La gran disfunción: ¿qué nos pasa cuando no les pasa?
Tal como en una película de Stephen King todo cuento de terror empieza de la mejor manera.
Un encuentro, romanticismo y luz tenue, pero los fantasmas van apareciendo de a poco, se apoderan de la situación y los que ven la película no pueden dormir durante semanas.
Se podría decir que todo era perfecto en una Mendoza perfecta y con protagonistas estelares. Ella es de esas que no andan con vueltas. Ya retirada de la vida matrimonial y con varios años encima se dedica, además de despilfarrar el dinero de su ex, al auto placer. Y ya sospechaba yo que terminaría abriendo un local comercial sólo para cumplir sus caprichos sexuales.
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Ella todavía no lo puede creer y no sé si él la podrá callar. Aprovecha toda reunión, sesión de manicura o peluquería para comentar su decepción por el hombre que muchas tenían en el top five de las fantasías. Un tipo que maneja la ductilidad del traje italiano y la moto los días de semana y el sábado cambia a chaleco safari y camioneta Land Rover para dar una vuelta por Chacras. A ciertas mujeres eso les parece sexy. A ella la volvía loca.
Me contó de este fracaso, cuando caminábamos, ella en la cinta y yo en el elíptico, y atrapó mi atención dejando mi cuello a la miseria. Durante el encuentro que prometía ser explosivo, la acción verdadera tenía demoras inexplicables, como un mar de besos que no terminaba nunca, insostenibles espacios en blanco, reiteradas escapadas a la cocina. Ella con una fortuna invertida en lencería y Power Plate avivaba cada minuto que pasaba más expectativa.
En el fragor de la batalla, la realidad saltó a la vista (y al tacto). Nada de nada. No había caso. A él se le había aparecido el fantasma. Ese que desde ahora lo visitaría siempre “antes de”. Ella cayó en la cuenta de que los cuarentones te abren a experiencias maravillosas pero también a descubrir que hay mitos que son tristes realidades.
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Entonces, con lo que había, comenzó la búsqueda de satisfacción. Ella, como buena insegura, se había cargado al hombro el caso, trataba de ponerle peso a una pluma, sostener lo insostenible y apuntalar todo con caricias cada vez más insistentes y con una gran cantidad de palabras que ya no sabía cómo recordar (al más puro estilo Gatica “El mono”, se escuchó decirle VAMOS CAMPEÓN, VOS PODÉS); él, como buen narciso, sólo se limitó a trasladarle a ella su disfunción. Con una ansiedad desmedida y muy pocas sutilezas buscaba generarle un deseo voraz valiéndose de todas sus extremidades. Su creatividad era incansable, no así su virilidad, que parecía retozar desde que habían empezado. Ella enredada en una incomodidad sin retorno y con los labios adormecidos, sugirió terminar el capítulo. Eso se había transformado en Pesadilla lll.
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Ya agotado el plan físico, pasaron a las tratativas de la revancha, próximas fechas y turnos disponibles. Ella, cariñosamente, quiso manejar la situación buscando argumentos como el stress, el entrenamiento y el mal karma, él, en cambio, seguía dominado por sus fantasmas y mirando hacia abajo como pidiendo respuestas a su propio cuerpo, le dijo, “Sorry, debe ser que estoy acostumbrado a salir con chicas más jóvenes”.
Ella sintió el puñal de frente y el otro fantasma, el de las mujeres, se le apareció por detrás. Él la dejó en su casa y con un pellizcón en la mejilla a modo de consuelo le dijo, “Nos hablamos”, acto seguido despertó a su amigo Urólogo para rogarle que lo viera a primera hora del otro día.
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1) Me tengo que hacer las lolas
2) ¿Quedará mal si me termino todo ese chocolate?
3) Mmm… creo que fue cuando le dije “Te quiero”
4) Necesito hablarlo con mis amigas urgente
5) ¡Yo sigo insistiendo! Esta batalla es conmigo misma
¿Qué pasa por la cabeza de ellos?
1) Dame 5 minutos más por favor
2) Yo sigo con lo que sea (Retroceder nunca, rendirse jamás)
3) ¿Y ahora, esto será para siempre?
4) Nunca más salgo sin ayuda química
5) Seguro que me hizo mal mezclar vino con energizante