Lo que nos robaron
Se pierde, no como algo que se cae de repente sino como aquello que se diluye y sin darnos cuenta un día ya no está. Se pierde la magia de ser elegidos y el misterio del cómo. Nos emparejamos, cada vez más, nos mezclamos. Nos parecemos. Supongo que esto es lo que nosotras buscábamos pero, mal que nos pese, se hizo daño con la igualdad deseada.
Acá está, éstas somos, y éstos son ellos, los que nosotras dejamos. Hombres que aprenden otra forma de ser hombres. Hombres que, como si hubieran sido advertidos, lo aceptaron como venía. (Y vamos a reivindicar esa astucia del género masculino en cuanto a su capacidad de aceptación, casi estratégica, cuando las reglas les juegan en contra).
Nosotras luchando por la igualdad fuimos robando, a la vista de todos, su Mundo, sus códigos. Ellos calladitos esperaron el momento y se quedaron con lo más grande.
Mujeres masculinas. Cada vez más y con sonrisas corporativas subidas a autos enormes, a vencimientos mensuales y a Blackberries en llamas. Hombres femeninos. Con los niños en las plazas, llorando desengaños o eligiendo alguna botita que les combine con el pantalón.
Nosotras en la carrera nos quedamos con lo que nunca fue nuestro, a ellos no les quedó más que tomar lo que se nos fue cayendo en el camino.
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Resolvieron el planchado de camisas con sus madres y el vacío del almuerzo familiar con “almuerzos de trabajo”.
Vejaron nuestro control sobre los cuadernos de comunicaciones, los cumpleañitos infantiles y las amistades de los chicos.
Se quedaron con nuestros espejos, por lo que, esencialmente, se quedaron con nuestra vanidad. Se robaron la histeria, las dietas, los gimnasios y las novelas de Echarri. Los pantalones chupines, el cortadito mediano (¿ustedes no tomaban café?), la decoración de interiores, los daikiris de frutas tropicales y las escenitas de celos.
Cuerpo a cuerpo les robamos las horas fuera de casa, las juntadas con amigos, las reuniones de negocios, la política, las carreras universitarias y el vino tinto. Y fuimos por más. Les quitamos la noche, ésa que, por supremacía absoluta, les pertenecía.
Desafiamos nuestra propia herencia cultural sacándoles el poder absoluto, las grandes decisiones familiares y llegamos por fin al control remoto. Les importó nada. Inmunes, se quedaron con nuestras series preferidas mientras nos robaban el alicate.
Les robamos el derecho a la infidelidad (ahí se quedaron mudos). ¡Les ganamos el stress!, Y nos quedamos con sus gastritis, sus dolores de cabeza y su mal humor. ¡Somos unas genias!
Les tocamos el fútbol armando equipitos los sábados y dejándolos a ellos con el mate y la cámara de fotos. Les pusimos una Rampolla que, como si nada, los desautorizó a ser dueños de todo el placer. Y nos quedamos, por fin, con orgasmos reales. (En muy poco tiempo les diremos “dale, yo te espero”). Les robamos, con tremendo descaro, el levante y ellos se quedaron con nuestro rechazo. (Aquel NO que establecía la diferencia ahora también les pertenece).
Pero entre tanto saqueo inescrupuloso ellos dieron un salto que no esperábamos. Impúdicos e inimputables se animaron con lo más sagrado: los hijos. Cada vez más hombres con sus hijitos detrás, en fila, ocupándose de asuntos que eran de mujeres. Cada vez más niños de parejas separadas que piden vivir con el papá.
Ese vínculo que parecía inquebrantable se despedaza frente a éstas que somos ahora, ya incapaces de pelear por más, y se roban un amor absoluto que por orden natural nos era intocable. Se llevan, en definitiva nuestra identidad, ésa que nos hace mujeres por naturaleza.
Todos, ellos y nosotras, buscando eso que nos falta, esa parte del otro que jamás tendremos, ese deseo voraz por llenar el vacío y ser completos. Algo que nos mantiene vivos, reinventándonos todo el tiempo pero que nos deja pérdidas. Y la de los hijos es imperdonable.
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