Mentiras
Cómo la mayoría de las noches puse el despertador a una hora absurda que yo desconocí cuando sonó a la mañana siguiente. A la hora de la verdad me levanté, me duché pensando ser otra y comencé a vestirme intentando que una mentira tras otra ocultara que sí me interesan las tendencias y esos centímetros demás que siempre deja el invierno. Sin mirarme verdaderamente al espejo mentí por última vez antes de salir a la calle.
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Me encontré allí con que yo no había sido la única. Mi vecino me saludó en el ascensor con extremada prudencia en presencia de su esposa, el portero simuló estar pasando el paño por el cerrojo de la del cuarto piso y más abajo en las cocheras se despedía de su amante, vecino mío también, una mujer en una Surán con la familia ploteada en la parte trasera.
Más avanzada la mañana y ya metida en pleno centro viví mentira tras mentira, entendiendo que el juego no era poner en evidencia al mentiroso sino mentir mejor que él.
Me batí a un duelo de mentiras en AFIP con el que te informa y la que te atiende. Siguió la trampa en el banco, en el teléfono y con esa amiga que me topé y hacía 20 años que no veía.
Ya sentada frente a mi computadora pude observar como todos en esa oficina mentían escudados tras sus pantallas tratando de ser lo que nunca serían.
Alguien, para relajar, contó una anécdota imposible de ser y todos a sabiendas lo festejamos dándole a la mentira la entidad que le correspondía.
Pensé en lo bien que nos venía a veces la mentira y recategorizándola, se volvió para mí bastante lógica. Ok, la mentira podía ser un airbag contra la realidad.
Si nadie nos mintiera inescrupulosamente en los avisos publicitarios jamás empezaríamos una dieta ni votaríamos este domingo. No volveríamos a fantasear con que estamos comiendo ese combo de hamburguesas, no creeríamos que sí va a salir esa cantidad de jugo de las jugueras, desestimaríamos todo esfuerzo por vencer la celulitis, no encargaríamos muebles y sumaríamos los gastos de patentamiento al precio del 0km.
Tampoco fingiríamos placer, lo cual, sería una señal de poca generosidad para con el otro, no caeríamos en los chats, no compraríamos planes de minutos libres y vuelos al exterior a precio de cabotaje. No perderíamos un segundo con los avisos de Llame ya, los mensajes al 2020 y no guardaríamos, en ese cajón especial las garantías de los electrodomésticos.(sí, ésas que nunca tienen validez).
Entendí, entonces, que la mentira era una posible esperanza con mala fama. Un código aceptado que nos permite ese margen de posible verdad.
Y tal vez sea innata en nosotros y sepamos desde ese lugar que éso, mami, no es un antojo, para que luego el sistema educativo formal y familiar nos obligue a mentir, por miedo al castigo. Así comenzaremos a ocultar errores. Más tarde nos daremos cuenta de que no somos expertos en ocultar, pues somos siempre descubiertos y el castigo se hace efectivo por partida doble, o por lo menos uno y medio. Ahí, en ese momento, nos daremos cuenta de que existe una manera de ser honestos: mentir. Comenzaremos una eterna carrera de mentiras, creciendo. Ya más grandes nos daremos cuenta de que los castigos antiguamente denominados amonestaciones, retos, gritos, semanas sin hacer…días sin TV, serán llamados juicios y prejuicios.
La sociedad castiga sutilmente o no tanto y como parte de ella nos creamos castigadores también. Es entonces cuándo mentir se transforma en algo que no sólo anula hechos sino que además puede embellecer actos propios y resolvernos como socialmente inimputables.
Las mentiras necesarias
El ojo de bife de 500 grs a punto.
Los diagnósticos de mecánicos de autos y técnicos en computadoras.
Las finas hierbas.
Los renders de los proyectos inmobiliarios.
Las sonrisas de los políticos en los afiches.
Sos el primero que me hace hacer algo así.
Además de linda, sos inteligente.
Este negocio está empezando. Si ganamos, ganamos todos.
Los outlets.
Los zapatos sadomasoquistas, hechos para gente que no camina.
El pelo de las modelos con los nuevos shampús. (Como las que se hacen un nudo)¡Esas me matan!
Las mejores mentiras son las que esperamos que nos digan.

