Un cura, las paredes que no paran las balas y los pibes que “se les han ido de las manos” a sus padres
Escena 1: Una nena está parada en la puerta de la parroquia de la Virgen Peregrina, en el barrio La Gloria. Tiene 5 años y su mamá habla con el cura, Rubén Laporte. De repente, pasa un chico corriendo a toda velocidad. Puede que sea porque se le pasa el micro, porque tiene hambre o porque quiera llegar al baño. Pero la nena no piensa eso. En el barrio La Gloria –como en muchos otros afectados por la violencia- si alguien corre así es porque detrás vienen las balas. A la nena le dio un ataque de pánico. Pero no pasaba nada malo. No había balas ni nada de eso. El pibe o iba al micro, a la cocina o al baño, nada más.
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La anécdota la cuenta el sacerdote a cargo de la iglesia que durante muchos años estuvo a cargo del padre Jorge Contreras. Con esa carga, Rubén Laporte lleva adelante las mismas acciones pacificadoras que se vienen intentando desde hace años, a veces con éxito, hay que decirlo, y otras con un fracaso, hay que aceptarlo.
Hoy nuevamente se habla de La Gloria, a raíz de la tan publicitada “guerra entre bandas” desatada, según las teorías, desde que la policía atrapó el líder de los barrabravas de Godoy Cruz Antonio Tomba, Daniel “El Rengo” Aguilera. A partir de ese hecho, ocurrió el asesinato de Johnatan Tello y se terminó la paz.
Laporte conoce la violencia desde adentro. No sólo por ser el cura del barrio La Gloria y de muchos otros barrios que lo rodean: su propio hermano fue asesinado cuando intentaron robarle en el taxi que conducía.
Sostiene que “esto que pasa, pasa porque todos llegan tarde”. El cura es un pararrayos en la zona: todas las energías le llegan a él, las madres y las hermanas de unos y otros, caen por la iglesia. “Si hasta los hijos de las personas a las que vamos a ayudar con comida vienen y nos roban esa comida”, explica, para pintar el cuadro de situación.
Por eso Laporte insiste en que, si se sabía que podía haber venganzas, por qué se actuó después de que una muerte ya se había producido. “Siempre está latente el tema de las venganzas –dice- y el gran tema del que tenemos que hablar es cuándo se va a cortar”.
El cura repite como si se tratara del Padrenuestro que ha escuchado en la zona que “el Johnatan Tello era un buen pibe. Todos tenían un buen concepto de él, pero se juntó con las personas equivocadas. Pero no es lo único que pasó en la zona –informa- ya que antes de que a él lo mataran tirotearon a otro”.
La jurisdicción de la parroquia es grande, pero no tanto como la que tiene la Policía. Sin embargo, señala que “ahora está lleno de patrulleros y no sé qué va a pasar cuando se vayan. O mejor dicho: sí sé lo que va a pasar”.
Escena 2. Hay una iglesia frente a la escuela Petry, en el barrio los Alerces. Allí durante tres fines de semana no hubo misas, sino balas. Y es por eso de las balas que no hubo misa.
Tal cual: Rubén Laporte lo cuenta con cierta naturalidad, con esa a la que no hay que llegar nunca, la de acostumbrarse a convivir con la violencia. Pero es insalvable, es lo que pasa en “la zona”, para no puntualizar en sitios que ya están sembradas de puntos oscuros.
Por ejemplo, cuenta que la escuela clama desde hace años por una pared de ladrillos como su principal necesidad. ¿Por qué? “Porque sirve para parar las balas –explica- cosa que no hace el alambrado que la rodea ahora”.
Escena 3 y cierre. Hay una discusión. La miró feo y ella le contó a su hermano. El hermano está “calzado”. Sale corriendo a la calle. Adelante el mirón corre rapidísimo y la gente, cuando lo ve, golpean las puertas de sus casas y se cuelgan de las cortinas, a mirar también.
Esto pasa. Laporte dice que sucede porque “tienen con qué matarse”. Hay armas disponibles y cualquier cuestión menor la terminan resolviendo con esa herramienta que mata. ¿Es por la droga?, le preguntamos. “Es por la droga, pero también para mostrarse como más machos, o cualquier otra cosa. Cualquier cosa es un buen motivo para desenfundar esa arma que tienen guardada”.
Hay algo que, a pesar de la mala fama, también pasa en “la zona” y es que mucha gente que no vive allí, pero que tiene que trabajar allí lo sigue haciendo, a pesar de todo. “Eso, hay que destacarlo”, dice el cura. Por eso lo destacamos, porque no es menor.
“La cosa –dice- no es llenar hoy de policías, es que a los mismos padres se les han ido los hijos de las manos”. Y explica, para que escuche quien quiera oírlo: “Cuando un solo pasillo del barrio se quede solo, se van a volver a encontrar unos y otros: ¿Cuándo vamos a parar esto en serio y antes de que llegue a mayores?”.