Presenta:

De piernas abiertas

La columna de Mara en una visita ginecológica. Revisación a fondo del pasado y examen comparativo de la mujer que no fuimos.
Con la desnudez de este tipo de estudio.
Con la desnudez de este tipo de estudio.

Toco timbre, me anuncio, abren y subo. Paso el Ficus y el cartel de vidrio con los especialistas en letras color oro. Una horda de embarazadas rozagantes me despluma con la mirada. Okey chicas, pienso mientras bajo la vista, yo también voy a esperar los 40 minutos reglamentarios.
La única secretaria, la misma de siempre, con el peinado de siempre, los aros de siempre y el make-up de siempre, me pregunta lo de siempre - ¿trajiste el carné de la obra social? y murmura – “la doctora está de vacaciones y hay una reemplazante”. Le hice un gesto con la cara dándole a entender que estaba todo bien. Esperaría. 

Me acomodé entre cuadros de flores en composé con las cortinas y la mesa ratona patinada de la sala de espera y después de darme una panzada (sorry chicas, no es por ustedes) ochentosa con una revista FIRST, en donde Papina Fabri inauguraba el furor del cola less y Franco Macri se convertía en el galán de Punta del Este,  me llamaron al consultorio.

Me acomodé en la camilla en la posición correspondiente, con la desnudez bajo la bata  correspondiente para este tipo de estudios; y  mientras esperaba pensé en la suerte de que la reemplazante fuese una mujer. (Esas cosas de pudor que una todavía conserva…) Imaginate si fuera un hombre, joven, buenmozo, soltero y yo sin haberme hecho el cavado. ¡Un espanto!

Me relajé, acomodé los pies en lo alto de los estribos, bajé la zona pélvica hasta el borde de la camilla, relajé la vagina y manoteé un folleto de la píldora del día después que había quedado en la mesita contigua. Acto seguido se abrió la puerta y apareció ella: La Doctora.

El folleto se cayó al piso tirando un recipiente con gasas de acero inoxidable que quedó rodando y  ensordeció toda la habitación, mi vagina se contrajo, mis pies se apuraron por salirse de los estribos (¡pero como m…. se destraba esto!), y mis manos intentaron reacomodar mi pelvis en la posición de “correctamente sentada”.

- ¡Qué sorpresa! – me dijo –¿Mirá dónde nos venimos a encontrar? ¿Qué fue de tu vida mujer? ¿Qué te anda pasando?

De las 3 preguntas decidí contestar la última. – Vengo por control, dije y me anticipé, el PAP. - A la que estúpidamente agregué – No sabía que eras… MEDICA.

Con una media sonrisa (¿orgullosa? ¿burlona? ¿maliciosa?) respondió –Sí.  Ginecóloga, me especialicé en Buenos Aires, me dijo mientras se ponía los guantes de látex, y después me fui a Estados Unidos a hacer una especialización en Patología Cervical. Estuve 3 años trabajando allá pero después me casé y nos vinimos. Desde entonces estoy a cargo del área de la clínica de acá(…)

Mientras relataba su interminable currículum ella me iba acomodando en la camilla. Relajate, me pidió, vamos a empezar. (Bueno ahí empezaba también el sueño utópico de todos los médicos, que el paciente se relaje en un consultorio mientras se escuchan ruidos metálicos. En 10 segundos tenemos una película de terror en la cabeza). Pero la doctora  empezó. Otra vez los pies en los estribos, la pelvis ante el abismo y mi vagina, totalmente contraída, de frente a su cara.

Hablaba como si nada. Le charlaba a esa parte de mi cuerpo tan de cerca que se podría decir que sus palabras me recorrían todo el útero.

– ¿Y vos? ¿Qué has estado haciendo? –me preguntó mientras me colocaba el espéculo-.

– Ayyyyyy, yo, yo estuve viviendo afuera –contesté. Ahora estoy acá trabajayyyyyyyyy… Escribiendo algunas cosas. –me limité a decir.

Allí estaba yo, 20 años después con la compañera de curso que odié toda mi secundaria. La que me despreciaba por mi conducta típica adolescente, la que jamás me prestó la regla y la que me acusó de haber sido yo la del insulto en el pizarrón. (Juro que yo no fui y guardo la sospecha, desde entonces, de que fue ella para culparnos a los “políticamente incorrectos”) Ahí estaba ella, la misma que yo había dejado encerrada en el baño durante su exposición de Ciencias que había preparado con proyector, la misma a la que me cansé de escribirle mensajes en su cuaderno firmando como el chico más guapo del curso. Sí, ésa, la que jamás elegí para el equipo de voley, la que desterré por completo del grupo de amigas y la que invariablemente NO era invitada a ninguna de mis fiestas.

Pero el destino me había puesto en tremenda situación y, ya a esta altura, la práctica se había transformado en una batalla con una indudable inferioridad de condiciones de mi parte: ella estaba armada y yo me había convertido en  su rehén sin ninguna posibilidad de escape (por una cuestión de madurez, orgullo y por esos malditos estribos.)

La situación se puso tensa. Ella tenía sed de venganza y yo, en cambio, padecía un fugaz y absurdo Síndrome de Estocolmo.

¿Cómo aquella estúpida que se comía la merienda sola, que llevaba la cola tirante hasta en el pic nic de la primavera, que jamás te tiraba una respuesta en un examen podía haberse convertido en esta mujer tan importante, tan exitosa ¡y lindísima!? ¿De dónde había sacado esa actitud samaritana y esas botas que me volvían loca? ¿Cómo la vida podía haber girado tanto para que finalmente fuera ella quien me tuviera agarrada y además… de ahí?

¿En qué momento había hecho tantos post grados? ¿Cómo se casó con ese bombón? ¿Los chicos del portarretratos los habría sacado de una revista? ¡¿Tenía tiempo, también, para hacer gimnasia?!

Por suerte mi mente se había ido tan lejos que ella había hecho vaya saber qué cosas por ahí abajo, que para ese entonces se había paralizado sin sentir ni el ardor del famoso líquido y ni tampoco el momento en que sacó el espéculo.

 -Listo –dijo.

- Volvé en 15 días a buscar los resultados y nos tomamos un cafecito para ponernos al día. Me gustaría saber de vos, (y me dio el golpe KO con su última frase): …y ver cómo te fue en la vida…

Creo que hasta el día de hoy puedo escucharla : "Cómo te fue en la vida... en la vida... vida… "

Me fui. Humillada y convencida de que me había regalado la regla que nunca me quiso prestar y para que no me quedaran dudas me la había dejado puesta para que me acordara de ella por mucho tiempo.

Después, más tranquila, y con las piernas en alto (juntas, muy juntas) reflexioné. Qué fácil parece llegar lejos para algunos… 

Recordé las irrecuperables pérdidas de tiempo. Recordé las dos veces que cambié de carrera, las muchas que cambié de novio, las tantas que cambié de look y las innumerables que cambié de opinión. No pude evitar el lamentable sentimiento de comparar las suertes de unos y otros y me amparé en la lástima por la propia. Debería haberme quedado en Buenos Aires, haberme animado a Barcelona y a cambiar de marido a tiempo. Las pruebas de amor finalmente nada tenían que ver con la postergación de los sueños. Los miedos indefectiblemente se reemplazarían por otros miedos, y nada malo me iba a pasar si me sacaba los reflejitos rubios que tenían todas. Busqué rápidamente la cómoda solución de culpar a mis padres por no haber sido mis impulsores o también a mi lugar de origen (lo típico). Lamenté mi propia historia como si yo hubiese sido una mera actriz que alguien descuidado hubiera puesto en ese rol.
Tal vez toda esta reflexión buscaba un agujero por dónde escapar a este pasado que me agarró desnuda y con las piernas abiertas.

Volví 15 días después a buscar el resultado y tomamos ese café. Ella mediano cortado con un poquito de canela, una medialuna salada y un vaso de soda grande; para mí chico, negro sin azúcar.

Esperé el relato de su éxito, casi resignada a que a algunos la varita mágica los roza y a otros nos pasa por delante como una estrella fugaz. Pero resultó que las cosas no le habían sido tan fáciles, me confirmó su tremenda envidia hacia nosotras en la secundaria, que se sintió fea de primero a quinto y que había fracasado rotundamente en su primer matrimonio. Que eligió mal y que lo había hecho porque todas se casaban y ella no quería ser menos, que seguía apostando al amor, que había criado sola a ese primer hijo y que recién los otros dos habían crecido en un ámbito de mayor contención con su nueva pareja. Me contó que abrirse paso en EE UU como médica había sido salvaje pero aun así había seguido luchando por la medicina, su pasión.
Me enteré que estudió pese a la negativa de sus padres, con poco dinero y que entre medio tuvo hijos y divorcio. Que de regreso a Mendoza tuvo que darle tiempo a su trabajo para hacerse conocida.

Escuché tanto, presté tanta atención, que a mi café negro le siguió en un té verde y después una Coca Light con hielo y limón. Parecía una clase de vida, una de esas que con suerte se consigue muy de vez en cuando y no se dan en consultorios.

Como en el Día de la Marmota con Bill Murray, hubiera querido presionar el botón REW y reparar esos pequeños daños que nos llenaron de odios estúpidos e infundados…
Pensé también que sí, siempre el jardín de al lado se ve más verde. ¿Será porque jamás nos tomamos el trabajo de mirar cómo lo lograron?