Aquel mural del Instituto Nacional de Vitivinicultura
“Destruir las expresiones artísticas, la cultura toda, es una ofensa a la humanidad, es atentar contra el futuro de la humanidad”, dijo en una entrevista Gastón Alfaro.
Durante unos quince años estuvo allí siendo parte del paisaje urbano, más poblano que citadino que tiene Mendoza, por más autos que nos empeñemos en hacer caber en sus calles. Por alguna razón jamás fue “intervenido” con pintadas, grafitis ni vandalismo. Mirando hacia el zanjón, debe haber sido un estímulo precioso para los que bajan al lecho sucio y pintan su expresión: dinosaurios, el agua y su valor, los Te amo infaltables, yo qué sé qué más. Exquisito: la labor del artista profesional acompañándose en una misma cuadra con el arte del artista anónimo, imprescindible, que cualquier lugar del mundo debería enorgullecerse de tener para lograr ver otra verdad.
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Pero hay gentes que no saben apreciar (mucho menos entender) el trabajo de profesionales ni de artistas populares o simplemente rebeldes, enhorabuena que los halla y cada vez más. Hay tipos que no entienden ni el paisaje. Hay “cuadrados”, no “cuadros”, que solo saben conducir su auto, por más cargo público que ostenten. Cargo son para nosotros, pobres mortales sin poder cambiar demasiado la realidad, por ahora.
En su momento de autoridad en el Instituto de Vitivinicultura, un señor Enrique Thomas dispuso, vaya a saber porqué devaneo pseudo estético, que el paredón sur del INV debía ser recuperado, de modo que con un desparpajo gratuito y vulgar, solo comparable a ponerles taparrabos a grandiosos desnudos en épocas remotas y no tanto, mandó pintar encima del mural; es decir, mandó tapar el mural. De locos.
Un grafitero incomparable lo descubrió cuando el delito al buen gusto y al respeto iba por la mitad. En un perfecto globo de comic en la misma pared desprestigiada por la ignorancia, escribió: “¡Me están tapando!”.
Durante los años de la dictadura, muchas esculturas fueron retiradas de los espacios públicos; del Parque San Martín, por ejemplo, por indecorosas. No hay diferencia.
La artista Amanda Mayor, madre de un fusilado desaparecido en la masacre de Margarita Belén, en el Chaco, cuando más de veinte muchachos y muchachas fueron arrollados por la brutalidad en diciembre de 1976, pasados diez años, pintó su interpretación, su reclamo y su resistencia. Entre otros temas “recreados” en el aula Magna de la Facultad de Arquitectura, registró la presencia de un sacerdote observando la tortura de un joven. Eso (ese) fue tapado con pintura azul celeste, tal vez con la intención de que la divinidad justificara, en connivencia con la justicia que avaló el irrespeto. No hay diferencia.
Pero ahora hay novedades: la Justicia determinó que la pintura sobre Margarita Belén debía ser la original; es decir, ahí está de nuevo el sacerdote sin azul celeste que lo oculte. Y la Justicia también determinó, pasados seis años, ¿eh?, que el reclamo de los artistas plásticos mendocinos, autores del mural “La cultura del trabajo”, deben ser resarcidos, luego de muchos años de lucha en defensa del patrimonio, del arte y del trabajo social. ¡Es que es un mural, un mural! Un mural es público, un mural soporta la lluvia y no se arruina, un mural está en las calles, un mural es visto admirado valorado por muchos, quieran o no, sepan o no, gocen o no. No es más que otra expresión estética, pero el mural hace cálidas, propias y solidarias las paredes.
Esto “Es justicia”, se dice en los escritos, ¿no?
Pero aún falta ver qué pasó con las esculturas desmontadas en los años del dolor y la bestialidad. En qué corralón estarán sosteniendo un portón, desarraigadas, quebradas, rotas, como un rompecabezas de la ignorancia y la crueldad, condenadas, presas de la oscuridad. Vaya una a saber.
Y, hablando de todo un poco, este señor Enrique Thomas sigue su carrera (¿trote?) en los ámbitos políticos, hablando, ocupando lugares públicos, votando leyes, opinando sobre el país… Es decir, para volver donde empezamos, cuando hable de “la cultura del trabajo”, no estaría de más pensar que lo que sigue a la expresión depende del objetivo de quien la diga.