Truco en el barrio privado
Seis participantes, horario restringido y una sola condición: no se aceptan solteros, ni recientemente separados.
El grupo se formó casi por accidente. Fue una primera vez, de ésas que se piensan como única. La verdad no fue algo premeditado. Un respiro semanal a los reclamos de familia, una salida sin salir.
El truco dio el pie para inventar los encuentros y si bien no eran todos del mismo palo estaban mezclados en la misma baraja y todos dijeron “quiero”.
Los asados del gordo ya no tenían gracia. Y hartos de la entraña y el costillar, de las charlas de inversiones y de hablar sobre mujeres que no iban a tener, alguien cantó el vale cuatro, y como era de esperar, aparecieron los machos.
Con decisión de líder y algunos fernets demás uno de ellos duplicó la apuesta: el próximo martes sería con chicas, de las buenas (29 de mano). Adrenalina. Expectativa. El grupo cobró vida hasta la próxima reunión. Alguno sugirió agregar picada, mudar el encuentro o pasar el día. Unánimes decidieron que no. El plan así era perfecto. Nadie se saldría del barrio, la carne se reemplazaría por pizzas y el juego por otro más divertido.
El dueño de casa (con su esposa en Miami de compras, una vez más) completó la coartada, burdamente trazada pero para ellos impecable. Sus mujeres en casa, a sólo pasos, jamás osarían irrumpir en un encuentro de hombres. La cercanía del lugar del hecho los hacía claramente inocentes de cualquier sospecha. Hacía un tiempo ya que habían detectado que éste era, sin dudas, el modo más seguro de portarse mal.
El Perfil de la Banda
El Líder
Un ex campeón de tenis al que le ha ido bien en los negocios financieros. Maneja con confianza las cuatro insignias de su auto, su casa de diseño (decorada por su propia mujer) y su vicio socialmente aceptado.
El Arengador
Ha conseguido su lugar de privilegio en el grupo adulando al líder (conducta aprendida en los 90´s cuando estuvo ocupando un puesto ejecutivo en una conocida AFJP). Es el que le copia todo: el grip de la raqueta, el auto y el perfume (Hugo Boss, off course!). Socio incondicional de cuanto proyecto inmobiliario le propongan.
El Langa
Nunca falta el que las vivió todas. Ese que puede sentarse en la punta de la mesa y aconsejar al millonario del grupo. El que está de vuelta y es una especie de templo de consulta. El encargado de conseguir las chicas, por supuesto y sin ser original, intentar el típico levante para sacar un plus gratis. Algo que, frente a este grupo, lo pone un escalón más arriba.
El ISO 9001
Recién mudado al barrio. El chico de familia tipo que le da el toque de civilización necesaria al grupo para que las demás esposas no desconfíen. Pasado impecable. Austero y perfil bajo. Su presencia para las mujeres que se quedan en casa es todo un slogan: Garantía de confianza. Un certificado viviente de buena conducta.
El que parece solvente
Todavía no puede creer en lo que se metió. El recién casado con la chica de familia tradicional. Con la casa de regalo y casi como en Match Point aprendió golf, tenis y buenos modales en un curso acelerado. (¿Estará intentando con Dostoyevsky?)
Cambió los buzos raperos por sweaters escote en V en colores pastel y parafraseando a Fito cambió la Fender por una Suzuki (ok… una BMW enduro en este caso).
El culposo
El pobre que inventó la juntada. El que nunca pudo con los deportes y le llegó la edad de disfrutar las cartas. El que pensaba en el exceso con una molleja especial o un matambrito de cerdo para sorprender. El que realmente ya tuvo demasiado y sólo buscaba comer con amigos y, de verdad, jugar al truco. El que se quedó, finalmente, con todos los puntos en la mano y sin poder cantar ni siquiera el envido.
El complementario
El nabo necesario para llegar a seis. Ese que el grupo siempre está a punto de no llamar. El que le cuenta todo a su mujer cuando llega a casa. El que liga las mejores cartas en todas las manos (suerte de principiante) pero jamás las aprovecha.
Este personaje siempre fuera de tiempo lleva pan, mucho, cuando hay pizzas y tira el dato de Forlán como si fuera una primicia cuando ya pasaron dos semanas.
Los cómplices
Los uniformados (la seguridad privada del barrio). Por la garita pasa y se sabe todo. Es indispensable estipular un pacto de silencio con la guardia de turno. Tal vez más entusiasmados que los propios participantes. Cada martes se los ve más dispuestos en sus puestos, más cordiales y cometiendo alguna torpeza como guiñar en la mañana siguiente a algún participante en frente de su esposa o preguntar, ¿Todo en órden?
La noche del crimen
Las cartas estaban echadas. Ese martes, como todos, se juntaron en el barrio. Las conversaciones telefónicas previas entre ellos y frente a las esposas fueron similares a las de los últimos martes. “Van dos entrañas esta vez… No conseguimos más” y otras frases en clave eran el código para el armado.
Devanándose los sesos como adolescentes para no ser descubiertos lo que fuera un juego de unas horas se convertiría en una pesadilla de toda la noche.
Todo calculado. Nada indicaba que algo iba a cambiar el orden de los acontecimientos, ni mucho menos el de los resultados.
El truco iba por las buenas cuando sonó el esperado llamado desde la guardia. Llegaban las chicas. “Que pasen nomás…”.
Exaltados al máximo apuraron la mano (tampoco era cosa de dejar todo así porque si).
Entre risas, música al palo y palmadas barajaban las posibilidades infinitas de quien estaría con quién.
La puerta se abrió. Y uno a uno los jugadores se fueron al mazo, cerraron las bocas, apagaron la música y, por supuesto, subieron las manos. Las chicas no venían solas.
Totalmente desprevenidos sin nada de puntos, ella y sus pseudocafisos los hicieron saltar. Sin cartas, sin ropa y con las manitos atadas vieron como todo (menos las cartas) fue prolijamente juntado en una bolsa de plástico.
Luego de la huida y una vez que la frecuencia cardíaca del Langa se estabilizó, los participantes improvisaron una reunión de emergencia. Y aunque estaban fuera de la hora de regreso a sus casas debatieron por dos horas más la conveniencia de hacer la denuncia o cómo explicar la pérdida de relojes, billeteras y celulares a sus mujeres.
Finalmente cada uno se volvió a sus casas vecinas con un argumento bien estudiado.
Pero parece que fue el Complementario, con un insomnio irrebatible, quien no pudo dejar de despertar a su mujer y contarle todo lo que le había pasado a los pobres muchachos justo cuando él llegaba.