al otro y que está regulado por una serie de normas, que no son solamente “leyes” en el sentido normativo formal, sino que son legalidades en sentido ético, y tienen que ver con la importancia de la preservación de los lazos con los otros.

Los argentinos, desde hace varias décadas, venimos padeciendo un proceso profundo de destrucción del lazo social: la dictadura militar, la desaparición de personas, la impunidad, la corrupción, la década de los 90 con el impacto que produjo un individualismo sostenido en la lógica capitalista. A principios de este nuevo siglo, significantes tan fuertes como “Que se vayan todos” apuntaron el descredito  y la consecuente desconfianza en las instituciones en general y de la política en particular.



Todo esto y tantos otros hechos han impactado fuertemente sobre el lazo social, sobre la idea de que el “otro” no es un semejante en quien puedo confiar. Se produce así una ruptura, se percibe en todos los intercambios: cada vez más, los grupos de pertenencia quedan reducidos a la familiaridad más cercana, a los que son absolutamente iguales, y cualquier diferencia en esa vinculación social rápidamente aparece connotada como algo peligroso, extraño y problemático.

Y cuando el “otro” deja de ser otro y, por tanto, semejante, rápidamente pasa a ser un extraño, ajeno, y enemigo. Que sea un ajeno quiere decir que yo puedo prescindir de su presencia o puedo no sentirme éticamente comprometido con su destino o existencia. El acto violento sostiene esta falaz resolución de una encrucijada: él o yo. Este, cualquiera sea su forma intenta eliminar al interlocutor, intenta eliminar la diferencia.



Ciertos discursos ideológicos y políticos reducen el problema de la violencia a un problema de seguridad, como si se tratara de defenderse adecuadamente del otro y no de recomponer los lazos que unen en un destino común a todos los que tenemos la posibilidad de compartir una misma realidad. Otros discursos lo ligan a “dificultades psíquicas, familiares, de clase social” limitando así la comprensión del fenómeno. Vincular unidireccionalmente la problemática de la violencia a una sola variable, desdibuja la complejidad de la misma, reduciendo no solo la visión del problema sino también simplificando, muchas veces sin ingenuidad, la posibilidad de abordarla.

Por otra parte, la escuela constituye el último espacio de amparo social; es la única institución que persiste con una cierta entidad para generar protección. Es aquella que, debería facilitar, el movimiento de clases, el lugar donde se gesta el cambio social.

En algunas comunidades es incluso la única institución en la cual el Estado (que en gran medida abandona la protección de los derechos sociales fundamentales), está presente.
Con el nivel de anomia existente, la escuela sigue siendo el único espacio donde se lucha por la instalación del valor del conocimiento, de la palabra, de la importancia de la convivencia.
En el medio de una sociedad fragmentada, las escuelas quedaron en el ojo de la tormenta. Ante la tarea de incluir a chicos que la mayoría de las instituciones excluye –inclusive la familia-, son escenario de múltiples conflictos en los que prima la agresión y la violencia.

¿Será acaso conveniente  preguntarse por qué la violencia elige el ámbito escolar como sede de sus manifestaciones?

Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga UBA
Mat 1036
lic.lauraalcaraz@aabramendoza.com.ar
www.aabramendoza.com.ar