Las "secamentes"
La cosa es que ella actuó con astucia y, de a poco, fue haciéndolo dependiente de ella. Le cuidaba la dieta, le recordaba sus compromisos, le lavaba los sweaters con Woolite, atendía a su madre, escuchaba a su hermana y lo aconsejaba con sutileza en el arte de la economía del soltero.
Plan perfecto, ejecutado con eficiencia y hasta ese momento cada vez que pasaba por un espejo me guiñaba el ojo a mí misma.
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Lo cierto es que una vez lograda la conquista (con dos chicos en el asiento de atrás y con casa construida en propiedad de la familia de él) Eliana empezó a mostrar su lado intolerante, o como bien dicta el vocabulario básico masculino, empezó a tranformarse en una rompepelotas profesional.
Ella se había convertido en el piloto de la relación (manejando la programación satelital y la cuenta bancaria). Él ni siquiera podía ir sentado.
Y lo que al principio había sido divertido en cuanto a las intolerancias femeninas, motivo de chistecitos en asados y juntadas en pareja, se había vuelto una psicopatía enferma, déspota y casi diabólica.
Mi prima no soportaba que él durmiera de costado en dirección a ella argumentando que el sentir su respiración la desvelaba. Bajo ningún concepto le permitía fumar dentro de la casa. (Lo mandaba al balcón con dos camperas en invierno). Convenciéndolo de copiar el modelo chileno, era ella quien ahora manejaría el presupuesto familiar. (Así la compra del carrito de golf se realizó con una solicitud casi de rodillas en el pasillo del Wallmart.)
Pero, ¿qué parte no entendió? Si yo misma le había aconsejado lo de arrodillarse ¡pero a ella! y no precisamente para pedir algo…
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Eliana bajaba los párpados muy lentamente en señal de autocontrol cuando veía la toalla mojada sobre la cama otra vez, y gritaba absurdamente el Nombre y Apellido de este pobre hombre cuando quedaba en el baño la cortina abierta y sin correr.
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Pero lo que realmente me preocupó y me hizo sentir muy culpable fue cuando, de esos comportamientos, ella empezó a hacer una psicopatía continua. Le molestaba, por ejemplo, lo del rollo de papel higiénico (eso que hacen los hombres de no volverlo a poner) pero a esta molestia le agregaba un venganza. Cada vez que él pedía ayuda desde el baño ella llevaba el rollo de papel hasta la otra punta de la casa y fingía no poder ayudarlo. (El tendría que recorrer toda la sala en cuclillas, buscarlo y volver.) Ella se sentía reconfortada al ver la escena. De hecho me lo contaba como si le hubiera dado una lección.
También le había pedido que se afeitara en la tarde para que la empleada dejara el baño en condiciones para la mañana siguiente. Y hasta le había exigido que cambiara su horario biológico intestinal para que, de ahora en más, fuera sólo en los horarios en que ella se encontraba fuera de la casa.
Le molestaba el ruido de las tostadas en el desayuno por lo tanto toda la familia consumía alimentos no crocantes a esa hora.
Verlo tirado en el sillón un día domingo era casi un insulto a su esmero en decoración y ¡ni hablar de los pies sobre la mesa ratona!
Yo que, sin ánimo de justificarme, me fui enterando de a poco de la situación quedé (mal) pegada.
Habiendo sido artífice de la unión, habiendo instigado la convivencia y habiéndome reído de las desprolijidades de él, había quedado en el lugar de su confesora y debía escuchar de manera incondicional todas sus conductas neuróticas como si fueran normales, asintiendo con la cabeza al escuchar una de las peores frases de la comunidad femenina “te diste cuenta… al final todos los hombres son iguales”.
Ya no era cómplice entonces, yo era la responsable. Había creado un monstruo. Uno que asustaba tanto que hasta había anulado la personalidad de un tipo que ni siquiera pensaba usarla. Se le veía en la cara, la mezcla de amargura y entrega. Él estaba vencido y actuaba como perrito castigado.
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En busca de la lealtad, (aunque creo que yo ya era desleal con el pensamiento) decidí hablar con ella. Tarde o temprano él la dejaría ¡y ella se quedaría rodeada de un montón de neurosis y vasos para lavar!
Nos juntamos en mi casa, lugar que ofrecí para mantenerla lejos de su espacio de control. Ni bien entró me preguntó si la veía más gorda y le echó la culpa al marido por su gusto por las pastas. Se mandó a la cocina como si fuera su propia casa, yo la seguí ofreciéndole, desde atrás, algo para tomar. Me dijo que no, que tenía mil cosas que hacer, pero igual abrió la heladera y después de escanear el orden de la misma y preguntarme si aquel tupper de tapa azul era suyo, sacó una botella de Coca, se sirvió y después la cerró con suficientes giros como para estrangularla. Sin sentarse y mirando también el plafón de luz (que, mirándolo con ella, me di cuenta de que jamás lo había limpiado), pasó una ballerina por la mesada y me preguntó ¿No tenés otra? Esta es un asco.
Me fulminó con la mirada cuando vio de la manera que yo guardaba una bolsa plástica en el cajón de las bolsas plásticas (ella la hubiera doblado hasta formar un triángulo equilátero). Prendí un cigarrillo y ella otro. – ¿Tenés cenicero?, preguntó. – Para qué ahora, cuando tengamos ceniza lo traigo, le contesté mirándola. – Sos de terror, me dijo.
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Decálogo de la típica mina rompe pelotas
1-Ya que vas al centro, ¿no pasás por lo de mi mamá y me traés los dos pantalones de mi hermana y la fuente de pirex?
2-¿Vas a estar todo el día en la casa? Buenísimo, así organizamos ropa de invierno y verano.
3- Morís por tener unos patines de lana para no rayar el parquet del living.
4- Cada vez que él que te hace un regalo, lo cambiás.
5- Aprovechás su juntada con los muchachos para mandarle 3 mensajes de texto. “No sacaste la basura”. “El nene no aprobó”. “Siento ruidos raros afuera ¿por qué no te volvés?”.
6- Te sulfura que la hoja del papel higiénico vaya por debajo y no por delante.
7- Tu pregunta favorita es… ¿qué te pasa?
8- Pedís que te de un beso cada vez que se va, ¡pero un beso de verdad!
9- Cuando él se pone mimoso le tirás una frase matadora tipo: Te aviso que aumentaron las
expensas.
10- Catalogás a todas las mujeres como sus posibles amantes por lo tanto él ya no hace ningún tipo de comentario, volviéndose casi mudo.