Ya no hay mujeres
Ok. Ya no hay hombres. No existe más el galán de antaño, el tipo de bien, el que se elegía para toda la vida. No existe el imaginario de las películas que, después de recogernos de la calle, mirará divertido cómo incendiamos su tarjeta de crédito en un nuevo guarda ropas o el aventurero que dejará de serlo para mudarse a una casa campestre con nuestros hijos, mucho menos el que nos esperará diez años para buscarnos en París. No existe ni siquiera aquel que escondido en nuestro inconsciente emularía a esa figura paterna.
Las mujeres hemos instalado sistemáticamente la frase y ya convertida en cliché se torna casi una verdad. Ya no hay hombres…
Bueno. En realidad sí, hay. Como mi ex pareja que es artista, él es tan cool, light, un poco rocker y un poco pop. Vive en un loft en la Quinta y jamás lo llaman por su nombre. No es el príncipe azul del que nos enamoraríamos años atrás (uno verde agua quizás). Está muy lejos de una seguridad económica, de ser protector, y de querer lavarnos la cabeza como Robert Redford a Meryl Streep en África Mía . Es más bien el que se mira todo el día en el espejo, cambia dos o tres veces por temporada sus Ray Ban y el que destina buena parte de sus ingresos a un personal trainer. Es más bien nuestro mejor crítico de moda y el ¡es un divino! para nuestras amigas. Sin pensar en el futuro se compró una chopera de un solo asiento y anda mirando minis (Coopers) cada vez que piensa en grande. Abonado a todos los eventos sociales y también a todos los after office, después de salir con una interminable lista de diosas mendocinas, logró tener una visión muy particular de lo que buscan los hombres hoy. Yo traté de definirlo, pero a pesar de haberlos observado de cerca y haber pasado horas bukeando para encontrar una respuesta pensé en juntarme con él. Un campeón de aceptar amigos en Facebook.
¿Qué buscan? – le pregunté a mi ex mientras nos sentábamos en el Bute.
Una mujer de verdad –me dijo a mí- y un capuccino descafeinado –le dijo al mozo del bar-.
Retrógrada yo, se me vino a la cabeza una chica bien. De ésas que para sacarse el arito de perla necesitaría una cirugía mayor. De ésas de jean pre lavado y un poco sueltito, camisa rosadita con un cactus de centímetro y medio bordado en el corazón. La chica del barrio Bombal de antes. De padre abogado y madre psicóloga. La que le huye a las peluquerías y trata con muchísimo cuidado al animal print.
![]() |
Ya no hay minas de verdad. La que no es gato, lo único que quiere es casarse, me decía él, mientras ojeaba la sección espectáculos del diario.
- Acá está, viste, la publicaron, estoy exponiendo en los pasillos del Hyatt –y soltó una mirada que creo haberla visto en Zoolander-.
Como si nada había cambiado el chip.
Pero yo, en cambio, atendía a su reclamo (¿masculino?), inducido quizás más por las publicidades de mandá bebota al 2020, que por una racionalización de su soledad actual. Me animé a contestar en voz baja, “… y sí, tenés razón, coincido: ya no hay mujeres.”
Y claro que no. ¿Y cómo habríamos de existir bajo esos parámetros?
Las mujeres nos fuimos transformando a pedido masculino y por decisión femenina en seres
muy extraños. Cómo esos proyectos en dónde todo el directorio opina pero se le termina haciendo caso a la chica de la limpieza. Tanto ha sido la alienación que lo que se ve, si uno toma un poquito de distancia, son siliconas en metro y medio con aclarado en las puntas y un libro de Bucay abajo del brazo, haciendo cola en la caja del super.(¡Un esperpento!).
La intelectual se hace masajes reductores, la hueca estudia libros de autoayuda en los bares.
Atrás quedó aquella que sólo cultivaba su espíritu y más lejos la que disfrutaba de no tener nada en la cabeza. (Ahora hay que bancarse sus citas aprendidas de memoria y sus cursos express). Tratando de encajar con el arquetipo de mujer -pulposa- inteligente las mujeres no saben para dónde agarrar.
Señores: ¿Podrían ser más específicos?


