El purgatorio del agnóstico en Dorrego Lover
Él es un hombre que mastica y fuma, acodado en la barra de un bolichón de Dorrego Lover, que cerró hace 20 años. Quedó inmutable, en mute, estatuado por la diáspora, con algunas muecas.
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Por la zona las casas no son más las casas. Son altos edificios que erigen una ideología, montan una superestructura del abismo entre el cielo y el infierno. Eros y Tánatos bailando un minué rapeado, guiñándose, quedan como testigos del contraste de vientos y mareos en la cuadra.
La ginebra sigue ahí, tibia en agosto, hirviendo en eneros lentos. El fuego lo ha consumido todo. Sin embargo, él sigue allí, acodado en la barra del bolichón, como muñeco de amianto, esperando. Está como duro, tieso, recóndito, pero sí puede vérsele una lágrima congelada en la mejilla izquierda.
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Es un duro. Un duro que lloró y congeló su lágrima, tal vez como testimonio de un pasado de olvidadizas entregas. De fetiche nomas está él acodado, masticando y fumando en el purgatorio del agnóstico.
El peritaje indica que tiene dos orificios de bala. Uno en el pecho a la altura del corazón, y otro en la sien. Pero insisto, el tipo mastica y fuma quieto, duro, con la lágrima congelada en la mejilla izquierda, acodado en la barra de madera, desierto el salón, chamuscados los sillones y las cortinas.
Ni una lengua de fuego ha podido rozarlo. El agnóstico no cree ni deja de creer. Se queda ahí acompañado de su ginebra sin importarle la existencia del edificio que sombrea la vereda fresca. Si hasta se ignora a sí mismo, como hacen las moscas cuando copulan sobre el filo de un cuchillo dentado.
Y como no tiene un mito que lo sostenga, el desangelado se apoya en la madera con el codo y se tira a esperar que lo llamen por el apellido o por el número que no ha sacado en la puerta de entrada. Su particularidad es que “ya no cree ni en el escepticismo” (Mario Franco dixit).
Está aggiornado a la pereza y al ocio que transmiten los veranos tórridos. Pegoteado como un caracol a la hoja. Pintado como en un cuadro de Hugo Martí, en plena desolación de un bar cualunque, el agnóstico casi no respira por pitar el último suspiro.
Nada. Lo vi y me detuve unos minutos a observarle el humo del tabaco que tejía anillos de colores sobre su sombrero. Creo que él es el hombre. El hombre de la transición. El hombre frágil del cartel. El último hombre de la propaganda de la vida.

