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El precio del sexo

El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse. (Friedrich Nietzsche). Así empieza Mara su columna semanal, en donde se hace una pregunta: ¿cuánto vale realmente?

Ok, 60 pesos en un sauna, 300 pesos algo de un book trucho y unos 600 sacando una pseudobotinera de algún bar en Recoleta. También dicen que Moria le cobró a un conocido abogado mendocino unos 5.000 australes, en su época dorada, cuando trabajaba con Porcel y Olmedo. Y también sabemos los cientos de miles de pesos que perderán los diarios con el nuevo decreto de Cristina. Pero todo eso lo vamos a dejar para otra columna. En ésta, yo quisiera hablar del valor del sexo en otro sentido.

Ya todos sabemos, desde la aparición del psicoanálisis, que el ser humano está atravesado por la sexualidad desde que nace hasta que muere. Y ésta por el deseo. Ese deseo que transmuta en objetos y pasa por innumerables focos.

Mirándome un poco el ombligo pude ver cómo mis puntos de deseo se fueron moviendo regidos por el sexo. Más claramente por el valor que le fui dando a lo largo de mi vida. Reconozco haberle dado, en mis inicios, una dimensión algo… extrema. Llegado el momento ese gigante detrás de la puerta dejó ver a un pequeñísimo e inofensivo personaje que, la verdad, tuve que recomponer en mi psiquis para que volviera a un tamaño con el que yo pudiera entablar relación de igual a igual.

En el transcurso de este proceso, comparando dimensiones, traté dilucidar cuánto me había costado y cuánto valor realmente tenía. Pude ver con claridad y casi cuantificar los costos (de valores ni hablar) de la vez que es indefectiblemente inolvidable: la primera. De ésta me costó que fuera una experiencia para tachar del calendario y que la segunda tratara de remarla y, consecuentemente, que las próximas fueran copias perfectas de escenas de películas (tipo softcore, con movimientos que van desde la nuca hasta el tobillo, compases de ocho, luz tenue y…..uf! eso sí que era agotador)

Maduraba y ya no trataba de imitar a  Sharon Stone en Bajos Instintos, peor aún, estaba ensañada en imitar a Meryl Streep en “Puentes de Madison”. Por aquellos tiempos (ahora me doy cuenta) el sexo me costó la confusión de creerme enamorada cuando en realidad estaba recibiendo placer. Después  me costó la crítica de mis amigas por confesarme devota a él y me costó también, la mirada inquisidora de mis padres cuando descubrieron que efectivamente (sí) lo practicaba, y peor aún, que sus amigos y parientes podían enterarse.

El costo del sexo fue más grande todavía cuando yo me hice más grande, o sea, cuando me permití disfrutarlo con la libertad con la que uno disfruta de un libro que está en una inmensa biblioteca; allí está esperándote, sólo tendrás que tomarlo, leerlo y después dejarlo en su lugar, nadie saldrá dañado. (El costo fue ver la cantidad de libros que me había perdido y la incertidumbre de no saber si podría leer todos los exhibidos.)

No me quejo, puedo ver observando ombligos ajenos que el costo para mí no fue más que para otros, ni que el valor estaba tan alejado de lo que otros le daban.

 A algunas en Mendoza el sexo les costó el matrimonio y a otras tantas, que recordamos siempre divinas y hoy vemos por la calle intentando sostener el pasado con bótox e hilos de oro, el sexo les costó la soledad.

Sé que a muchas el sexo les valió un trabajo, les costó un puesto y les vació la billetera. Sé de otras para las que ya no vale nada. Ya no vale ni el buen trato al día siguiente, ni la salud mental de los hijos. No vale la inminente infidelidad ni la propia deserotización.

Para algunas esposas el sexo (con el marido) vale la armonía familiar. Y en épocas de soltería vale autoestima tenerlo y cuesta lo mismo su ausencia.

Entonces: ¿cuánto vale el sexo para nosotras? Podría decirse que, como todo, vale tanto como una lo necesite.

Pero… ¿Cuál será el costo para un hombre?)

El costo de un hombre salta a la vista.

El sexo le costó a Napoleón una dudosa reputación que pone en tela de juicio sus ideales, le valió a Allen mil guiones y le arruinó la mente a muchos expectadores de “Atracción Fatal” (desde esa película todos sospechan que en algún momento nosotras les vamos a hervir el conejito)

El sexo le costó a Cóppola tener que ser padre, otra vez,  a los 70, a Susana un cenicero y 10 millones, a John Bobbit le costó unos 12 cm, y a Clinton que su esposa lo humillara quedándose con él y con todas sus aspiraciones políticas. Sin embargo tampoco dejo de pensar en el valor que tuvo para la Lewinsky (así gordita y fea, ya va por su segundo libro) Lorena por su lado no se cansa de facturar con las remeras “Love Hurts” y Roviralta… ¿lo habrá gastado ya?

Ni hablar que el sexo le costó al jefe de la banda del famoso robo al Banco Rio, que su ex mujer celosa de su amante lo mandara en cana. (que bolú.. por Dios)

Sabio amigo el que me cuenta que los hombres se sienten deudores después de tener sexo. En el caso de que no paguen, ellos sienten que deben, al menos, llevarla a casa. Si la ocasión se repite, ellos deben ese llamado de cortesía al día siguiente. Y así, acumulan deberes según acumulan encuentros sexuales con la misma persona hasta deber la mismísima convivencia. Es increíble cómo dos personas no pueden tener sexo sin que exista el reclamo en el medio.  Y lo peor de todo esto es que somos nosotras quienes nos presentamos, generalmente, como las acreedoras.

Es evidente; me  es imposible ponerle un costo o valor determinado. Estos mutan con los años como si algunas veces fuera en dólares y otras en euros, siempre a los mismos valores, con el mismo esfuerzo, a un precio liberal. Lo único que me queda claro es que para aquellos que alguna vez dejamos pasar el amor, el sexo nos resultó un refugio perfecto para su representación más parecida. Una forma de atrapar el amor de a ratos. Defiendo también que es posible que ésa sea una manera de vivir más feliz, pero que es absurdo para todos, en esta guerra nula, separarlo de emociones inesperadas.

“El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores”
Woody Allen