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El utópico hospital de Bowen

Daniel De Monte es un médico y concejal socialista de General Alvear que reflexiona sobre la situación de la salud en su departamento. En particular, se enfoca en el proyecto de construcción de un hospital. Una nota sobre la salud, en primera mano.
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La salud como derecho fundamental

La protección de la salud y la prevención de enfermedades  son reconocidas universalmente como un derecho humano fundamental, además de ser un derecho social básico.

Si bien este concepto se encuentra consagrado en la constitución nacional de la gran mayoría de los países del mundo, está ausente, al menos explícitamente, en nuestra propia Constitución, lo cual es un dato al menos inquietante.

Tal vez en otras épocas haya sido una cuestión tolerada, allá cuando la ciencia y la técnica daban sus primeros pasos en pos de una vida mejor; pero ignorar esto en la actualidad es una falta grave.

En nuestro país, los años de crisis económica, política y social no han sido gratuitos. Se ha producido un gravísimo desequilibrio de identidad e integración nacional, de representatividad, de participación, lo que ha calado incluso en los valores de toda la sociedad. En los ’80, en los ’90, en consonancia con los golpes recibidos en el país, se propició un arquetipo de sociedad egocéntrica, fomentada y tolerada por varios que hoy se hacen los distraídos. Esto dio paso a la especulación y la corrupción bajo el lema “Sálvese quien pueda”. Se abandonaron valores esenciales tales como la solidaridad, la igualdad, la justicia social y la otra.

Se redujeron recursos  para  educación y salud, entre otros. La solución más ingeniosa fue transferir varias instituciones públicas dedicadas a estos tópicos a las provincias, municipios o a la “autogestión”, sin partidas que garantizaran el buen funcionamiento. Junto a la por entonces festejada ausencia del Estado, se generó, sin inocencia, la expansión de la mercantilización tanto en educación como en salud.

No es casual, entonces, que el resultado sea marginación, desocupación o subocupación, y déficit nutricional en amplios sectores de la sociedad, con el altísimo precio de las secuelas psíquicas y neurológicas, sobre todo en la población infantil.

 
La salud y su servicio como signo de igualdad


Indudablemente, debemos construir una democracia mucho más amplia, donde el valor primordial sea la igualdad.

Por ello, cuando se discuten políticas públicas, el concepto de igualdad no debe ni puede ser soslayado. La verdadera democracia, la sustancial y participativa, no es tal si, desde que un niño nace, le coarta sus posibilidades de desarrollo, de salud, de educación, de juegos.

En nuestra provincia, otrora “rica”, solidaria y hasta progresista, no debería haber diferencias entre un niño que nació y creció en pleno centro capitalino o en Cochi-Có (General Alvear) o en El Manzano (Malargüe) o en un puesto de Ñacuñán (Santa Rosa).

Para esto, deben asegurarse, entonces, los derechos ciudadanos sobre el avance de la igualdad, garantizando de este modo, insistimos, iguales posibilidades de acceder a derechos y servicios que permitan desarrollo y superación.

 
El derecho a la salud de los pueblos

 
Hay pueblos que se acostumbran al regateo con el jefe de turno o con oscuros punteros. Hasta en un alarde de audacia insurrecta, los “viejos2 impulsan a los más jóvenes a alejarse de la realidad, mientras se sobrevive, resignación y letargo mediante, en una siesta interminable.

Ante la impertinencia de alguien que pide edificios dignos, mayor atención sanitaria, etc., se apela a complejas fórmulas estadísticas cuyos cocientes numéricos aconsejan no implementar determinadas prestaciones.

Se ofrece a cambio remiendos baratos, confundiendo educación y salud con gasto. Mientras tanto, los dineros se acomodan en otros bolsillos.

La necesidad de un pueblo en particular, como ejemplo

Tomemos uno de estos pueblos alejados. Desde sus orígenes, el distrito alvearense de Bowen no se resignó a nada. Ni a lo agreste de su hábitat, apenas morigerado por las aguas del desfalleciente río Atuel ni a las calamidades climáticas. Ni siquiera a esa traición a la Patria que fue el desmantelamiento del ferrocarril, logrando mayor aislamiento, más pobreza y hasta la desaparición de pueblos enteros, entre otras desapariciones.

Bowen honró su origen nada fácil y defendió utopías. La de los desmontes entre criollos e inmigrantes, la de los canales a pala de buey en arenales indomables, la de la Ruta Nacional 188 versus las vías.

Desde hace muchos años ese rincón mendocino sostiene otra utopía: la del hospital local. Muchos han sido los proyectos  desde distintos sectores sociales y políticos. Proyectos que han colisionado siempre con aquellos cocientes numéricos, con remiendos de poca monta en un Centro de Salud insalubre o con presupuestos propensos a otra cosa.

Sabemos que Bowen tendrá su hospital. Ese día, lejano o no tanto, sin próceres, sin héroes, solo con la dignidad que procede del trabajo honesto, perseverante y solidario, será un hito y un acto ejemplar para todos. Pero fundamentalmente para los recitadores crónicos del “no se puede”; para los que siempre han priorizado posturas sectoriales por sobre el interés colectivo y para los que prometieron antes de cada elección y no cumplieron jamás.