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La última muerte de Mary, la buena

Mary Vera de Fredes "la Mary Fredes", fue una luchadora incansable a la que este miércoles el corazón le dijo basta. Le había ganado numerosas batallas al cáncer y, en el medio, promovió una vida sana para los hijos de barrios de trabajadores. Todos la quisieron. Todos la queremos. Aquí la recordamos.

A 500 metros del salón del barrio de Jesús Nazareno, un poco lejos, para el vehículo para preguntar: “¿En donde queda el centro comunitario? Un grupo de pibes empilchados como de sábado por la noche, aunque es miércoles, responde, convencido, a coro: “El sepelio de la Mary es allá”.

Todos los que llegaban y bajaban un vidrio para preguntar, a esa hora y desde la tarde anterior y hasta dentro de un rato, a las 5, cuando la llevaran al Parque de Descanso, se dirigían allí, sin dudas.

Fue así de claro observar que a dos cuadras a la redonda no había donde dejar el auto. Pero peor resultó acceder al salón comunitario: cientos de personas se abrían pasos a codazos, aun compungidos, para arrimarse al humilde féretro, flanqueado por dos coronas: “Tus hermanos” y “Tu madre y hermanos”. Al medio, Mary, la buena. Debajo del féretro, Diente, su choco fiel que no se movió nunca de allí y que quién sabe en qué rincón se habrá ocultado hoy para purgar tanto dolor.

Mary, la buena no es otra que Mary Vera de Fredes, la revolucionaria, la quilombera, la loca linda que durante 16 se plantó en defensa de su salud frente a un cáncer al que venció en casi todas las batallas que le dio y que, en simultáneo y sin solución de continuidad creo, además, el club Defensores de Jesús Nazareno, el club de fútbol más grande del mundo.

Mary, la buena (y todo lo demás) se metió en un terreno, le pidió permiso a sus dueños; consiguió topadoras, pasto, agua para regarlo, profes de educación física, pelotas, plantó ella misma los arcos con sus hijos. Consiguió seguridad, el apoyo  y la atención y la preocupación por sus hijos de parte de los padres del barrio trabajador que rodea la cancha. Pidió, reclamó, peleó y logró las camisetas para los pibes, a las que les puso color luego de un debate en el jardín de su casa en la que opinaron todos los chicos, mientras comían las cosas ricas que ella misma preparó.

En la puerta del salón comunitario de Jesús Nazareno, este miércoles, había mucha gente llorando. Aquí, valga una disquisición del autor: la gente puede llorar de alegría o dolor, aunque también por compromiso. Esta gente lloraba de bronca, un nuevo ítem en la lista íntima del dolor: “La Mary se cansó”, dijo uno, soplándole mocos a un pañuelo de trapo, de los de antes, que ya no daba más. “No, La Mary no se cansó, no le dio más el corazón que cada vez se le hacía más grande y más grande”.

Cuentan sus hijos en medio de cientos (y no es exageración) de personas que entraban y salían dándose abrazos extensos y apretados y necesariamente dos besos ruidosos, como esos que se dan cuando realmente hay un sentimiento por detrás de lo que pasa, que hace unos meses La Mary empezó a flaquear. La lucha había sido larga y muchas veces exitosa. Pero ahora ya le estaba jodiendo cuando quería llevar los pibes a la cancha u organizar algo para el barrio, sacando los sillones de hierro para acomodarlos a la mesita del patio, bajo los frutales.

“Estuvo un tiempo en el hospital y la pasó mal; la quimioterapia no era para ella. Así que en la casa la iba llevando, con altibajos, con mucho amor de todos. Y cuando se descompuso no fue el cáncer, fue el corazón que se le cansó. Ella misma nos dijo: hasta acá llego muchachos, hasta acá llego. La subimos a la camioneta y desde allí se nos fue La Mary”, cuentan sus hijos de manera calcada en medio del velorio.

Mary, la buena era gran diosa, grandiosa, amable, buena persona. Para el barrio era enfermera, jardinera, ayudadora de chicos con problemas escolares, colectora de fondos para causas sociales, cocinera de empanadas para la recaudación solidaria. Era radical peronista gansa comunista: una revolucionaria a la hora de encarar cosas en beneficio de sus chicos.

Diente, uno de sus perros, la acompañó en cada caminata e iniciativa. Y se quedó echado bajo el ataud, tristemente, con los pies inclinados hacia un costado y la mirada fijada en el suelo. No le dio pelota a nadie de los que se le arrimaron. Mary, sobre él, recibía las lágrimas de una chica desconsolada. Porque hay gente –dijimos- que llora por compromiso, por emoción, por contagio. Pero la gente que estaba allí lloraba por bronca, porque La Mary ya no estará más.

Afuera, cuando llegó la hora de la última partida, Diente no quiso saber nada. Pero no fue el único, Cientos de niños iban llegando desde los barrios trabajadores de la zona. Algunos traían la camiseta de Defensores de Jessús Nazareno. Otros la traían con timidez en una bolsita del Átomo ya fueron sacando de a poco, para colocárse al llegar al centro comunitario. “Puta madre”, dijo la Pelusa, otra vecina solidaria y con eso solo, sintetizó el clima reinante.

Mary Fredes, la buena, la revolucionaria, no perdió la última batalla: se le acabaron las pilas y cayó con toda la dignidad con la que caen los héroes. En un barrio popular de Guaymallén. Lejos de la agenda Setting y de la tapa de los diarios.