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Los 7 pecados vaginales

La Columna de Mara. Los pecados femeninos y sus manifestaciones estrogénicas que guardábamos en secreto. Claro, todo tenía su explicación.
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Me avisaron que mi nuevo jefe sería una mujer, me estremecí. En un segundo aluciné cómo mi ascenso se diluía, cómo a codazos luchaba por el mejor lugar en las reuniones de trabajo, como la paranoia por cerrar documentos en mi notebook era algo inmanejable, cómo mi tolerancia pendía de un hilo finísimo por un simple peinado que no podía lograr. Me vi a oscuras en mi cocina comiendo las sobras de un pernil frío que me había convidado el vecino, me vi acostándome con el presidente de la empresa en su propia oficina y luego con cualquiera que pudiera habernos visto. Me vi ocultándole datos para que ella fracasara. Me vi triunfando al fin y ocupando su lugar y desde su sillón pidiéndole un café sólo con la seña de mi mano.

Busqué refugio en el baño para lavar mi culpa y adentro comprobé que ciertos pecados son inherentes a esa puerta que dice “damas”. Ahí estaban, todas pecando. Cada una con la precisión necesaria para ser consagrada Mujer.

La experiencia en un baño de mujeres es el Wikipedia del género. Allí encontrarás toda la información necesaria para pecar con altura y sin explorar demasiado.

No lavé mis culpas pues las sequé en el acto con mi make up Lancome que la de al lado admiró. Pero no dejé que viera mi media corrida, la que me acomodé mientras observaba disimulada sus zapatos. Luego salí, a pecar.

La envidia o La inseguridad
La envidia es congénita en nosotras. Somos las primeras en querer el peinado de la compañerita de banco, su cartuchera, su pelo y su 10. Disfrazada en halagos ella serpentea entre nosotras y cuando se hace ver demasiado la llamamos “sana”. El famoso “no es por vos” es el más peligroso vaticinador de la envidia. Básicamente todo lo que empiece con un no, será un sí entre nosotras. (“Sí es por vos”. “Sí te queda mal”. “Sí estás más gorda”.) Eterna comparación con la otra: el problema sin solución de estar conformes con nosotras mismas.

La Gula o El merecimiento
Me lo merezco…, se dice a ella misma mientras abolla el papel de un Shannenuss extra grande y lo hace desaparecer entre la basura. Algo parecido hará con las galletitas rellenas de los chicos (luego culpará a la empleada). Tomará demás otra vez en la cena de negocios de su marido y se excusará diciendo que ha decidido ser más desinhibida.  Los excesos en nosotras tienen un halo de perdón generado por la autocompasión. (Sentimiento que hemos tomado como propio y hemos decretado intransferible a algún varón). Nuestra música favorita es ese ruido innegable del papel celofán que, nos delata pero, nos alienta a seguir abriendo porque estamos convencidas de que demasiado hemos hecho.

La lujuria o El objetivo
Pasaporte a todo destino piloteado por un hombre. A diferencia de ellos, nosotras la usamos como puente. ¿Cuando les confesaremos que no somos lujuriosas? Conozco mujeres que por conseguir lo que desean son capaces de entregarse a actos sexuales que ni siquiera entienden. Mutamos a Jenna Jameson si se puede en aspecto y sino en actitud. Posiciones en vertical y extrañísimos bailes porno que nada tiene que ver con algunos temperamentos, son practicados frente al espejo para la gran actuación que les dará el premio tan esperado. Entre nostras cuando vemos una lujuriosa jamás pensamos en obscenidad, sino en estrategia.

La ira o Las hormonas
El sistema endócrino carga con el peso de regular las hormonas y hacerse cargo también de las malas actitudes femeninas. Es el único que impone respeto ante los hombres. Cualquier acto irracional será comprendido si la explicación está en “esos días”. Podremos gritar, patear, aturdir a bocinazos al ¡imbécil de adelante!, estallar en llanto, colgarle el teléfono a nuestra suegra y aprovechar para decirle a nuestra cuñada lo mal educados que están sus hijos. (Secreto sagrado: todas sabemos que no es hormonal)

La Pereza o El Estatus
La pereza entre nosotras significa lo bien que la pasa la otra. Su marido es mejor que el nuestro. Ella seguramente gana más y trabaja menos. Sinónimo de spa, masajes y baños de luz y una vida donde hay lugar para esos placeres.
Si no puedes gozar de la pereza, pues entonces deberás esforzarte más por conseguir un voucher y aparentar que sí, esa es tu vida. Pero ¿cuántos 2 x 1 puede conseguir tu amiga, la de la buena vida? ¿Uno? ¿Tres? Ok, entonces, trabajaremos el doble para parecer perezosas. Tomar el té en Hyatt viviendo en el Fuchs. Estaremos agotadas, aparentaremos relax … ¡nada como pertenecer!

La avaricia  o La injusticia
Incapaces de llevar adelante con altura este pecado. La mujer es instintivamente generosa y su miseria es tan escasa que termina siendo miserable con ella misma. Una mujer se vuelve avara cuando siente que el hombre pone menos de lo que le corresponde. Así cae en la fea actitud de guardarse el cambio chico, vivir con el tanque de nafta en reserva y avisarle cuando él está de regreso que, de pasada, traiga pan, leche, arroz y shampoo.
Su máxima aspiración: quedarse con el vueltito de su propio sueldo.

La Soberbia o El Consejo
Consejeras sin demanda. Aprovechamos el talón de Aquiles en el otro para adjudicarnos la medalla de la autosuficiencia. Capaces de hurgar el tema más escabroso frente a una mesa auditora de oyentes que sostienen, por un instante, la vanidad que lleve al podio tus quince minutos de fama. Alguien podrá descubrir la inseguridad en tu pecar. Nadie sabrá que luego todos los demás pecados se sucederán uno tras otro, irremediablemente, haciéndote una verdadera mujer.

Estamos absueltas. Libres de todo pecado, somos mujeres.