¿El deseo murió en las mujeres?
Parece que no hay una edad específica, un estado o una situación. Así de indefinible se instala fuerte el síntoma común confesado entre amigas y convertido en tabú para los muchachos. Las mujeres con pareja estable han perdido el deseo. Aquellas, las mismas que fueran capaces de todo son ahora capaces de más, decir que no. (Un “no” adornado con el típico estoy profundamente dormida capaz de sacrificar hasta el final de Dr. House.)
Es así como se abordan preguntas imprecisas como: Doctora, ¿Existe alguna posibilidad de que esté irrumpiendo en mí una etapa similar a la menopáusica pero con relación al sexo? El punto es, ¿Ud. podría hacerme un certificado para presentarle a mi marido?.. O revelaciones contundentes tipo, “Mi etapa sexual cumplió un ciclo. Podría vivir sin sexo por el resto de mis días”. Como así también, “Yo lo soluciono tomando un buen Vino antes…, lo que me preocupa, doctora, es el alcoholismo”.
O como mi propia sentencia que luego de la revisación de rutina anuncié a mi ginecóloga. Mirándola a los ojos y con profundo dolor le dije, “Doc, él ha muerto”. Con un leve, muy leve sobresalto ella se acomodó en su silla y dejó caer la lapicera sobre el recetario. “¿Quién?”, me dijo casi preparándose para contenerme. “El deseo”, dije yo. “Ha muerto el deseo”. “En mí y en casi todas las mujeres que conozco”. Fue entonces cuando, relajando los músculos de su cara, tomó la lapicera de ambos extremos y se reclinó en su silla diciendo: “Mara querida, a esta altura ya es bueno que sepas que tu deseo no moriría sin vos”. “Ni tampoco moriría el de esas mujeres que decís conocer, sin ellas”. “Lo que muere es el objeto del deseo”.
Me fui aliviada sabiendo de mi deseo intacto, e intrigada por los nuevos objetos que este insatisfecho crónico en mí habría de buscar de ahora en más. Entendí que este bichito voraz fisgoneaba incansable hasta detectar ése, su nuevo objeto, lo atrapaba y jugaba con él un tiempo hasta devorarlo y salir en busca de otro.
Entendí entonces el porqué del constante cambio del objeto del deseo en las mujeres. Tan complejas como había podido comprobar en aquel curso de sexología y, claro, en carne propia. Podría mutar desde una persona a un estado, el maternal por ejemplo, a una forma de pensar, a un proyecto o en nosotras mismas.
Qué problema. Todas las mujeres que conozco tienen un amante que las enloquece. Todas están siendo seducidas por eso que las mantiene vivas. Y lo peor: los hombres no parecen muy preocupados.

