Un árbol como ofrenda urbana para espantar a los fantasmas del frío
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Ya era como las 11 de la noche cuando un fuerte destello al fondo del callejón rodeado de algunas pocas casas habitadas por gente trabajadora sirvió de faro. No había calle que condujera hacia el origen, pero se fue armando sola entre montículos de tierra mal acomodada y algunos restos de basura mal tirada.
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Era un árbol. Un álamo viejo, que sucumbía ante las llamas. ¿Purificado, tal como lo hacían los antiguos, muchas veces, hasta con los humanos? No, prendido fuego, sacrificado como ofrenda por parte de un grupo de pibes que querían asustar y espantar (de ser posible para siempre, a juzgar por el brillo de sus ojos) al fantasma del invierno.
Hubo que frenar y hablar con los protagonistas del asunto, a esas horas, con esas temperaturas, y justo cuando en el auto –con calefacción, por supuesto- la temperatura marcaba uno bajo cero y la radio 89.1 contaba que en Malargüe el termómetro había marcado una mínima de menos diez.
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El “¡ché!, ¡que hacen!” resultó estúpido, vigilante, inoportuno. Pero la impresión primaria fue “paren de eliminar los árboles de la zona” que, dicho sea de paso, es una realidad en una zona otrora tan verde y hablamos, conste, de El Sauce y El Bermejo.
Pero nadie se inmutó. Los pibes sonrieron., Uno traía una pala y otro tres tachos de pintura. Mirando entre las chispas que empezaban a tomar parte del yuyal colindante, aparecieron como siete más.
“Qué frío de mierda, ¿no?” respondió uno que, como burgués asustado, pensé que desenfundaría una pistola y me ahuecaría por completo. O al menos me dejaría herido. Pensé hasta en cuántos metros tenía para llegar herido hasta mi casa o si enfocarle con el auto hasta el hospital más cercano.
Todo eso, al pedo.
“Es que nos recagamos de frío, don”, dijo el más chiquito, de unos 4 años, pero que pudo haber registrado en su documento el doble, malalimentado, pero vivaracho.
- ¿Pero van a pasar la noche aquí?, les pregunté, más asustado ahora por ellos que por mí.
- No –largó la carcajada el de unos 12- ni en pedo, nos puede pasar algo. Acá hay gente que te caga a tiros –dijo, confirmando que ese mismo miedo, real o ficticio, lo tenemos varios.
- ¿Y entonces? ¿Por qué hacen cagar un árbol?
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Finalmente se supo.
La ofrenda bien ofrendada estuvo. Se calentaron iluminados por ese fuego que, a estas alturas, y aun ateo, consideré bendito. Y cuando las brasas estuvieron listas, se las llevaron en los tachos.
Les avisaron a otros vecinos que aprovecharan el asunto, para no perder tantas calorías producidas por el incendio.
- ¡Ché! ¿Guarda con el humo que larga dentro de la casa!- fue lo único que les pude decir antes de volver a subir al auto, sacar las fotos de lo que quedaba con el celular y entregarme –a muy pocos metros de distancia, en la misma zona en donde mis hijos seguramente se cruzan con ellos a cambiarse figuritas de la Copa América, a los beneficios de no ser pobre.




