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Carta póstuma al "Flaco" Rosales, ya no "desaparecido"

La talentosa escritora mendocina Sonnia De Monte nos deja un escrito dedicado a la memoria de un amigo suyo, de General Alvear, considerado desaparecido y cuyos restos aparecieron hace días en el cementerio de Capital. Un conmovedor testimonio ligado a nuestra historia reciente.
Foto: Gentileza Sonnia De Monte.
Foto: Gentileza Sonnia De Monte.

Estuve pensando que tendríamos que hablar un poco de política, Flaco. Pero vaya a saber una el  porqué, hoy no se me da gana de discutir ni de aprender porque tengo otras cosas in mente. Tendremos tiempo, creo. “Estamos re confundidos”, (como dice el Queno al leer el diario y los candidatos); “las cosas han venido de culo” (como dicen en el campo), así es que… “tenemos que hablar de tantas cosas, compañero del alma, compañero”(¡cómo nos gustaba esa poesía¡), que voy a ir seleccionando, aunque me ponga re tonta o cursi.

¿Sabés? El jazmín de lluvia de la puerta de mi casa, allá en la finca, está tan tupido, crecido y viejo, que su tronco de trepadora parece ya tronco de árbol. Pero es increíble ver cómo se llena aún de esos molinillos blancos, olorosos, que intentan tapar las hojas verdes, sea verano o sean los inviernos. ¡Y la bignonia! ¿Viste que las flores las da, pero en la punta final de las ramitas? No me animo a podarla por eso. No sé cómo se hace esa faena. De modo que se ha estirado tanto que cae como sauce llorón. A mí, por lo menos, las ramas me llegan a la cabeza, pero si vos volvieras a pasar por ahí se te enredarían a la altura del corazón, más o menos. Porque vos a mí me llevabas como diez años. ¡Y como diez metros, también!

Para hacerte recordar, vas yendo por las calles de tierra hasta el pueblo y ves colgadas de los álamos, por ahí y de tanto en tanto, rosas mosqueta tan tercas como locas lindas por resistir a la falta de agua. ¡O los tamarindos! Como uno resiste al olvido, ¿no?, cuando se riega la memoria y nos inventamos un molinito de latas, de los que hacían los abuelos, ¿te acordás?, para robarle un poco a Irrigación o a la vida, tras vuelta y vuelta.

Ya en la calle, hacia el centro, la asfaltada, descubrís que los eucaliptus centenarios son como brazos de dedos clamantes, talados hasta la horqueta, con la corteza de pergamino esa, que tienen, enrollada en parte, por separada del tronco. Sí, pues. Talados te dije.¡ Sht…!, Entre nos, la que “te jedi” los mandó a achicar con la motosierra. Así es que de ese túnel verde y medicinal que nos llevaba hasta la escuela, solo queda un matiz gris que se confunde con el pavimento. Y, sí. Es triste, claro. Pero cuando vuelvan a brotar, ya te voy a contar del olor a caramelo de farmacia en julio que habrá en el pueblo.



¡Y lo duros que son los malvones, Flaco! Acá o allá, en las casas más humildes y en las otras, también humildes, y en alguna que otra un poco más amplia de los vecinos, esas plantas con olor a molle, de entraña cuyana, crecen, crecen y florecen flores parecidas al trébol, pero rojas, blancas, rosadas, lilas, qué se yo.

La plaza está re linda. Opaca ahora, porque aunque los pinos no se ponen amarillos ni rojos ni ocres en otoño, su verde es un poco raro ¿no es cierto?, algo así como un verde noctámbulo, un verde desvelado… ¡un verde con ojeras! Pero están altos, fortachones.

Linda está la plaza. Con canteros de rosales. Y una fuente al medio, sin héroe, que es el chiste de los chicos: “El bidet de las palomas”, ja ja. Me lo inventé una vez para hacer reír a mi sobrino Santiago; él lo repitió y, fijate, salida tan tonta fue de boca en boca de niños y se hizo popular. Y, bueno, qué nos va a extrañar: “Pueblo chico, infierno grande”, ¿no? Si de nosotros, Flaco, decían cosas mucho más grossas que ese ingenuo chiste que no da ni para escatológico pero que nos hizo más daño que la mierda de las palomas.

Creo que aún algunos las dicen, Flaco, o las creen o las acusan; te lo tengo que confesar. Y bueno, qué le vas a hacer. Pero, pará, que venía contándote cosas lindas. Dejá, dejame que te cuente más. La casa del dentista está, pero con el jardín menos cuidado. Pero igual sigue en pie la “Santa Rita”... ¿Quién era el que cantaba esa sonsera de “Santa Rita, santa Rita, lo que se da no se quita”, cuando iba a sacarse una muela? Éramos ocurrentes, che. Algún día tendríamos que escribir todo eso.

¡Ah! Y la calle de los pimientos. Está igual, creo. Me parece, bah. Han hecho un barrio por ahí, se ha poblado. Antes, cuando no había “moros en la costa”, le decíamos “Villa Cariño”, ¿te acordás?, tan influenciados por Buenos Aires que venía en tren y esas películas que se cortaban a cada rato en el cine Casa España…  Aunque yo creo que las más de las veces tomábamos mate y fumábamos los primeros puchos ahí, en la calle de los pimientos. Vaya con los malpensados. Esos aguaribayes se llenan de ramos coralinos tan bellos, todavía...

De los aromos ahora no te puedo contar. Acordate que en julio, por ahí, es cuando florecen. Como aquello que esperábamos. Al final es lo mismo. No tiene nombre de meses lo que esperábamos. Tiene nombre de gente. Que sufre o que espera o que ni sabe que espera. Pero eso esperábamos. Pucha, Flaco, como te dije antes, las cosas han venido de culo.

Bueno, qué se yo qué más. Ya sabés que a pesar de pocas lluvias y falta de agua, a la gente del pueblo le encantan las plantas. Las cuidan. Las reproducen estaca a estaca, esquejito a esquejito. Siempre va a haber flores en el pueblo, Flaco. A pesar de todo y de algunos.

Y por treinta y tantos años de no llevarte ni una porque no sabíamos adónde, son todas para vos.

Y... Y, bueno. Vos ya no lo viste, pero en la tumba anónima esa de donde fuiste rescatado de la voracidad de la tierra y de la desmemoria; a gritos óseos ante el pacto de silencio de tus asesinos, en el Cuadro 33, tan lejos del pueblo, Flaco, tan lejos; en esa tumba, la 223, con una cruz disimuladora, por entre los terrones removidos por las palas y nuestra conmoción, ahí mismo, está creciendo un aguaribay solito y solo, pero firme.

Hasta que se haga árbol inmenso de cementerio de ciudad, como los de la calle de los pimientos, en Bowen, todos iguales, que nunca pudiste ver.