La historia y la culpa
Estaría exagerando si dijera que se trata de una idea dominante en el gremio de los historiadores. Más exacto sería decir que últimamente se infiltró ahí con moderada fuerza y a resultas de eso no son pocos los que repiten como un mantra que "no hay que echarle la culpa al pasado para no quitarle responsabilidad al presente". Y a la par que no puedo evitar que me rechinen un poco los dientes (más adelante va a quedar bien claro por qué), la cuestión es que cada vez que lo escucho tampoco puedo evitar acordarme de la anécdota que sigue ahora. Resulta que cuando las teorías de Sigmund Freud empezaban a calar (ahí a finales del siglo XIX y principios del XX) sus detractores lo acusaron de alivianar a la humanidad de responsabilidades dado que asociaba lo que le pasaba hoy al individuo con lo que le había pasado en etapas anteriores de la vida. En especial, en la etapa infantil del crecimiento.
[1] No estoy diciendo que el pasado tiene la "culpa" en el sentido mecánico de que impone y obliga a ciertas acciones y decisiones (si así fuera no existirían las revoluciones, pero esto es harina de otro costal). Lo digo en el sentido más bien gadameriano de que el pasado pone a disposición de la subjetividad individual esquemas para concebir acciones y decisiones posibles, "esquemas" que los actores particulares se sienten con derecho a aplicar y a esperar que los demás también apliquen. En el sentido amplio (finalmente y para que nos entendamos mejor sin dar tanta vuelta) de que el pasado no determina unilateralmente sino que contiene en sí todas las posibilidad del futuro, algunas de las cuales obviamente se van a concretar y otras seguramente no.
Se trata pues de un "echar culpas al pasado" metodológico antes que propositivo (es decir, cataliza la búsqueda y sistematización de regularidades pero carece de funciones críticas) y, en consecuencia, no le interesan los juicios de valor. No acusa ni condena; simplemente describe y generaliza. Pero ojo que no estoy sugiriendo que la moralidad de los hechos del pasado no merece ser sopesada ni examinada sino simplemente que esa es una tarea que escapa a la esfera de la historiografía para recaer en esferas heterogéneas como la Deontologia, por ejemplo. Si aquel que practica Historia profesionalmente (o trata de practicarla) no guarda sus valoraciones personales para la almohada o la charlas de café y cae en la tentación –ciertamente muy humana– de entremezclarlas con su trabajo, probablemente concluya no produciendo ni Historia ni Deontología sino una cosa híbrida a medio camino entre las dos. Ese es, creo, otro de los punctus dolens de Felipe Pigna y no precisamente el menor. Los historiadores como Pigna, me permito acotar, se parecen peligrosamente a los teólogos del siglo XX, que de tanto coquetear con la Ciencia terminaron convirtiéndose en unos "místicos" demasiado escépticos. O lo que es lo mismo aunque visto a contraluz: en unos "científicos" demasiado supersticiosos.


